El Centro (1a parte)

Colonias recorridas: Centro zona Poniente, Centro Histórico, Centro zona Oriente.

En los pasillos subterráneos de la ciudad se venden colágeno y grenetina hidrolizada. Se trepa al vagón del metro un espécimen de la tercera edad en muletas. Lleva un chicharrón de harina con salsa entre los dientes. Apeamos en Cuauhtémoc para andar Bucareli arriba. A nuestra izquierda queda el palacio eternamente blindado que alberga  una de las tantas sedes de la SEGOB. A la derecha un conjunto de edificios notables, cubiertos de ladrillos y azulejos. Al frente el Reloj Chino: un obsequio del último emperador de aquél país y su gobierno, con motivo del centenario del inicio de la guerra de independencia de México. En la base lleva inscritos cuatro caracteres: Tong Sheng Xiang Ying traducibles como: Las voces del mismo sentir hacen ecos.

Rótulos fosforescentes anuncian bromas y trucos de magia en la primera planta de un majestuoso edificio esquinero mientras giramos sobre Emilio Dondé. En el Parque de la Ciudadela se escucha un danzón emitido por un radio de pilas. Lo está bailando una pareja. Su reflejo también gira y se desliza de cabeza sobre un charco. Nos introducimos a la Biblioteca de México. Custodia la puerta una poli de peinado pistoleado. Es el movimiento del viento que se lo lleva pa acá, pa allá, le hace saber a su interlocutor. Dejamos atrás varias partidas de ajedrez y la luz artificial de una fotocopiadora que ilumina los rasgos aburridos de un empleado recluido en un cuarto oscuro, hasta alcanzar el salón de dos pisos en el que se resguarda la  colección los libros que alguna vez pertenecieron a Carlos Monsiváis. Son cerca de 24 mil. Sacamos un tomo al azar de las estanterías: The Mexico City Reader. El índice contiene varias crónicas sobre de la ciudad que hoy pedaleamos. La introducción, dirigida al lector de afuera, equipara a la urbe con las páginas desaforadas que le suceden:

Like the visitor wandering through the city streets, the reader will be constantly surprised by the visions encountered in this mosaic of writings—a textual space brimming with life and crowded with flâneurs, flirtatious students, Indian dancers, food vendors, fortune tellers, political activists, and peasant protesters.

Nos sale al encuentro Nightlife, una crónica del propio Monsi, cuya versión original contenía el siguiente fragmento: la ciudad de México tendrá catorce o veinte millones de habitantes, pero sus ofertas extremas (¡Hartas sensaciones a bajo precio!) no van más allá de dos mil o tres mil cantinas, veintenas de cabarets, con y sin table dance, dos o tres sitios de burlesque, treinta o cuarenta lugares gay, una plaza mariachera… Después, el devaneo mental se interna por el trazo tosco del Eje Central: Hoy es la apoteosis de lo irremediable: comerciantes ambulantes, puestos de comida tan peligrosa como la delincuencia, alcohólicos errabundos a los que se llama teporochos, grupos de jóvenes en pos de la gran hazaña: emborracharse sin dinero. Cerramos el libro con un clac que inunda toda la estancia, que como el propio DF, se antoja inabarcable.

Imagen tomada de ArchDaily

Romancean, a un costado de los baños, un señor de traje gris y su cómplice de medias traslúcidas y cocacola. Salimos por el umbral que comunica la Biblioteca con el Parque Tolsá. Presenciamos una cantidad ingente de Hot Wheels acomodados alrededor de una fuente seca. Según nos cuentan es el sitio ideal para encontrar carros a escala. Es la capital del vicio por excelencia, remata el interrogado, abrillantando un Mustang en miniatura.

En la plazoleta contigua hay un escenario improvisado. Sobre el estrado central, un don de sombrero, prendido al micrófono, se está pegando la de Nobleza de Javier Solís. Gestiona el sonido un güey de bigote prominente, debajo de una carpa. La estrofa de el amor es dolor cuando es sincero, cala visiblemente en el público reunido en torno a la rotonda. Un viejo ataviado con una gorra plagada de pines, playera del Tri, chamarra del IMSS y tenis teñidos de aerosol plateado, se entrega a las estrofas con la mirada nebulosa clavada en el suelo.

El catrín de la lotería se arrellana en la banca de junto. Lleva el libro Cantares Mexicanos bien prensado abajo del brazo. Desde la jardinera, una indigente lanza un graznido a medio camino entre el grito mariachi y la carcajada satánica. El performer se deja ir con Las Rejas no Matan: Qué rumbo tomaste mi vida, qué puerta a tu paso se abrió, qué luna te espera angustiada. Las sílabas cadenciosas inundan la plaza y le infunden nostalgia. Viajan pesadas y se terminan posando sobre la auténtica birria y el puesto de lámina que ofrece peinados de graduación. Las auroras que son puñaladas humedecen los ojos de un encorbatado octogenario. Nos reincorporamos al presente y rolamos con rumbo a la mítica estación del Metro Balderas.

Pasamos por el homenaje al empresario: una figura humana que se intuye sufriente, entregándose al sol, expuesta de brazos abiertos al escándalo de la avenida y el esmog estancado. Sobre Arcos de Belén nos envuelven las exhalaciones olfativas y sonoras provenientes de la plancha ardorosa de los antojitos El Eclipse. En Revillagigedo se suceden estampas íntimas: familias enteras al cobijo de una tortillería o un taller mecánico reunidas en torno a botellas de refresco y platos de unicel con guisados varios. Están rumiando y contando historias mil veces contadas. Después viene una peda violenta: beats tropicosos desde un coche de puertas abiertas, cubas en vasos plastificados y risas producto del escarnio, todo debajo del toldo que anuncia la reparación exprés de bombas y motores.

Nos queda enfrente una tienda de baños de ventanales amplios. Sanitarios de una y dos piezas, lavabos sueltos y de pedestal, tinas con y sin hidromasaje, envueltos por la de voy a reír, voy a gozar, vivir mi vida la la la la. Secunda los coros una seño con la bolsa del mandado a reventar de chayotes. De llamar la atención, a los pocos metros, el edificio que se levanta en la esquina de Victoria y Revillagigedo. La construcción data del Porfiriato y ha fungido como estación de policía, estación de bomberos y juzgados. Destaca una torre de castillo embrujado. Hoy en día el inmueble es el Museo del Policía. Entramos con recelo y nos informan que actualmente manejan unas expos bien padres, bien educativas: una permanente sobre la chota, y dos temporales sobre homicidas seriales y vampiros. Una triada amena, digerible, para que venga usted a disfrutar con su familia.

Doblamos sobre Victoria, atestada de lámparas, sóquets, enchufes, focos halógenos y extensiones. Si algo sorprende del Centro Histórico es la capacidad de sus habitantes para hacer proliferar y comercializar objetos que son el colmo de la singularidad. Si lo que usted requiere es una coladera cuadrada de salida universal con rejilla cromada, hay una calle de varias cuadras que pone a su disposición chingos de esas. Lo mismo si lo que necesita es un cachito de blindaje  Chobham con nanotubos de carbono, aleación de acero y tungsteno y revestimiento de uranio empobrecido, ideado para resistir el embate de misiles teledirigidos. Pasando los elotes pero antecitos de la papelería, está el señor Sepúlveda, él seguro se los maneja.

Pasamos por el Callejón del Sapo, cuya historia detenta un enredo de ecos telenovelescos. Cuenta la leyenda que en tiempos de la Colonia un matrimonio de españoles parchaba mucho y nomás no se embarazaba. Entonces la doncella ofuscada y de fe tambaleante sacó cita con la bruja del barrio a recomendación de una de sus sirvientas. Le echaron en cara una serie de profecías oscuras. La primera: tendría un hijo pero no de su esposo. Así las cosas, la señora agarra y se deja preñar por un nativo. Al conocer la sirvienta el origen de la gravidez es despedida por su patrona. Entonces la mucama pregona la verdad a los cuatro vientos. Total que el señor no le no cree nada y la manda, bruja incluida, directito a la Inquisición, que se decanta por quemarlas con leña verde. En adelante el alma pesarosa de la bruja se le empezó a aparecer al hombre para decirle, por alguna razón ignota, que su esposa y el verdadero padre de la criatura se veían a tal hora y en tal lugar. El don los cacha. El indígena lo mata. Ella entrega a su amante a las autoridades. Lo ejecutan. El niño detrás del embrollo sale tullido. Los vecinos aseguran que es idéntico a un sapo. Cuando le hacían bullying, el chavo de aires anfibios se ponía violento: dícese que arrancaba la piel y sorbía la sangre de sus agresores. Actualmente se rumora que el alma contrahecha del Sapo sigue rondando por el callejón en las noches de luna llena.

Giramos sobre Dolores atraídos por la parafernalia china que se despliega a lo lejos: globos rojos, bandejas de bufets y platones humeantes de noodles. Un guía de recorridos peatonales le inventa a dos canadienses insolados que en la cerrada Dolores hay peleas  nocturnas de ninjas y gangs orientales. Toman foto. En la esquina, de vuelta a la explotación de la especificidad con fines de lucro, hay un puesto de discos piratas de música oriental. Los mantras tibetanos para la paz interior y la plena conexión con las emanaciones de energías cósmicas bañan los titulares de los periódicos del día: Rosana Nájera se las dará al Chapo, Sujeto herido por artefacto explosivo en Lindavista, Se metió debajo de su Audi para hacer talacha y el auto se le vino encima. El voceador a cargo del changarro diversifica su oficio empujado por las fuerzas invisibles de la necesidad: también pone pilas, pernos y correas extensibles.

Caminamos por Avenida Independencia, luego sobre López y más tarde sobre Victoria, trazando un círculo involuntario. Acompaña nuestro desconcierto un desfile de neceseres, mapamundis, lupas y el espíner de moda. Sobre José María Marroquí, una familia de comerciantes ingiere tacos de salchicha sobre el fondo de telas que componen su puesto. Al topar con Ayuntamiento por poco nos arrolla un taxi. Apenas lo vimos. El conductor llevaba lente oscuro y el coco rapado. Iba oyendo rolas psycho-trance y escupiendo flemas al aire.

Nos cruzamos con el que debe ser una eminencia de la Colonia Centro: bucles canos, abrigo atigrado, sombrero dandy y bigote de trazo fino. Quisimos abordarlo, decirle algo, pero no supimos cómo. Caminamos sobre Ernesto Pugibet (empresario francés fallecido en 1915, que dedicó su vida a los ramos textil y tabacalero) y encallamos (de nueva cuenta) en la Plaza Carlos Pacheco. Reconozco a dos conversadores de zapato boleado que no se han movido de su banca. Desorientados, volvemos sobre nuestros pasos e improvisamos una nueva ruta. Divisamos el Templo de nuestra señora de Guadalupe. La construcción también es conocida como la Iglesia del Buen Tono, en referencia a la empresa cigarrera del francés referido más arriba, quien ordenó el levantamiento del templo para la purificación del alma de sus empleados. Los vitrales, asegura Wikipedia, fueron traídos desde Francia y el órgano tubular desde Inglaterra.

La mano de un indigente tendido sobre la hierba crecida se pierde debajo del resorte de sus pants Adidas. Lo custodia el busto develado en honor a don Francisco Neri: oaxaqueño íntegro, enamorado del micrófono y la palabra, creador del día del locutor y poseedor de un profundo sentido del deber, el honor, el servicio y el humor.

Pasamos a un costado de la Torre de Teléfonos de México: un edificio muy burocrático, entre soviético y alusivo a un futurismo distópico concebido en los setentas: mausoleo faraónico que transmite más la certeza de los años idos que la pujanza de las telecomunicaciones. En su interior se aloja una cápsula del tiempo que deberá ser aperturada allá en el 2078, y cuyo contenido consta, según internet, de objetos vinculados con el mundo del teléfono. Hagamos una pausa e imaginemos la ceremonia que tendrá lugar en la fecha prevista: el Centro finalmente anegado es sobrevolado por cientos de cápsulas voladoras mientras los policías de tránsito hacen sonar sus silbatos desde plataformas empotradas en la torre semiderruida. Entretanto, algún funcionario parco reabre la caja que contiene los componentes de un teléfono fijo en un amplio salón desierto: los muros de concreto le devuelven el eco de sus palabras también vacías.

Pasamos por la Taquería González y la  Cristalería La Primera. Captura nuestra atención un edificio en franca retirada. El primer nivel aloja un gimnasio que anuncia su existencia con un güey mamado de fibra de vidrio y un cartel con fotos de rascacielos descargadas de Google. A nivel de calle está la Nueva Luna, espacio que se ostenta como restaurante pero que en realidad es un local de rompe y rasga abocado a la compraventa de botanas y cervezas. El interior se resguarda de la vista de los transeúntes con enormes tablones de madera. Ven y canta conmigo, invita un cartel pegado a un costado de la entrada en el que figura el mariachi Esteban Miravete. La voz del aludido nos llega desde las profundidades insondables del recinto. Entramos.

Dominan el lugar la virgen de Guadalupe y dos globos metálicos alusivos a emoticonos. Nos arrellanamos en las sillas de respaldos gastados, y al ritmo de Acá entre nos, ordenamos una caguama. Allá en mi triste soledad, me han dado ganas de gritar, salir corriendo y preguntar, qué es lo que ha sido de tu vida. La fauna de la “Nueva Luna”, exaltada por la cerveza y la hondura de la voz de don Esteban, está embebida en los pormenores del performance. Cantan con él, lloran con él, se transportan a confines muy cercanos a la chingada también con él y le aplauden, le dan las gracias, le piden otra, otra, otra con los ojos a media asta o con un arrebato cercano al trance. Flotan en el aire, se palpan, las ganas de no querer volver a este perro mundo. Aquí les dejo sus exquisitas botanas, nos informa la mesera, depositando delante de nosotros cacahuates, palomitas y habas enchiladas. Los acordes de Tú y las nubes despiertan a un borracho solitario qua hasta entonces se había estado regalando un coyote. Ando volando bajo, mi amor está por los suelos, brama y se pide otra ronda. Finiquitamos botanas y caguama y salimos al mundo exterior, soleado y desaseado: pletórico de vida.

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