De Mixcoac a la Roma

Colonias recorridas: Insurgentes Mixcoac, San Juan, Ciudad de los Deportes, Nonoalco, San Pedro de los Pinos, 8 de Agosto, Tacubaya, San Miguel Chapultepec, Observatorio, Bosque de Chapultepec, Condesa, Roma

 

Sábado 10 de julio de 2017. Arrancamos la caminata muy cerca del metro Mixcoac (serpiente de nubes, en referencia a la Vía Láctea). A estas alturas el proyecto no es nada. No pensamos en las crónicas, ni el las fotos, ni en compartir unas y otras. Simplemente nos hacemos a la calle. Un paso, otro, un tercero. Y así por 13.8 kilómetros, equivalentes a unos 23 mil pasos en zancada estándar. La idea del blog y la ruta surgen sobre la marcha. Doblamos sobre Poussin evitando las avenidas: Extremadura en caso de virar a la derecha, Insurgentes, si nos seguimos de largo. Topamos con pared. La negativa a entregarnos al estruendo y el esmog de Patriotismo, nos avienta a la San Juan por Rubens. Encallamos en la Plaza Valentín Gomez Farías. Viajamos en el tiempo. Fuente en funciones, fresnos, palomas despeinadas entre migajas de bolillo, conversaciones de atrio al otro lado de la calle.  En una de las esquinas sobrevive, pintada de hueso, la residencia en la que creció Octavio Paz, que después de varios años de vivir en el extranjero, regresó al barrio y escribió:

Voces al doblar la esquina,

voces

entre los dedos del sol

sombra y luz

casi líquidas

Silba el carpintero

silba el nevero

silban

tres fresnos en la plazuela

Crece

se eleva el invisible

follaje de los sonidos

Tiempo

tendido a secar en las azoteas

Estoy en Mixcoac

La casa devino en convento. Las monjas venden chiles en nogada, pan de muerto y rosca de reyes a según la temporada. Junto está el Instituto Mora, antigua residencia de Valentín Gómez Farías. Cuenta la leyenda que el expresidente aludido fue embalsamado después de muerto y colocado con diligencia en un sillón dela sala. Una tal Conchita iba a acicalarlo cada ocho días: le cambiaba la camisa, le planchaba el traje, le peinaba el pelo hacia adelante.  El ex mandatario inmóvil sólo abandonaba el sueño eterno las noches de luna llena. Entonces se dedicaba a dar la vuelta por la plaza en un carruaje henchido en llamas. Pero volvamos al merodeo a ras de suelo y abandonemos el de las ideas.

Avanzamos por Rodín (la pronunciación francesa desconcierta a los repartidores de pizza de la zona) y giramos en Holbein, en apego al criterio tácito de evitar las vialidades tumultuosas.  Torcemos sobre Tiepolo. Vemos de cerca el sencillo quiosco Jordaens. La construcción modesta podría considerarse un monumento a la cotidianidad. No figura en Wikipedia, y las pocas reseñas a las que se ha hecho acreedora en Google, emulan la introducción de un cuento melancólico: A él suelen ir a comer los empleados que trabajan en el área, dice una; es un lugar muy tranquilo, apunta otra. En efecto, llama la atención  la ausencia de movimiento en ese paraje. Cruzamos Patriotismo y Revolución sin detenernos, dejando atrás la cola de familias bien bañaditas y listas para desayunar en La Casa de los abuelos, una cafetería empotrada en un edificio de oficinas. Holbein transmuta en Rembrandt: irrumpimos en la Nonoalco. Caminamos por encima de Da Vinci. A la altura de su ombligo nos sale al paso un garage convertido en pulquería. Están sabrosos, promete un rótulo amarrado a un poste con un mecate.

Valoramos las opciones que se nos despliegan delante: a la izquierda el Periférico (salvaje río frontera que no queremos traspasar), a la derecha Revolución (de ahí venimos, no tenemos intención de regresar), derecho la sórdida Avenida San Antonio, sepultada debajo de segundos y terceros pisos de cemento lampareado (decidimos pisarla apenas y entrar de prisa a la San Pedro de los Pinos). Tomamos la calle 22 en dirección oeste. Sin previo aviso nos sale al paso zona arqueológica de la pirámide de Mixcoac. Montones de piedras alguna vez inmersos en un paisaje desbordado de ríos, estanques cristalinos y floresta salvaje; que hoy son empequeñecidos por  la lateral del Periférico, los retornos y los muros de contención. Las ruinas, de alguna forma, sobreviven y agonizan, resisten y se desploman.

Trazamos una ele con la 20 y Primero de Mayo. En un plano paralelo al de las suelas contra el pavimento, recorremos el sendero profuso e igualmente impredecible, de una conversación desaforada. El pasado remoto, películas, libros, proyectos, nimiedades, los años de la Conquista. Ambos, temas y ruta, son detonados por los elementos azarosos que nos van saliendo al paso. Nos dirigimos por doble partida a paraderos ignotos.

Los deslumbrantes edificios de finales del siglo XIX que hoy acogen la Escuela Secundaria No.8 Tomás Garrigue Masaryk, y que originalmente la hicieron de convento, indican que la colonia 8 de Agosto está cerca. Ambas construcciones, la primera recubierta de tabique rojo, la segunda pintada de blanco, están catalogadas como monumentos históricos del INAH. Son un oasis. En torno suyo hay ejes viales y negocios familiares. Andamos. Dejamos atrás las rejas, la ornamentación de los muros y los árboles frutales. Una cuadra adelante descubrimos una librería del tamaño de una sala de estar sobre Primero de Mayo, esquina con Calle 2. El local está al pie de un  majestuosos hule, en el primer nivel de un edificio de apartamentos. Hay mesas sobre los accidentes de la banqueta. Nos asomamos: los libros, bañados por música medieval, pertenecen mayoritariamente a la Editorial Sexto Piso y a las  Ediciones del Ermitaño. Recomendamos sin decir más Oscuridad total, de Renata Adler publicado por la primera; y El Huésped, de Hwang Sok-Yong engendrado por la segunda.

Caminamos Primero de Mayo arriba y antes de irrumpir en los dominios de la mítica Tacubaya nos desviamos para recorrer un callejón sin salida, claudicado por una inmensa pared de piedra oscura, a espaldas del Periférico (su lado B), salpicada de vegetación, en cuyas faldas encontramos una modesta capilla construida por los vecinos de la colonia en 1981. Tiene azulejos e iluminación propia. El cristal que separa a los santos del mundo, refleja los tinacos, los portones y el cableado que se despliegan a nuestras espaldas. Regresamos sobre nuestros pasos. Lanzamos un buenas tardes sonoro para los taxistas del sitio San Pedro de los Pinos. Recibimos un silencio hostil como respuesta.  Enfrente está la taquería Los Cuates Chepe y Chuy. Reemprendemos la marcha a ninguna parte.

Nos internamos en Mártires de Tacubaya (en alusión a los fusilados en la batalla del mismo nombre durante la Guerra de Reforma) y tras escalar por una calle estrecha, tomamos Río Becerra (en referencia al caudaloso afluente hoy sepultado) a la altura de los Abarrotes Angélica. Pasando el edificio granate de la Iglesia Universal del Reino de Dios, y dos colosales pollerías, nos sumergimos en las entrañas del Mercado Tacubaya Becerra. Una sucesión de pasillos con cubetas, chayotes, tortillas, escobas fluorescentes, charcos, cortes de marrano, jergas y leguminosas, nos arroja al corazón del edificio. Ahí mero están el altarcito y los baños de Damas y Caballeros. Descendemos por una escalera interminable, en la que apenas cabemos hombro con hombro. Al fondo solo es posible divisar un cuchillo desespinando nopales. Seguimos en línea recta. En el siguiente corredor, un tlacoyo copeteado con crema y queso aguarda a su propietario sobre un tinaco. Un último pasadizo nos arroja a una concurrida estética envuelta con un cortinaje espeso, probablemente de terciopelo. Más adelante está la luz del día. Nos reciben las calles Tránsito y Héroes de 1810, ésta última atestada de comercios de productos avícolas y ganaderos, (retazos, pescuezos, rabadillas, aguayones)  y envuelta por un perfume muy acerbo, muy particular.

De vías respiratorias descongestionadas nos apersonamos casi por inercia en el Borrego Viudo. Optamos por la barra de la banqueta, a merced de las grandes avenidas que asfixian al gigantesco establecimiento. Algunos lo consideran un templo indiscutible del taco. Pedimos los buques insignia: pastores y campechanos. Nada del otro mundo. Será el sereno, pero pienso que quizás el mejor ingrediente de los celebérrimos tacos sean las cuatro de la mañana y una peda de beatnik. Taloneamos sobre Revolución. Dejamos atrás la Alameda Tacubaya, la parroquia de la Candelaria y la cantina La Colonial. Nos metemos por José Martí (… el universo habla mejor que el hombre) y desembocamos en la estrepitosa Avenida Jalisco: útiles escolares, tepache, merolicos, gorditas, hand spinners, el almacén de ropa Zoy Zolo Yo,  la zapatería Mirrey, el Metrobús, los cláxons, las tortas cubanas, la casa de empeño, las películas piratas, las maquinitas. Huimos del marasmo, casi por instinto, por Antonio Maceo hasta darnos de bruces con el edificio Ermita, ícono del Art Decó mexicano, construido en 1930 y en el que recalaron varias familias del exilio español. Ahí también vivió mi abuela, oriunda del Centro Histórico, hace no más de quince años. Del interior recuerdo, por alguna razón ignota, las mangueras para incendios Made in Chicago.

Cortamos el triángulo de la San Miguel Chapultepec por Gobernador Luis G. Vieyra. Es una calle angosta, adoquinada. Sobre su trazo están las mesas multicolor de La Poblanita de Tacubaya “Desde 1947, el mejor mole de México, con 69 años de experiencia sirviendo a usted”. Abordamos la Avenida Parque Lira por las franjas peatonales y desaparecemos debajo del follaje del parque del mismo nombre. Trasponemos el arco que anuncia la entrada. El techo artesonado con flores suda una decadencia elegante. Después de vagar por corredores de vegetación exuberante, decorados con fuentes apagadas y esculturas versallescas, tomamos asiento en una barda de frente al skatepark y nos dedicamos a ver pasar el tiempo. Tenemos hierba en la mano.

Del interior de una de las rampas emerge un Panchito. Googleo el término en el celular.

Hace casi tres décadas, su sola mención era sinónimo de temor y de violencia: eran una de las bandas que asolaron esta ciudad en los años ochenta. De ellos, hoy sólo queda el recuerdo. Algunos son ingenieros, otro es diputado.

El sujeto en cuestión camina por la periferia del parque. Lleva puesto un chaleco de mezclilla, los brazos atravesados de cicatrices. Una pareja trenzada en el pasto crecido no advierte su presencia.

El nombre surgió porque tres de los fundadores de la pandilla se llaman Francisco… «Teníamos un especie de código: no matar a nadie. Sí se le pegaba a la gente, pero no matábamos. Antes el ambiente social no era tan violento como ahora. Entonces usábamos cadenas, chacos, fajillas o cinturones, pero ahora ya es diferente.»

Reingresa a su guarida. Fantaseamos con una escalera que lo conduce a un mundo subterráneo pletórico de maravillas.

«Si los perros se reunían en jaurías y los pájaros en parvadas, pues los chavos nos reuníamos en bandas por afinidad.»

De la maleza pegada a la avenida emerge un chavo de pelo revuelto, jeans rotos, camisa de franela y una guitarra colgada al hombro. Es Rockdrigo, pienso en voz alta. Viajó a través de décadas y planos de la realidad para vagar, precisamente hoy, por las inmediaciones del Parque Lira. Ponemos sus composiciones en el celular a un volumen bajo. Suenan Perro en el Periférico y Estación del Metro Balderas.

La pareja palpitante no se ha movido de su comarca de dos metros cuadrados. El aire deja de soplar. El tiempo se para en seco. La deriva mental nos lleva a hablar de episodios pretéritos. Recorremos ciudades perdidas. Hacemos pausas en los parajes que siempre nos han gustado. Truenan Balada del asalariado y Amor de teléfono esquinero.

Rockdrigo se enrola en una empresa suicida. Después de acostar a su guitarra en una banca, arremete contra el poste de luz más cercano e intenta escalarlo al más puro estilo del palo encerado. Se ayuda con piernas y manos, jadea, consigue levantarse unos quince centímetros del suelo, se resbala, mienta madres, reemprende la faena. El Panchito abandona su cueva repleta de tesoros. Lo observa. Entabla con el músico un diálogo cuyo contenido nos está vetado por la distancia. Llega la chota, se apalabran todos, les inspeccionan las bolsas, se los llevan del cinturón, desaparecen. Quedan a sus espaldas el parque desierto y la guitarra tendida sobre la banca. Musicalizan la escena Asalto chido y Solares baldíos.

Salimos a la realidad. Nos recibe el desgañitamiento de un mofle. Esperamos lo que me parece una eternidad en el semáforo de Parque Lira con Gobernador Agustín Vicente Eguia. Estamos en contraesquina con un edificio curvo, elegante en clave chilanga, como un pachuco de camisa almidonada, sombrero emplumado y traje verdementa. El calzado lustrado es azul cielo.

Rajamos la San Miguel por otro Gobernador, Rebollar en concreto, y nos detenemos en un remanso prometedor de música envolvente y enredaderas en las paredes a espolear la mente con licores recios y cerveza. El hecho de haber llegado hasta ese punto a pie, impregna al momento de una luz distinta. Inscribe al traslado, al punto de llegada momentáneo y a nuestras propias posibilidades dentro del contexto en el que se desarrollan.  La ciudad se transfigura de pronto en un ente abarcable a su manera. Entablamos con su entramado una relación más íntima. Otra vez Paz: camino sin avanzar, estoy rodeado de ciudad.  Pagamos la cuenta y continuamos con la deriva por calles tranquilas, magnetizados por lo que sea que nos esté esperando a la vuelta de la esquina.

Nos exponemos a continuación a uno de los momentos más gloriosos del recorrido. Al traspasar el enrejado del Bosque de Chapultepec nos embiste de pronto una sensación de frescor y libertad ilimitada; se impone, de un paso al siguiente, una atmósfera radicalmente opuesta a la que veníamos surcando. Franqueamos el umbral que conduce a una dimensión invadida por el siseo de los árboles, la variabilidad de sus formas, la ausencia de camino y la abundancia casi palpable de oxígeno. Estamos en el Tiergarten, en el Pacific Spirit, en el Bitsevski  Park, en el Kinsky Garden. No, estamos en el DF.  Andamos como dos ermitaños desbocados entre los troncos monumentales y el suelo tapizado de agujas. Arriba oscurece. Estamos solos en una ciudad de veinte millones de pelados. Alcanzamos un camino trazado y desfilamos ante la mirada pétrea de varios poetas ilustres. Nos detenemos en un ojo de agua cercado por ahuehuetes.  La escena tiene algo de irreal. Las ramas y las hojas  cuelgan hasta alcanzar la superficie y rascarla. En medio de un largo silencio aparece una garza blanca. Aterriza en una piedra, permanece inmóvil, estira el cuello, alza el vuelo. Nos quedamos pasmados. El bosque se endurece, se vuelve insondable. Lo mismo la ciudad que lo devora. Lo mismo la posición que ocupamos en uno y otro. Avanzamos el siguiente tramo en silencio, casi con reverencia, hasta situarnos en un claro con vista al lago. Nos sentamos de la cara al agua, como ocupando nuestros asientos en un anfiteatro milenario. Nos absorbe el reflejo de los edificios. Presenciamos de primera mano el escándalo de los pájaros chilangos: vuelan, graznan, baten las alas, gritan. Reemprendemos la marcha. Escuchamos el eco de nuestros propios pasos. Nos fundimos con el entorno. El aullido de una ambulancia, proveniente del mundo de afuera, es amortiguado por una muralla de pinos. Ponemos Ramshackle en el celular. We will go, nowhere we know. La rola potenciada por la amplitud del bosque nos parece un himno. De más allá de la espesura nos llegan gritos de feria, rechinidos de cracatoa, el bajo acompasado de una cumbia de amores y desamores: el inconfundible pulso de la Ciudad de México.

El Castillo de Chapultepec despunta sobre los últimos residuos del cielo de la tarde. Levantamos la vista, una de las ventanas aún está iluminada. Don Maximiliano y su señora deben estar tomando el té, habrá dicho algún paseante hace más de un siglo señalando con el dedo el haz de luz cortando la penumbra. Estamos en Zagreb, en Varsovia, en Budapest. No, estamos en el DF. Wikipedia nos arroja mientras caminamos las primeras impresiones del Emperador sobre el espacio que hoy habitamos.

El valle de México es como un inmenso manto de oro rodeado de enormes montañas matizadas con todos los colores desde el rosa pálido hasta el violeta o el más profundo azul cielo, unas rocosas y quebradas y oscuras como las costas de Sicilia, las otras, cubiertas de bosques como las verdes montañas de Suiza, y entre todas ellas las más hermosas eran el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl.

Nos sumergimos en la metrópoli envueltos por un enjambre de conciudadanos al volante. Bajamos por Zamora entre edificios y casas de uno o dos pisos. Dejamos atrás la tortillería La Chiquita y los vinos y licores La Joya. Doblamos en Vicente Suarez y volvemos la vista hacia Tula, al fondo se levantan las siluetas totémicas de los edificios de Reforma. Subimos por Mazatlán, al resguardo del túnel de ramas que envuelve al camellón.  De un restorán elegante (monturas de carey, lociones forestales, camisas impolutas) brotan hasta la calle las notas enloquecidas de un trío de jazz. La batería corre a un ritmo propio, como deseando darse a la fuga del compás ralentizado impuesto por el piano y el contrabajo. Pasamos a un lado del icónico conjunto de edificios proyectado por Thomas Sinclair Gore en 1911. Al otro lado de las ventanas se perpetran pequeños rituales cotidianos.

Acometemos una tirada larguísima, en línea recta,  sobre Durango, pasando por la Cibeles a reventar de vida nocturna: valets, canciones entrecruzadas, lásers verdes, brindis varios, y más adelante por la Río de Janeiro cuajada de sombras: el David, las bancas, la Casa de las Brujas, paseantes solitarios. Realizamos una parada técnica al amparo de las luces incriminatorias de un Oxxo. Deglutimos sin hablar unos Doritos Nacho con queso de máquina y puños de jalapeños, sin apartarnos un ápice de la estación de toppings. Damos cuenta de la bolsa entera.

Finalmente, nos plantamos en nuestro destino sin saberlo. Estamos en Mérida casi esquina con Álvaro Obregón. La meta (siempre temporal) es Casa Franca, antigua casa esquinera de dos pisos minuciosamente remodelada y acondicionada, donde nos zambullimos en una  sesión altamente frenética de jazz. En sincronía con el arranque de la tocada, se suelta la lluvia. Los goterones pueden verse más allá de los balcones. Agarran cuerpo al hacer contacto con los faros de los coches, las luces cambiantes de los semáforos y el rótulo de la gasolinera. Un accidente del clima impone un fin a nuestro flaneo. Pedimos un whisky y una ginebra. Estrellamos vasos y nos embarcamos en una nueva travesía sin desplazarnos.

Nuestra siguiente crónica, dividida en dos partes, se desarrolla en las calles del Centro Histórico.

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