San Diego Churubusco

Continuación de nuestra crónica y recorrido por la Portales.

(…)

Después surcar Holanda entera en cuarenta y cinco segundos nos encontramos apoyando las suelas sobre una calle  adoquinada. Colonia San Diego Churubusco, nos pone en contexto el letrero desvencijado de un poste. Más allá del zoclo amarillo de la banqueta hay decenas de árboles alineados: un espacio tupido de troncos, un terreno de sombras movedizas. Parque adentro, oculto detrás de la vegetación, alcanzamos a distinguir un muro de piedra que de tan largo parece no acabarse. Nos disponemos a ver de qué se trata. Mientras tanto, tropeles de niños en uniforme de banda de guerra (la mamá cargando ora el bonete ora la trompeta) se pasean y se pierden entre los árboles.

Seguimos el trazo del muro y alcanzamos la fachada frontal de una construcción antigua flanqueada por dos cañones. Las placas provenientes de distintas épocas informan al visitante: Convento de Ntra. Sra. de los Ángeles de Churubusco construido por los franciscanos y reconstruido en 1590.  Después pegamos un salto de más de doscientos cincuenta años: Este convento  fue defendido por las tropas mexicanas hasta consumir el último cartucho contra las norteamericanas el 20 de agosto de 1847. Y finalmente, una tercera: Plaza Batallón de San Patricio, en memoria de los mártires irlandeses de la guerra de intervención de 1847. Rematan la contextualización casi inmediata del sitio las palabras acomedidas del poli que custodia la entrada. El complejo en el que encallamos por designio del azar, nos informa, acoge actualmente al Museo Nacional de las Intervenciones, abocado a conmemorar las  guerras que han tenido lugar en territorio mexicano.

Sin poder digerir todavía lo que el flanereo nos ha echado en la cara, nos adentramos al exconvento por un pasillo de arbustos acicalados. Según informan las flechas de madera dispuestas en la entrada: a la derecha está el huerto, a la izquierda el patio, y derecho la exposición permanente (maquetas, banderas empolvadas, rifles y videos de tono académico sin ningún destinatario). Nos acomodamos casi por inercia en una de las bancas del patio. En torno nuestro se revela un oasis ajeno al trajín de la mancha urbana. Un oasis en toda la extensión de la palabra, esto es: un sitio con vegetación que se encuentra aislado en el desierto; un espacio de esos que hacen llevadera la existencia en este peladero: una tregua.

Dos gorriones se dan vuelo en su cursilería y cantan a grito pelado mientras se mojan las plumas en la fuente central del patio. Las flores impregnan el lugar con un perfume desacomplejado. Arriba el cielo azul, propio de un sitio alejado del DF, recortado por un campanario manchado por el tiempo. El patio te maneja nísperos, tejocotes y capulines. Desde la banca que nos agenciamos nos es dado ver a  un señor ya grande secándose la frente con un pañuelo, a dos emos impetuosos en los linderos del agasajo y a un güey revisándose, casi con devoción, la punta de los zapatos. Son segundos milagrosos, desprovistos de celulares, situados más allá del año que nos atañe.

Las fuerzas irreflexivas del devaneo nos arrojan a un auditorio a reventar de conciudadanos. Nos lleva unos minutos desentrañar el tema abordado por el exponente asido a un micrófono: nada más y nada menos que la Batalla de Churubusco. Tamaña casualidad. El aludido va erigiendo un relato hablado por el que desfilan los generales Shields y Worth, tropas mexicanas y soldados gabachos, bombazos, piernas sanguinolentas y el Batallón de San Patricio. Antes aquí eran maizales, dice para remitirnos al pasado agrícola de la zona. Los muros eran de adobe y lodo, detalla antes de ponerse a hablar de caballos, morteros y fusilería. Entonces explotó el depósito de pólvora que se encontraba por allá, remata señalando hacia adelante.

A continuación vinieron escenas de gringos asediando muros y mexicanos disparando piedras. Se raja la galera, se rompe la solera. El acabose, nos informa el exponente. A las 15 horas el capitán Peñúñuri viéndolo todo perdido salió  por la puerta principal empuñando una bayoneta. Perdió la vida llevando a cabo este gesto heroico. Después el General Pedro María Anaya formó a los pocos sobrevivientes en la entrada del recinto para transmitirles su sentir: antes muertos que rendidos. El conferencista remata sentencioso: Aquí, hace 170 años, en un 20 de agosto como este, hubo metralla. La ruta aleatoria que emprendimos en un principio toma aires de predestinada. El auditorio aplaude desorbitado en honor a los héroes caídos. En medio del alboroto alguien aventura un Viva México, secundado por el resto de los agremiados: ¡Viva! Cómo de que no, hijos de su pinche madre.

Después de trasponer un portal de azulejos coronado con la Virgen de Guadalupe, entramos al vergel del huerto, situado en el ala opuesta del exconvento. Las cascadas de buganvilias y los estallidos de alcatraces dotan a los jardines de movimiento. Flotamos entre pasillos de ajenjo, hinojo, alcanfor, tomillo, menta y mejorana, a escasos cincuenta minutos de haber estado contemplando la apabullante avenida Churubusco desde lo alto de un puente de cimientos movedizos.

De vuelta a la calle, más allá de las sillas plegables y la tarima montadas con motivo del aniversario de la Batalla, abunda la vendimia de bicicleta en todas sus presentaciones. Está la de ricas botanas con logo de Dragon Ball y Chavo del ocho que comercializa gajos de mandarina, cacahuate mixto, huevitos de chocolate y habas enchiladas. También está el de tacos de canasta, el de elotes y esquites, el de tamales, el de charritos y chicharrones. Pequeños comercios móviles asediados por familias nómadas, ávidas de papa entendida en sentido amplio, conformadas por integrantes que van desde la abuelita desdentada entrándole al cacahuate japonés, hasta el recién nacido probando un taco de adobo. Recorre la plaza, con paso sereno, un vendedor de alegrías y pepitorias. Apenas levanta los pies del suelo. Arrastra las gomas de los zapatos. Lleva puesta una gorra de Galerías Coapa y una pluma Bic alojada en la bolsa frontal de la camisa. Transporta su mercancía en una caja de cartón apunto de desfondarse con asas y reforzamientos de mecate. Desenvuelve su oficio en silencio.

La Iglesia contigua al exconvento es antecedida por un arreglo floral que dice muy campechano y escrito en arco “Viva María Reyna y Madre”. Una vez traspuesto el atrio con su respectiva comercialización de rompope, rosarios, tarjetas benditas y recortes del cuerpo de nuestro señor, una multitud silente y bien peinada se apiña en las bancas de madera rechinante de la iglesia. Nos ponemos de pie, primero, y todos de rodillas, después, constituyen el equivalente compungido de la ola en el estadio.

Para contrastar las entrañas del museo con el barrio en el que está inscrito, caminamos con dirección al parque Xicoténcatl, un espacio enrejado que pone a disposición del paseante bancas de azulejos envueltas por bambús crecidos. Al fondo se deja ver la procesión asmática de coches y camiones sobre avenida Churubusco. Acomodado contra la barda, un güey se tapa la cara con un libro del Che Guevara para regalarse un coyote, y más adelante, detrás de una fuente apagada, está el monumento al mestizaje. La historia detrás del bulto amerita hacer una pausa en el recorrido.

El conjunto escultórico, colocado a principios de los ochentas en el centro de Coyoacán, más tarde sería arrumbado en esta tarima discreta, por considerarse una debatible exaltación de la figura de Hernán Cortés. Originalmente en el monumento figuraban el conquistador extremeño, la Malinche, un águila, un león, y al centro de todo un niño encuerado, el mesticito Martín Cortés, señalando, si trazamos una línea recta partiendo desde la punta de su dedo, en dirección a la locación original de los Chupacabras, situada a unos dos kilómetros de distancia y olorosa a la amalgama de 127 especias secretas. Sobre el conjunto destacan dos curiosidades. La primera: que el actor Germán Robles, perteneciente a la época de oro del cine mexicano y famoso por interpretar papeles de vampiros, fue quien posó para que el escultor Julián Martínez pudiera dar vida a la escultura de don Hernán. La segunda: desde el 2013 la escultura de Martín Cortés está desaparecida. Su estatus actual, casi con toda certeza, es el de fierro viejo que venda. O sea, que en el monumento a la colisión entre los dos mundos que nos dieron forma, figura por un lado Nostradamus, y por el otro, el vacío dejado por un niño extraviado. Canal 5, al servicio de la comunidad, no se pierda a continuación “Los vampiros de Coyoacán”, con la aparición estelar de Mil Máscaras y Sasha Montenegro.

Decíamos  que bancas de azulejos, bambús, etcétera. De las profundidades del parque llegan las escalas musicales del ensayo de un trompetista no muy dotado o muy borracho. Apenas alcanzar un tono extremo se desfonda o se echa un gallo. En el quiosco central se está montando una coreografía: recuerden chicos, nos movemos en dirección contraria a las manecillas del reloj, anima la instructora chapeteada a sus pupilos. Pone punto final al recorrido por el parque un partido de volibol que enfrenta a residentes del barrio no vestidos para la ocasión: mucho pantalón caqui, zapato rígido y lente de ver de montura delicada.

Para continuar con la exploración de los alrededores, pisamos apenas División del Norte, para introducirnos después en el angosto callejón Coroco: empedrado, de trazo irregular, grafiteado y adornado con focos de navidad en pleno agosto. Una de las series profiere un villancico. Sería interesante conocer la historia detrás del nombre del callejón, ya que una googleada pelona no arroja más que hipervínculos alusivos a un pajarraco sudamericano, a un término de la santería y a una caricatura japonesa. Dos vecinos atrincherados en la cajuela abierta de un Honda madreado estrellan cascos de caguama y se otorgan un trago sonoro.

Callejón adentro, conviven en una misma fachada una bandera del PRD y un cartel que promociona las fiestas vecinales en honor a María la virgen: novenarios, primeras comuniones, colocación de la portada donada por la familia Villanueva, bailes, mañanitas, misas, palo encebado, quema de castillos y fuegos de artificio. De un carrito que comercializa coco en todas sus presentaciones compramos un cigarro suelto y una crema que en realidad es un agua: dulcísimo y muy recomendable néctar que puede ser adquirido por toda la ciudad y que remite al que lo ingiere a un territorio idílico, tupido de palmeras, por menos de veinte pesos.

Avanzamos por General Anaya doblamos en 20 de agosto. Imposible no pensar en la conferencia sobre la madriza entre gringos y mexicanos. Se desata un fenómeno idéntico a aquél provocado por los letreros explicativos de nombres de calles en la Portales: conocer el contexto que vive rezagado en fondo de las cosas, acentúa y redimensiona las experiencias: las desmantela y las arma de nueva cuenta. En eso el conocimiento de cualquier índole es equiparable a la ingesta de una droga ponedora.

Vemos patios y garages devenidos temporalmente, por ser domingo, en comercios, puestos y comedores. La necesidad de una lanita extra como fuerza transformadora de dinámicas y espacios. (En realidad todas las ciudades y sus componentes son manifestaciones tridimensionales de esta pulsión). Se venden pambazos al tiempo que se ve una película doblada en el canal siete, y de inmediato hay pizzas y garnachas anunciadas con imágenes genéricas descargadas de Google. Lo que usted aprecia en este rótulo no es lo que recibe a cambio de su dinero, parecen ofrecer. Churubusco, leemos en un mosaico empotrado a la mala en un muro color ocaso: lugar donde vuelan los colibríes.

Sobre 20 de agosto hay una docena de peseros estacionados en línea, obstruyendo un carril y habitados por conductores de cabelleras punzocortantes. Acicalan sus rides con expresión matona: los barren, los remachan, los atornillan, los abrillantan. Alcanzo a ver que al final de una palanca de velocidades descomunalmente larga está soldada la réplica de una granada. Qué le vamos a dar, nos invita a sucumbir una marchanta desde una lona abocada al mercadeo de tlacoyos.

Finalmente llegamos a la estrepitosa Calzada de Tlalpan, en específico, a la esquina que alberga a la estación General Anaya. Se nos dejan venir encima una tienda de aretes y pashminas y diademas, los baños públicos, la bachata, los policías, las milanesas, el merolico de los taxis de sitio ofreciendo una y otra vez, aunque no esté pasando nadie: quiere taxi, tarifa normal (el hecho de apelar a la normalidad como un valor agregado, denota que la regla es el cochupo  premeditado), el cableado intrincado, los espectaculares, el estruendo ensordecedor de los mofles y los escapes y los pistones  encima de los carriles maltrechos de la avenida, los rechinidos del metro. Acabamos exhaustos.

La boca de la estación del metro ingiere y regurgita ciudadanos de indumentaria urbana: una bolsa de imitación por aquí, una polo a rayas por acá. Playeras de futbol sobre jeans, suéteres de Chiconcuac, bolsas de plástico acarreando pertenencias, zapatos de tacón gastado. Todos (indumentaria y portadores), circulando ante la silueta hecha logo del General que presta su nombre a la estación del metro. El General que después de defender como un perro el exconvento de Churubusco, fue capturado por las tropas estadounidenses, a cuyo mandamás propinó su célebre: Si hubiera parque usted no estaría aquí. La provisión de parque como el motor de un escenario que pudo haber sido y a fin de cuentas no fue. Un elemento desencadenante como todos los que nos fueron saliendo al paso en este recorrido y que voluntaria o inconscientemente nos fueron guiando desde el Parque de los Venados hasta esta esquina tan concreta y tan categórica como la pulmonía que le arrancó la vida al General Anaya en 1854.

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