Acequia Real y Canal de la Viga (1a parte)

Flores de luz erguidas abren sus corolas

donde se tiende el musgo acuático, aquí en México,

plácidamente están ensanchándose,

y en medio del musgo y de los matices

está tendida la ciudad de Tenochtitlán:

la extiende y la hace florecer el dios:

tiene sus ojos fijos en sitio como éste,

los tiene fijos en medio del lago.

Nezahualcóyotl (1469)

Introducción

Como es bien sabido, la Ciudad de México alguna vez fue una urbe acuosa. Entre los muchos cuerpos cargados de agua que la recorrían estaban las acequias: canales naturales o excavados por el hombre para cumplir con diversas funciones, como la transportación de productos agrícolas, la recolección de aguaceros o la expulsión de aguas negras. La mayoría nacían en la zona poniente del valle y corrían en dirección oriente, hasta desembocar en el lago de Texcoco. La acequia de Mexicalzingo o Canal de La Viga, en cambio, tenía su origen en el lago de Chalco y recorría la ciudad  de sur a norte.

Fue en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el nivel del agua de las acequias comenzó a disminuir de forma considerable debido, entre otras causas, a la ramificación artificial de un número importante de canales y al alargamiento de algunos cauces para hacer posible el riego de las tierras de cultivo ubicadas más allá de los límites de la mancha urbana. Adicionalmente, debido a que algunas acequias devinieron en focos de infección, el Estado promovió programas para sanear las aguas de la capital, consistentes en desecar los canales más contaminados y construir atarjeas subterráneas.

El devenir del Canal de La Viga fue distinto, ya que hasta finales del siglo XIX seguía siendo utilizado con fines recreativos y de transporte. Este es el recorrido que pretendemos recrear, caminando por encima del antiguo tramo de la Acequia Real que desembocaba en el Zócalo (actual calle Corregidora) y por una parte de la inmensa acequia de Mexicalzingo (hoy en día Roldán y Calzada de la Viga).

Crónica

Ciertamente no puede darse espectáculo más rico y variado que el que presenta el valle, cuando en una hermosa mañana de verano, estando el cielo claro y con aquel azul turquí propio del aire seco y enrarecido de las altas montañas, se asoma uno por cualquiera de las torres de la Catedral de México. La ciudad se presenta al espectador bañada por las aguas del lago de Texcoco. (Alejandro de Humboldt, 1803).

A nuestra izquierda se levanta el imponente Palacio Nacional. Techos rojos como de cremería coronan sus balcones. Doblamos sobre Corregidora. Se entremezclan en una dinámica desconcertante los ríos de gente y las notas derrotadas de Piensa en mí organilleada. En la banqueta contraria se comercializan memorias USB, discos vírgenes y plumones de colores. “La Estrella de Mixcalco” pone a la disposición del público capitalino ligueros, tangas y brasieres a precios imbatibles. El aire es invadido por el ajetreo de la vendimia. Se hace sentir la voz histérica de un millón de merolicos. Impera la estridencia en todas sus presentaciones: la hay visual, pero también sonora y olfativa. Nos salen al paso jerseys de la NFL, Crocs de marca libre y artículos de jardinería. Nos ponemos un pasón con el perfume oficial de “La Voz México” que una edecán caderona está rociando en aire de la metrópoli.

 

 

Acequia Real

La cuarta acequia, la más caudalosa y larga, era la denominada Acequia Real o Acequia del Palacio. Ésta entraba a la ciudad por el sur de la Alameda (…) y seguía su curso atravesando por el lado sur de la Plaza Mayor, hasta unirse en la parte oriente con la acequia que venía desde Chalco. (José María Marroquí 1900-1903).

Se suceden cintos piteados, ábacos, paraguas y ropa para su bebé. Retiembla en sus centros la tierra con el coro de una pieza musical, de la autoría de un payaso, que se permite decir pollito amarillito con sus piececitos. Una cartulina adherida al piso invita: WC $5, pase Ud. Es al fondo. Ricos hotdogs calientitos 3 x $18. Lentes de contacto para leer de cerca. Damita, caballero lleve su monomando, su cilindro, su tarja mezcladora. Las modalidades del comercio más agresivo se desbordan sin otorgar tregua al caminante: rebaja sobre rebaja, apartado de mercancía a precio de contado, el tin (así en singular) al mayoreo.

Las calles de esta ciudad eran de dos maneras: una era toda de agua de tal manera que por ésta no se podía pasar de una parte a otra sino en barquillas o canoas, y a esta calle o acequia de agua correspondían las espaldas de las casas y unos camellones de tierra en los cuales sembraban su pan y legumbres. (Juan de Torquemada, 1615).

Las uñas postizas, las marcas extranjeras de materiales para la construcción, el alambre de púas por metro, los relojes de pared, los libros para colorear, las botas con forro para el invierno, el propoleo para la tos, la antena Superman HD de mil watts de potencia con un año de garantía, los ramilletes de relojes de muñeca, los aviones a escala, los perritos de cuerda, las pistolas de dardos.

Abunda también en ánades, patos, apipiscas, sarapicos y chichicuilotes, de manera que se gastan en México cada día de este género de aves de seis a siete mil, sin meter en esta cuenta las agachonas, codornices, tórtolas y tanta variedad de pájaros que venden los indios a docenas, pues en el Puente de Palacio es una maravilla ver una calle entera de aves y animales (Juan de Vieyra, 1777)

Sobreexposición a estímulos externos. Desbordamiento de las posibilidades. Saturación de los sentidos. Indigestión de símbolos. Empacho de marketing callejero. Basta echar un vistazo para advertir leggins de colores, alcancías, maniquíes fit, toallas de Hulk y de Buzz LightYear, parafernalia de Spiderman, de los Minions y de Hello Kitty, edredones del América, de los Pumas y de los cementeros, rótulos que promocionan tepache, un pastorero esculpiendo un trompo… A pocos metros hay una estación ambulante para la colocación exprés de mascarillas levanta-cutis. La exhibición de los productos constituye una réplica involuntaria de los tzompantlis mexicas, esos pintorescos muros edificados con cráneos de gente bien colocaditos.

Las calles y plazas estaban llenas de estos barcos, y ellos sirvieron de todo cuanto hay imaginable para la provisión de una tan grande República (…) En canoas se llevaban los cuerpos de los difuntos a las iglesias, y en barcos curiosos y con mucha decencia se llevaba el Santísimo Sacramento a los enfermos. Vi el de la Catedral muy pintado y dorado, su tapete y silla en el que iba el cura sentado, y haciéndole sombra otro con un quitasol de seda. (Manuel Romero de Terreros 1919).

Canal de la Viga

Domina la calle un pesero tuneado. La tecnoumbia brotando de sus entrañas oscuras. El driver, con cruda de resistol y camisa planchada, manipula una palanca descomunal de un metro veinte. Se le cierra y le raya la defensa un tacho rosa cocada. Aquél acciona un grito de Tarzán, éste la rola del Padrino. Qué te pasa hijo de la chingada. Tercian el encontronazo un camión de redilas que lleva atrás a la Santa Muerte y un Pointer estándar con portaplacas del Señor Frogs de Puerto Vallarta. Los cláxons al aire evocan los trinos de pájaros adictos a la mona. Rechinan llanta un quinto y un sexto carros. El de hasta atrás saca la torreta y activa los altavoces. Aváncele, aváncele, no se detenga. Son el señor diputado, que lleva prisa, y sus guaruras engominados, a bordo de un be-eme negro y una Yukon hueso blindada. Se les percibe emputados. El policía que atestigua el embotellamiento apura la ingesta de su pan dulce, reza completita la señal de la santa cruz y se avienta al ruedo haciendo gala de su habilidad innata para extraer notas imposibles a su silbato.

Hay muchísimos parajes donde concurre la gente a divertirse, pues todo es un puro vergel, y no hay paraje que no sea una frondosa arboleda, cercada toda de acequias de agua. Desde el centro de la plaza corre por una calle derecha la laguna que va para Chalco, hecha otra segunda Venecia. (Juan de Vieyra, 1777).

Acequia Real

Al interior de un coche de tapices vino, presa del calor, se apiña adormilada y de caras sufrientes, una familia de varias generaciones. El asiento del conductor está vacante, bajó corriendo a la cerería situada en contraesquina. Manejan velas para difuntos, para matrimonio, para bautizo, para confirmación, cirios pascuales y veladora estándar. El bisnes adyacente es una papelería con nombre de apellido que acepta pagos realizados con vales escolares expedidos por el Estado de México.

Pintar la hermosura de esta laguna, tan llena de árboles verdes en todos tiempos, la multitud de canoas de esta calidad, la alegría de las gentes; la multitud de pájaros, no cabe la misma elocuencia, solo diré lo que un religioso europeo, navegando por entre las chinampas prorrumpió lleno de admiración: «¿Cuándo sale a detenernos el paso el querubín que guarda el paraíso para que no pasemos más adelante?». (Juan de Vieyra, 1777).

Sobre Roldán, Toño Esquinca exhorta, a grito pelado, desde una grabadora: comenzar a hacer las cosas; ayuda a alguien y verán lo que sucede. Vendedor de espejitos capaz de invocar tres formas verbales en una misma línea. Nos deslizamos por un espacio oscuro, techado de lonas, entre puestos de garnachas regenteados por seños de edad considerable. Montañas de trompas, patas, tripas, menudencias, nenepil, rábanos y lechuga envueltas por el escándalo del aceite. Ya venden el último capítulo de Game of Thrones en HD a un costado de las flautas de pollo. A espaldas del Convento de la Merced encontramos una escultura modesta que pretende honrar al pasado lacustre de la zona: está enrejada y grafiteada. Donde debía ir el agua hay cemento seco. La malla ciclónica obstruye la vista de los navegantes. Botellas de Fanta emulan peces multicolores.

Los muchos y grandes edificios curiosamente encalados y bruñidos, las altas torres repartidas por los cuarteles de la ciudad, el agua de los canales, las arboledas y los jardines, formaban un conjunto de tanta hermosura, que los españoles no se hastiaban de contemplarlo. Francisco Javier Clavigero (1779).

Salimos por la Plaza Ataranzas, a reventar de señoras abocadas a embellecerse. Predomina el rumor del chismorreo constante. El aire es tomado por los efluvios del barniz de uñas y el spray de pelo. Dos cuadras más adelante un espacio color mamey acoge un ecosistema regido por reglas propias: ventiladores estáticos, la nota rosa en mute, un matrimonio de años delante de consomés humeantes, un carnero disecado y un don rasgando la guitarra. Hay alegrías, morelianas, amaranto, palanquetas, jamoncillos, borrachitos y pepitorias, nos llega deshilachado desde la distancia.

Si llegáis a la Viga cerca de las cinco, cuando todavía la tierra conserva el frescor del riego (…) los bordes de la calzada son un hervidero de gente plebeya que alegremente os pide que le compréis flores, fruta o dulces; (…) en día de fiestas se engalanan con guirnaldas; y cantan y bailan al compás de sus guitarras; todo esto bajo un cielo azul y sin nubes, con un aire puro y transparente. (Madame Calderón de la Barca, 1839-1842).

Canal de la Viga

Esnifo olor a cloaca. Le doy el golpe a una ráfaga de polvo radioactivo. Levanto la vista: edificios magnánimos de otros tiempos sitiados por el despite: toallas con logos de equipos de futbol colgadas a lo largo y ancho de los balcones. Por un momento nos desviamos de la ruta del canal, atraídos por la fachada de una iglesia y pasamos por la caverna helada de un baño público situado a pie de calle. El negocio exhala un tufo a Pinol y soluciones cloradas. Los alcatraces desbordados, el tambo de la basura, los pujidos agónicos con origen en las profundidades insondables del establecimiento y el letrero categórico de “Mingitorios”, constituyen un montaje prodigioso.

Transeúntes que a pie, en caballerías y vehículos y en ruidoso e incesante ir y venir, invadían las aceras, barajábanse en el arroyo y atravesaban los puentes tendidos sobre los canales y acequias. Transitaban caballeros de casaca y chupa a la moda; currutacas de vistosa basquiña; solemnes oidores de pelucón, gorguera y garnacha; escribanos de capa y tintero portátil; charros de amplio sombrero. Los canales y las acequias dejaban correr aguas pútridas, envenenando la atmósfera. Luis Castillo Ledón (fines siglo XVIII).

Las dos inmensas palmeras del atrio de la Parroquia de Santo Tomás dominan la vista del tianguis. No cesan de pasar los peseros con carteles de TEPITO. El nombre tiene algo de mitológico. Afuera de la casa del señor se compravenden anillos, calzones, jochos, espagueti y sincronizadas. Circula delante de nosotros un bici-taxi tripulado por una señora adscrita a la cuarta edad abrazando una piñata. En el atrio, contiguo al edificio ruinoso de la dulcería Don Goloso, un Seat amarillo puteadísimo quema llanta y le trepa a la music: en el asiento trasero va moribundo un padrecito. Al interior de la iglesia, escuchamos los rezos a la guadalupana y el sonido de una escoba en funciones. De vuelta a la calle, nos recibe un espectáculo pasmoso: doce personas trenzan brazos y se disponen a cruzar los siete carriles que constituyen el Anillo de Circunvalación, formando una muralla humana que colapsa el tráfico inclemente de la vialidad.

Nos aborda un tendero que vende controles universales. Se sacan copias idénticas, en la papelería “Navarro”. En una tienda de jergas mal iluminada, padre e hijo escuchan una dolida canción ranchera. Desde su puesto explica acomedido la diferencia entre mechudo y plumero un comerciante de bigote vasto. Se suceden dos establecimientos que honran el nivel de especialización de los objetos comercializados en el centro de la Ciudad de México: “Gavetas y gaveteros Rodríguez” por un lado, y “La Melaminería” por el otro.

La multitud pedestre se agolpa al borde del canal, en donde hay bancas de piedra. Allí se sientan el papá y la mamá con toda la familia (…) En cuanto a éste, su placer, su delirio, es embarcarse, tomar un lugar en alguna de esas inmensas canoas que se deslizan lentamente sobre el agua, al son de la música de cuerda, y estremeciéndose con el movimiento de los que bailan. (Florencio María del Castillo 1828-1863).

Canal de la Viga

Optamos por comprar un chesco. El refri encadenado a la banqueta está bloqueado. La puerta sólo cede ante un zumbido similar al que abre el portal de un edificio. El mecanismo es detonado por la marchanta de un puesto de frutas. ¡Puerta!, grita. ¡Voy!, le replican desde la mercería. Nos encaminamos al mostrador. Ambienta la cola para llegar a la caja Loco de Amor de Jerry Rivera. La espera se prolonga. Sobre la estantería de cristal y bordes dorados se exhibe la “Oración de la Tercera Edad”: Señor no permitas que me vuelva un viejo gruñón y quejumbroso, criticón y pesimista: insoportable para los demás. Consérvame mi risa y mi sonrisa, aunque me vean la boca desdentada. Pagamos. En el exterior presenciamos una sinfonía plastificada multicolor: cubetas, exprimidores de limones, jícaras y bacinicas.

En la esquina con Fray Servando se yergue un edificio gris descarapelado, habitado por fayuca. Colchones y cajas se asoman desde las ventanas. Los aviones con dirección oriente sobrevuelan la ciudad a media altura. Pasa una estampa, tamaño natural, de la Pantera Rosa, adherida a la puerta de un pesero. Volteamos sobre nuestras espaldas, contemplamos el tramo recién andado: sobre el caudal pacífico de la acequia hay chingos de chapopote aplanado y un tanque blindado abocado a la transportación de varo. Al fondo, el cielo blanco, libre de fisuras.

SEGUNDA PARTE

Canal de la Viga

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