El Centro (2a parte)

(…)

Nos devuelve a este plano un consultorio del Dr. Simi atestado de pacientes. Afuera de las Vizcainas se reúne una turba amorfa, segmentada en clanes, organizados a su vez en torno a una abuelita o un pater familias. Abundan los zapatos de charol y los vestidos profusos, el gel y los perfumes de frutos rojos. El del valet choca y descuadra la cajuela del patrón. Te voy a romper tu puta madre, le revira éste. Pasando el antiguo Callejón de las Pañeras desembocamos en Mesones.

Desde la legendaria Cantina La Mascota nos llega una versión en vivo de Tiburón a la vista. La voz cantante tiene algo de merolico. Echamos un vistazo al interior por las rendijas de la ventana. El local está a reventar de familias recién bañadas que aplauden embelesadas al ritmo de la melodía, víctimas de la apoteosis de la que hablaba Monsiváis; con el chiquitibum en la punta de la lengua.

Acto seguido nos topamos con La vaquita. Más de lo mismo: progenies emperifolladas para la comilona, el trago, los postres, el cotorreo y la chorcha imprudente. Ameniza la encerrona un artista de greña encrespada[1] y lente de sol. Está musitando Debut y Despedida de los Ángeles Negros con evidente congoja, para su público querido. No pretendo figurar en tu programa, canta al unísono una señora ya grande, detentadora de un peinado imposible, ante la estupefacción sincera de su nieto. Las líneas de veinticuatro quilates soy el eco nada más de tu conciencia y soy como un contrato que se archiva, nos llegan ya deshilachadas conforme nos vamos alejando.

Cruzamos la tumultuosa Isabel la Católica y doblamos en el primer callejón de Mesones, magnetizados por la atmósfera de guateque en ciernes que exudan las pulquerías y las cervecerías apiñadas debajo de lonas de colores. En torno a las mesas se enzarzan en un mismo cuerpo palpitante, agremiados a distintas tribus y cofradías urbanas. Conversan casi en silencio, envueltos en nubes de humo. Domina el callejón un muro grafiteado.

Más allá de la pizarra que anuncia los pulques de La Cueva, se pasea una mujer amish con sus hijas. Las vestimentas tradicionales, planchadas y almidonadas, de tela azul cielo, contrastan con el marasmo de prendas predominantemente negras que se arremolinan en las mesas de los establecimientos. Sobre Regina el ambiente se torna más guapachoso. Proliferan las gomichelas y las botanas fluorescentes. Yardas, vasos escarchados, chicharrones, chamoys y chingos de bachata y reguetón. Y de repente un café. Entre sus mesas un trío de amigos de la prepa entona a capela una rola de Elefante.

Me detengo ante una tortillería para leer un cartel enmarcado en el rosa cocada que el gobierno de Mancera impuso como el tono institucional de la metrópoli. Al centro aparece  Jermán Argueta, orador profesional, vestido todo de negro. Los eventos que comanda, continúa el cartel, tendrán lugar en el Centro Cultural José Martí. Al calce se enlistan los temas que serán impartidos los cuatro sábados del mes: Del erotismo y la revelación del cuerpo amado, Las ánimas de Juan Rulfo, ¿Quién mató a la bruja? y ¿A dónde va mi corazón que no naufrague mañana? La entrada es gratuita.

Continuamos sobre Regina. La primera planta del Museo Casa de la Memoria Indómita está en plena efervescencia. La pista de baile, colocada entre varias mesas, se convulsiona con una danza regional: vestidos blancos con detalles en colores vuelan entre los aplausos, las nucas acicaladas y las risas tabernarias. Continuamos. Dejamos atrás un puesto de cacahuazintles asados montado afuera de un Oxxo y un negocio de útiles escolares. La goma que todo lo borra está de promoción.

Nos sale al paso la imponente silueta del antiguo Convento de los Camilos, que data de 1754 y que hoy en día opera como la Secundaria No. 1 Cesar A. Ruiz. Mi secu cabrones, atentamente el Pelón, reza un comentario al pie de un video sobre el edificio que puede ser consultado en YouTube. La razón detrás del orgullo del internauta sin pelo, radica, además de en la deslumbrante arquitectura del edificio, en que dicho plantel ostenta el título de la primera secundaria federal de toda la República Mexicana.

Doblamos sobre La Cruz, atraídos por el muro de árboles que emerge de la Plaza San Pablo, a escasas cinco cuadras del Mercado de la Merced y el Eje 1 Oriente, que constituye la frontera que divide a la Delegación Cuauhtémoc de la Venustiano. Andamos en silencio entre cortinas de acero bajadas y sobre la espuma tornasol e indisoluble que suele habitar en los resquicios de las banquetas de la urbe que nos ocupa. Es una calle modesta. El cielo se ha ido cerrando con el transcurso de la tarde.

A continuación nos sumergimos en un túnel de techos multicolor: es el tianguis ambulante que se coloca los sábados sobre la avenida San Pablo. Nos flanquean espiropapas y montañas de calcetines. Pelis porno y jeans con detalles en joyería de fantasía. Suenan la cumbia y el hip hop en tu idioma. Conseguimos escabullimos por un resquicio al detrás de carpas. Presenciamos en todo su esplendor la mugre y el amontonamiento de la cochinada. Más allá olores sulfurosos y el paso ágil de un gato.

Bajamos por Escuela Médico Militar, a espaldas del Mercado San Lucas y viramos en Fray Servando. El riesgo y el peligro quedan patentes desde el inicio. Agudizamos los sentidos. Somos escrutados por una docena de cholos sentados de cara a la calle en un local de luces encendidas. Apretamos el paso. En el local contiguo hay un tugurio de ambiente endurecido: telas negras protegiendo el acceso, acordes electrónicos, destellos de láser verde, pandillas hard-techno de pelo organizado en picos bailando entre los efluvios del hielo seco. Todo debajo de un edificio semiabandonado de cristales rotos y grafitis color plata. Los abarrotes Casa Castillo y  la peluquería de nombre Unisex, le devuelven terrenalidad al recorrido. Finalmente, en la mera esquina, se erige, como a pesar de sí misma, la cantina Chenchos I. De ésta me quedo con una estampa ruinosa: un don de chamarra de mezclilla, que observa, mudo, su trago de hielos derretidos.

Doblamos con dirección norte. Un gringo recién bajado de un taxi del aeropuerto, maleta en mano, está estupefacto (la boca contorsionada en una mueca intranquila), delante de los ocho socavones simétricos que circundan el hotel en el que va a quedarse. Se ve a sí mismo tan lejos de Chicago y tan cerca del fin del mundo. Fuck, le oímos decir primero. Y Yeezus, después de pasarse la mano por el pelo.

Los juzgados y la plaza comercial Pino Suárez comparten inmueble. Chachareo e impartición de justicia, burócratas y marchantes, papeleo de ventanilla y comaleo de quesadillas. Todo esto responde a una y la misma cosa: la persecución de la chuleta. Los dos establecimientos se funden en un abrazo sudado dando lugar una entidad uniforme de techos laminados, invadida por la urgencia twenty four seven.

Antecitos de llegar a José María Izazaga, alcanzamos sin saberlo un punto cumbre, no solo del recorrido, sino de nuestra existencia. Mr. Todo es un almacén de colores estridentes que ofrece un extenso surtido de artículos a precios imbatibles. Lo que eleva a este comercio en apariencia ordinario a la antesala de lo sublime, es el portento de grabación que sale de la bocina (armada, desde luego, de luces de colores) colocada en la puerta de acceso del establecimiento. La obra, abocada a depositar una retahíla de productos, con voz sufriente, en el ambiente sonoro de la urbe, posee la capacidad de condensar la esencia de la ciudad, tal y como lo hacen la torre Eiffel o el Coliseo. Es un himno. Entiéndase: composición musical emblemática de una colectividad; que la identifica, y cuyo objeto es exaltar un suceso memorable, digno de júbilo y entusiasmo.

La cola para comprar boletos del metro en Pino Suárez se desborda hasta la calle, y la de los peseros con rumbo a La Joya acapara la plaza del Jardín San Miguel. A nuestra derecha, las fachadas ondulantes de los edificios que se extienden sobre San Jerónimo, describen curvas que de tan claras congregan a una turba de fotógrafos de celular a sus pies lacustres.

Desembocamos en Regina. En la esquina con 5 de Febrero el tendero de los ultramarinos “La Mercantil” se da a la tarea de bajar la cortina de su negocio. Más adelante nos topamos con el mural que retrata a la descendencia de Doña Borola Tacuche y Don Regino. Los acompaña una figura tan chilanga como ellos mismos: Carlos Monsiváis, Virgilio involuntario del presente recorrido y figura tutelar de cualquier juicioso del lugar en el que vive.

Más adelante está el Hospital Concepción Béistegui, inaugurado en 1886 por un Porfirio Díaz de jeta empolvada y pecho enmedallado. El inmueble fue readaptado a partir de un antiguo convento, según dispuso la propia Concepción, oriunda de Guanajuato, en su testamento: Yo María Concepción Máxima Béistegui García, católica por gracia de Dios y doncella por su benevolencia, teniendo sólo parientes ricos que no requieren de mi peculio, lego mi alma a Dios y mis bienes a los pobres. A un lado está el templo de Regina Coeli (no son nombre y apellido, es el latín para “reina de los cielos”). La muchachada del barrio se reúne en las inmediaciones del atrio para echar la cascarita. Discuten, mientras pasamos, sobre la legitimidad de un supuesto gol gana. El dilema consiste en si el balón pegó por adentro o por afuera de la botella de Chaparrita que fungía como poste.

Subimos por Bolívar imantados por una rola de Juanga proveniente de los adentros de La Mascota. No vale la pena, lo que tú me quieres porque es muy poquito. Felizmente nos devoran las fauces abatibles de la cantina. Pedimos mesa y ordenamos dos tragos, que nos sirven, sello del lugar, sin tacañería. En materia de botanas nos decantamos por el chamorro, de entre la nutrida lista del día compuesta por las siguientes y nada timoratas viandas: sopa de lentejas, tostadas de pollo, carnitas, pata de res en salsa verde, aguacate relleno de atún, caracoles en mole poblano, carne tártara y pasta con verduras. ¡Ajúa!

Para suerte del que escribe estas líneas, un devoto del Divo de Juárez se adueña de la rocola. Suena Pero qué necesidad, que el briago de la mesa contigua canta y transfigura en un sonoro te la vuelves a pelar, con uno de sus amigos como destinatario. Comemos y bebemos. Un sujeto de tonelaje considerable se apersona, vía entrada triunfal, en la barra de la cantina. Lleva puestos unos pants negros de botones y una playera de fucho. Tamborilea con los dedos sobre la barra. Pasea la mirada por el lugar y emprende una dinámica suicida, con una claridad de metas irrebatible: se infla doce cubas sin miramientos, una detrás de otra, sin otorgarse un respiro. Quiere mamarse. Punto.

Hablamos de la caminata y de este proyecto que apenas va naciendo. De entrarle desde una nueva perspectiva al mazacote que tenemos delante (el DF, no el chamorro), de cómo a nuestros 27 años apenas conocemos un puñado de las más de 1500 colonias que aglutina el hasthag CDMX. Del acto de caminar como una simbiosis con el espacio que se recorre. Del término rolar. La idea es aportar algo a los que habitamos en este pedo, dice uno de nosotros. Desentrañar el lado B de la ciudad, que al final es el de adeveras, contesta el otro. Generar inercias, aportar una forma distinta de vincularse con la mancha urbana. Recordamos la leyenda inscrita en el Reloj Chino, al principio del recorrido: Las voces del mismo sentir hacen ecos. Imaginamos el eco armónico y discorde de veinte millones de pelados. Dibujando círculos en el aire, ordenamos otra ronda.

[1] Una de las teorías que trata de explicar el origen de la palabra chilango, hace referencia al vocablo maya xilaan, que quiere decir, precisamente, el de pelo revuelto, el greñudo.

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