La Portales

Colonias recorridas: Portales Norte y Portales Sur

Distancia recorrida: 7.3 kilómetros (tomando en cuenta la segunda parte de la crónica)

Emprendemos una caminata al azar, sin objetivos fijos, ni ruta preestablecida,  partiendo del metro Parque de los Venados, dispuestos a entregarnos a las pulsiones del momento, a dejar que sean los elementos de la calle, el clima o los caprichos de nuestros humores los que conduzcan el desenvolvimiento de la caminata, llevando el término flanerie  (callejear sin rumbo, abierto a las vicisitudes que vayan saliendo al paso), como estandarte. Podemos acabar desvalijados en un callejón sin salida, echando taco de guisado en un garage particular, devorados por alguna avenida salvaje, o inmersos en un inesperado oasis citadino. Nos está vetado saberlo.

Es domingo. Aproximadamente las diez de la mañana. En la explanada de  piedra de la Benito Juárez se juegan futbol y tocho bandera con furor profesional en espacios delimitadas por conos. Jugadores de una y otra disciplina ponen en riesgo codos y rodillas, bañados por el sol de la mañana que se les desparrama sobre las pantorrillas tensadas y las nucas sudorosas. Las oficinas delegacionales están cerradas. Hoy nadie deambula por este espacio de corbata y calzado lustroso, todos de shorts y jerseys deportivos.  Conforme nos alejamos de los cotejos nos alcanzan los gritos ahogados que buscan desatar jugadas de peligro: respétame el esfuerzo,  ya me viste; o aquellos que recriminan errores o decisiones destinadas al fracaso: pinche tabla, pinche personalista. Las avenidas calladas y semidesiertas en torno a la explanada están irreconocibles.

En el Parque de los Venados, enlodado y encharcado por las lluvias, hay un globero dormido que no suelta su racimo de mercancía flotante, cincuentones empelados a fondo en la calistenia, un don entrenando al perro, un boj impregnado de rocío y más adelante, el de los algodones absorto en una grabadora con recepción calamitosa que profiere la de “Este terco corazón”. Ha pasado mucho tiempo, mucho tiempo, desde que te dejé llorando en la alameda. En el centro del parque está la feria apagada: los carritos chocones, la cracatoa y el ratón loco en espera de las multitudes alborotadas.

Dos indigentes comparten una ración humeante de pancita en un vaso de unicel. Le exprimen tres limones. El de la voz cantante va ataviado con una playera del Tri y un rosario bordado alrededor del cuello. La siguiente banca acoge a  un ciego de bastón y lente oscuro: lleva puesto un saco aterciopelado y una camisa roja, está enlocionado y se engominó las patillas, se diría que está esperando a alguien. Pasan a su lado una niña de tacones disfrazada de princesa y un chavo de ojeras pronunciadas con la playera de los Seahawks.

Por todos los senderos del parque circulan réplicas miniatura de camionetas Cadillac y Mustangs conducidos por niños de no más de cinco años. Quizás en varios lustros estos caminos sean presa de embotellamientos, socavones y semáforos descoordinados. Al tiempo que avanzamos hablamos de la veneración ciega que profesamos en esta urbe al coche. Al carro que todo lo puede y a todos lados nos lleva y que brilla mucho con su encerado de domingo y su manita de Armor-All. En torno a la fuente del Venado, un chavo banda de cinturón de estoperoles y parches antisistema, empuja un Jeep azul clarito, de Frozen, tripulado por su hija. Completa la escena, a pesar de la hora, (a pesar de todo), el éxito de Ricky Martin y Maluma que envuelve a la vendimia, insípida por la hora, de burbujas, tabacos sueltos y dulces varios.

Salimos con destino a la Portales por Necaxa. La tecnocumbia disparada al aire por un camión de basura (con su infaltable calcomanía de Otra vez, Hugo es!! en el parabrisas) violenta la atmósfera dominical que pretende imperar en la colonia. Se abre la puerta de un garage para dejar escapar una cascada de agua enjabonada. Al interior hay un jardín frutal envuelto por el zumbido de las abejas. Al cabo de dos cuadras, se levanta un edificio alto, austero, pintado casi todo de blanco, similar a un templo (es un templo). Destacan en los tres flancos de la fachada varias ventanas triangulares. Al ver que está abierto no dudamos en introducirnos en sus entrañas. Al fondo alcanzamos a distinguir un altar dominado por un lienzo de gran formato en el que figura un manantial de aguas verdes rodeado de vegetación. De espaldas a nosotros, sentados en bancas de madera, están todos los feligreses. Ellos de traje y corbata, ellas de peinados rematados con velos ornamentados. Al amparo del manantial se entonan alabanzas al señor con acordeón y guitarra. Cantan tres voces con la modulación sufriente propia de los corridos.  Hosanna en el cielo con fondo de Los Cadetes de Linares. Notas implorantes emitidas con fervor apocalíptico. Alumbra la estancia una lámpara de cristales refractantes. Nos sobrecoge el entorno sectario, entre futurista y rural, desprendido por la puesta en escena.

Portales adentro nos encontramos con muy poco movimiento. Solo de vez en cuando se alcanzan a divisar los interiores de las casas habitaciones: rosales acicalados, canarios enjaulados, cubetas captando manguerazos. En Tokio hay un puesto callejero de tacos de barbacha. (Esta última línea constituye un haiku chilango). Los comensales ingieren consomés espesos en silencio, en sintonía con el ambiente de inquebrantable paz que inunda a la colonia Portales, eminentemente familiar, netamente residencial. Pásele, pásele, nos ofrece la marchanta que despacha, casi en secreto, dotada de un aura fantasmal, como temiendo romper un orden que la trasciende, al tiempo remueve plásticos y pencas de maguey.

Si se sigue uno en línea recta están los “Tamales y Atoles Estrellita” y las “Carnitas Willy”, instalados en locales semiformales a pie de calle. Ambos fungen como centro gravitacional de los residentes de las cuadras contiguas. En las Willy un güey con vestimenta de básquet manipula las salsas con destreza de alquimista y una seño en andadera se empuja un taco ladeando la cabeza.  En los Estrellita se desenvuelven tamales, oaxaqueños y no, con la ilusión con que se arranca el papel de un regalo en las fiestas decembrinas. Nos llega el rechinido distante de una tortillería en funciones. En Sevilla hay un naranjo plantado sobre la banqueta. La mayoría de los frutos todavía están verdes, los pocos ya maduros están regados por el suelo.

Alcanzamos el Eje Lázaro Cárdenas: leperada multicarriles, áspera, poco o nada caminable, que corre desde la Portales Sur hasta Peralvillo (qué nombre este último, de dulce tradicional y lugar que queda muy lejos). Una señora de afro modesto atraviesa la avenida con la bolsa del mandado desbordada de verduras. Va repitiendo en voz baja el eslogan chatarrero que nos llega desde la lejanía y que ya forma parte del subconsciente capitalino: se compran, colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras: banda sonora de las estampas íntimas que se van gestando por toda la ciudad: rompimientos, amoríos en moteles, funerales, asaltos a mano armada, ingestas de mona, visitas dominicales a la abuelita.

Una señora con delantal nos barre los pies en las inmediaciones de su casa mi casa, contigua a un apacible negocio familiar de cafés de olla, ambientado por un el beat picante de un reguetón que habla de besos de lengua y dolarizas. De un local adyacente, atestado de huacales y frutas en su punto, salen las notas de “Perdona” de Roberto Carlos, entonada a capela por la voz femenina de alguien que no vemos: Perdona, no tomes tan en serio lo que dije.

Seguimos en línea recta sobre Necaxa, envuelta por un túnel de árboles copiosos (de esos que tenemos muchos y tendemos por deporte a pasar por alto), hasta alcanzar la esquina de Monrovia y Odesa. ¡Qué internacionales los abarrotes “La Terminal” situados a medio camino entre Liberia y Ucrania! Viramos en Filipinas, archipiélago formado por 7000 islas e islotes bañados por el Pacífico, según consta en el letrero explicativo de la nomenclatura de la calle empotrado en una de las esquinas. Esta práctica, comentamos, debería replicarse por toda la ciudad, porque el contexto y la profundidad con que se mira algo, inyecta a la realidad más capas por las cuales poder moverse. Andamos pues, por sembradíos de arroz, platanares y maizales, hasta llegar a una inmensa palmera, ésta sí de a devis, que brota de un rectángulo de tierra junto a una combi.

Sobre la misma calle, por encima de timbres y buzones, las casas ostentan letreros con el apellido de sus moradores. Familia Rivas, familia Castillo, familia Morales. Espiamos: un french poodle, un noticiero sin volumen, un café y unos huevos rancheros. El silencio, en este tramo del recorrido, solo es rasgado por el eco de nuestros pasos y de repente por los saludos de los transeúntes improbables con los que nos vamos topando: buenos días, díaaaas. Banderines triangulares colgados de un lado a otro de la calle, anuncian más adelante el fenómeno que está cambiando, por minuto, la fisionomía de ciudad: la construcción en serie de edificios modernos, tipo render, asépticos y de precios inflados, retacados de ratoneras con estacionamiento y balcón para la carne asada, de fachada lisa, poli y detalles en madera.

Sobre Bulgaria, al norte del Mar Negro, una barrendera pasa empujando sus enseres en un carrito maltrecho: escobas de ramas secas de cara al cielo y bolsas con inmundicias en tambos de metal. Lleva un radio amarrado a la cintura que difunde por el vecindario las ondas sonoras de Me vas a echar de menos del Príncipe de la Canción. El teclado y los violines se apoderan del retraimiento mudo asentado en la colonia. Me vas a echar de menos, cuando veas la lluvia y no esté junto a ti. Por algún motivo insondable la canción me remite a un vasito de anís con hielo.

Llegamos a otro de los ejes que cuadriculan la ciudad desde los setentas. Ejes con nombre de número y punto cardinal, a los que en ocasiones, si la saturación lo amerita, se les incorpora una letra. El que nos atañe es el 7A Sur, también conocido como General Emiliano Zapata. Solo un chilango de cepa y de cierta edad o un taxista pre Waze te sabe ubicar y nombrar todas y cada una de estas arterias colosales, y por lo general tapadas.

Nos ubicamos a continuación en el cruce que se da, por partida triple, entre Rumania, Ajusco y la Avenida Repúblicas. Desde aquí es posible percibir la esencia pretérita del barrio defeño, el carácter anterior a los centros comerciales, las macro salas de cine y las omnipresentes tiendas de conveniencia. Anunciados con rótulos de caligrafía gruesa, trazados a mano, comparten espacio una mercería, una estética de siempre, unos abarrotes, un estudio fotográfico y una pollería sin nombre. En Rumania se suceden casas de un piso. Tienen fachadas multicolor y mecanismos antirrobo diversos, llámense picos, enrejados, cachos de botellas o perros bravos eternamente dormidos. Nos asomamos a través de un portal entreabierto: un don de bigote afloja la tierra de sus macetas. Y a través de un segundo, cerrado pero con hoyos: dos chavitos patean un balón Cruzeiro. Y de un tercero: una mano traza círculos con una esponja enjabonada sobre el cofre de un Jetta.

Las ventanas de algunas casas dan a la calle: son ventanas de marcos metálicos pintados de negro y cristales delgados que cierran mediante un mecanismo sencillo: las clásicas de la capital, producto del clima templado. Vemos el primer Oxxo en un buen tramo y constatamos que estamos caminando a través de un barrio en conserva, hasta darnos de frente con un tercer eje desarbolado: el 8 Sur o Popocatépetl, tan tortuoso como la pronunciación de su nombre para un noruego. Los muchos carriles nos separan de otro tramo meramente residencial, inaugurado con una desconcertante cabaña repleta de vitrinas exhibiendo muñecas. Es mágico t transporta a otra dimención, comenta acerca del sitio un usuario de Google Maps. Sobre las muñecas, la página oficial del establecimiento nos hace saber: Su sedoso cabello, el cual es 100% lavable, se puede peinar como el de las niñas. Los ojos son de importación. Este negocio familiar, leo más adelante, lleva más de tres décadas en las andadas.

Ahí donde se cruzan Canarias y Nevado, las esquinas adoptan una forma circular, dejando un espacio considerable entre los carriles y las banquetas, ocupado, cómo no, por coches estacionados en batería. Aquí mismo, desde una vecindad de fachada vino con mamey con amarillo, y alambre de púas y malla ciclónica, brotan los gritos de un peón de barrido vestido todo de naranja. Tendrá no menos de setenta y cinco años. La basuraaaaaa. La basuraaaaaaa, grita una y otra vez con tono herrumbroso. La basuraaaaaa, vuelve a desgarrarse, emulando a un acetato rayado. El aludido se asoma de pronto a la calle recortando con su silueta un tablero repleto de medidores. Doblamos hacia la izquierda. Al fondo se anuncia Río Churubusco. Su rumor incesante se ciñe sobre la Portales. En Canarias, al norte de Marruecos, un  Yorkshire histérico corre, se detiene, orina un matorral deslucido y desaparece detrás de una puerta metálica, atraído por el chiflido de un dueño sin rostro.

Discurrimos sobre las dos posibilidades que se nos ofrecen delante: reingresar a la Portales por una calle distinta o atravesar Churubusco y ver qué nos depara el extremo opuesto de la avenida. Optamos por esto último y ascendemos por unos escalones de piedra, estilo pirámide, situados entre la lateral y los carriles centrales, que intuimos, deben conectar en algún punto con el puente peatonal. Sin embargo, después de alcanzar el segundo descanso, descubrimos con horror, que el último peldaño colinda con la avenida. Las escaleras que no conducen a ninguna parte, o en todo caso a un atropellamiento seguro, como un monumento al absurdo que muchas veces rige las dinámicas de la Ciudad de México.

Para dirigirse al puente peatonal, no queda más que atravesar la lateral de nueva cuenta, tarea harto difícil si se considera que los coches que la transitan van hechos la cochinilla. Una vez alcanzada la cima, recargado sobre el barandal, descubrimos un espléndido árbol de toronjas. Nace de un patio tupido y probablemente abandonado. Parece increíble: en esta avenida inhóspita es posible estirar el brazo y arrancar una fruta de la rama de un árbol. La fruta luminosa a la mitad del caos como la otra cara del absurdo, la del milagro. Nos detenemos a medio puente para hablar de todo y nada. Contemplamos el desfile de los techos del parque vehicular. Unos van con dirección Iztapalapa, otros con rumbo a Coyoacán. Descendemos por el costado opuesto del puente al amparo de un eucalipto que no nos cuesta imaginar en este mismo sitio en los tiempos en que el río era río, y nos adentramos por una calle perpendicular a la avenida. ¿Qué hay más allá? Decíamos que nos está vetado saberlo. En realidad, puede ser cualquier cosa.

Continuará…

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