Acequia Real y Canal de la Viga (2a parte)

Aquí la primera parte de este recorrido.

Bajamos por la Viga, cuerpo de agua que corría apacible hasta Chalco, y que ahora es una raya asfaltada violentona transmisora de malos humores y desolación. En la banqueta opuesta una estación de bomberos ostenta un lábaro patrio desmesurado de papelitos metálicos. Nos sale al paso una gang de integrantes rapados. Emergen de una vecindad emplazada a medio camino entre los abarrotes “Santa Providencia” y un altar dedicado a la santa muerte. Apretamos el paso. Dejamos atrás un café Internet atestado de usuarios absortos en chats y batallas feudales. Dos compadres descamisados recurren por frase a más leperadas que a palabras inocuas, en una vulcanizadora.

Lo siguiente son las reminiscencias del antiguo mercado marisquero de La Viga, trasladado a la Central de Abastos. Sobre la banqueta irregular pululan los puestos de lámina y las mesas alistadas con limones y galletas de sobre azul. Sorteamos a los comensales de “El Costeño”, a los de la “Puerta del Sol” y a los de “La Langosta”. Sitiado por mojarras de ojo avizor enterradas en hielo, pregunto a un Tritón en franca decadencia dónde se ubicaba el antiguo mercado. Por allá, señala economizando las palabras: ahora es pollo.

Entre las ondas de calor que emanan del estacionamiento del Aurrera, una quinceañera desciende de un Chevy verde baño. Pasandito la Avenida del Taller, para evadirse del ambiente yermo que irradia el asfalto de la Viga, varios niños con y sin playera remojan las patas y los torsos en una fuente modesta, que escupe un chorro de agua casi a ras de suelo, a escasos metros de la peluquería Boston. Los charcos recién formados se evaporan en lo que se pone el verde. Metabolizan monóxido de carbono y estimulan la circulación, varios fisicoculturistas en un gym montado al aire libre.

Nos refugiamos del sol en el camellón semiarbolado que separa la colonia Artes Gráficas de la Paulino Navarro. En los muros de las casas que dan a la avenida hay murales nostálgicos que hacen referencia al pasado hidratado de la zona. En el siguiente semáforo se venden cacahuates japoneses en bolsas de papel de estraza. El estruendo es la moneda de cambio por estos lares. El silencio, el garbanzo de a libra.

El uso de esta acequia con fines recreativos había comenzado desde finales del periodo colonial, aunque fue en el siglo XIX cuando los paseos en barca se volvieron populares en los parajes de Jamaica y La Viga. (Guadalupe de la Torre Villalpando, 2010).

El cruce entre la Viga y Chabacano invita a tomarse una aspirina. Los aviones sobrevuelan la ciudad cada vez más cerca de las azoteas. Atravesamos el comal en el que convergen las vialidades y sin percatarnos, nos metemos por la avenida Andrés Molina, inaugurada por un botadero de basura: se aglutinan en un mismo cuerpo camiones, cáscaras de naranja, aparatos en desuso, moscardones, peones de barrido con playeras de Del Mazo (Fuerte y con todo, reza sobre el pectoral izquierdo), huesos de pollo, inmundicias varias y charcos tornasolados que encima burbujean.

Canal de la Viga

Al sur de la ciudad, donde el canal de Chalco se hace más ancho, en el amplio puerto donde cada mañana llegan los indígenas con sus mercancías, se extiende el Paseo de la Viga. Por allí se va a los pequeños pueblos en los que habitan solamente indios (…) Este paseo es encantador. A la derecha del camino se extienden los campos de maíz que no parecen tener término, rodeados por matorrales salvajes, lujuriantes de flores. Condesa Paula Kolonitz (1864)

Pasamos a un costado del apocado Jardín Asturias. Pareciera que le da pena enverdecer el barrio. Acto seguido nos rebasa entre eructos un camión de basura. Lleva sobre el parabrisas una estampa que dice: Otra vez Hugo es!!! Ante el desconcierto lo googleo: el Hugo que tanto furor desata al grado de hacerse acreedor a calcomanías que limitan el campo de visión de los conductores, es Hugo Alfredo Alonso Ortiz, Líder de la Sección 1 de Limpia y Transportes del Sindicato Único de Trabajadores del DF. En la página oficial del organismo, autodefine don Hugo sus labores como “una tarea transitoria”. Que el grito de guerra plasmado en el parabrisas de sus agremiados apele con tres signos de admiración a su eternización en el cargo, debe ser un malentendido desafortunado.

Entramos a la colonia Ampliación Asturias por una calle perpendicular a nuestro recorrido, para poder retomar la calzada de la Viga. A través de una ventana entreabierta nos es dado ver una mesa de comedor dispuesta para albergar un una comida de sábado: refresco de tres litros, pollo rostizado, figuras de porcelana, un calendario a destiempo. Convoca a la familia, desde la intimidad conferida por la luz mortecina de un foco, una doña ataviada con pants a juego de terciopelo. De vuelta en la acequia viramos sobre Guillermo Prieto, con destino al mercado de Jamaica. El celular nos acerca a sus orígenes: El mercado tuvo su génesis en los comerciantes que se reunían en la garita de la Viga, donde los productores de los poblados del sur de la ciudad vendían flores, frutas y verduras.

Garita de la Viga
Puente de Jamaica

Nos embarcamos hacia los suburbios de la ciudad en pequeños barcos planos, siguiendo un canal de aguas poco profundas y viscosas (…) Nuestra primera parada es para tomar pulque curado, es decir, sazonado con jugo de apio, de piña, de chirimoya, de chicozapote y de fresa, lo cual da a los recipientes todos los colores del arco iris. (Ludovic Chambon, fines del siglo XIX).

Los segunderos implacables de los relojes que venden afuera del velatorio José María Pino Suárez, acompañan los últimos pasos de nuestra travesía. Degüellan a cuatro por el cogote, informa el periódico que sostiene el marchante de los tamales fritos. Entramos al inmenso bodegón que aloja la vendimia de plantas y flores. Sesenta pasillos hasta donde la vista alcanza, repletos de geranios, claveles, alcatraces, gladiolas, lirios, tulipanes. Los comerciantes de bigote y las tenderas de delantal, con su trato acomedido y sus eslóganes centenarios, nos remiten a la vendimia en tiempos de la acequias. La sombra y el ambiente fresco nos devuelven el optimismo. Sin embargo, en el corazón del recinto retumba un macroevento auspiciado por la Comadre 1260 de AM: un presentador de voz tan picante como la Valentina etiqueta negra, anuncia un éxito interpretado por Julión Álvarez.

Al iniciarse el entubamiento de ríos y manantiales de la ciudad, el canal de la Viga fue desecándose hasta convertirse en una ciénaga insalubre. Hacia la década de los cuarenta fue rellenado para evitar inundaciones y en 1957 fue pavimentado para dar paso a la Calzada de la Viga ​(Wikipedia, 2017).

La Viga nos arroja a otro cauce ido, el Viaducto. Imperan la aridez, el tráfico y el sol potenciado al pasar por el esmog. Hay edificios en construcción, albañiles y altavoces anunciando uvas. Me asomo al cauce del río: concreto pintado de gris rata y carriles sumidos por debajo del nivel de los barrios aledaños, cercados por espectaculares de zapatos, brasieres push-up, seguros de vida y rajas en lata.

Cruce Canal de la Viga y Río la Piedad
Calzada de la Viga y Viaducto

Veo un charco tornasoleado de agua y anticongelante sobre la banqueta. Emulación de piélago escamoso, de plácida laguna, excepto cuando lo atropella un neumático de rin dieciocho y lo estremece. Me asomo y descubro en su interior el cielo que hoy amaneció azul de chiripa: del mexicano emporio espejo hermoso. El charco repite en ondas, con balance airoso, a estos toscos peñascos: centros comerciales, multifamiliares e inmensas agencias automotrices. Me saca del letargo un rumor lejano, casi imperceptible, similar a los latidos de un corazón enfermo. El alma suspensa, extático el sentido: es el agua puerca que se arrastra por las tripas oscuras del ombligo de la luna.

(Remix, este último párrafo con fragmentos del poema Primavera indiana, de Carlos de Sigüenza y Góngora, 1668)

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