La Magdalena Contreras

Después caminar sobre cauces de agua devenidos en chapopote aplanado, optamos por dirigirnos al único río que presenta signos vitales en la ciudad. Un verdadero milagro. El espacio por el que corre, visto desde arriba, refleja la pugna entre la ciudad y sus periferias: árboles que se derraman sin éxito sobre la mancha urbana. Los Dinamos forman parte del brazo boscoso que envuelve a los barrios ubicados al sur poniente de la capital, compuesto por el Parque Nacional el Tepozteco, el Ajusco, la Marquesa y Desierto de los Leones.

Inscrita en la actual Magdalena Contreras, hace varios siglos la reserva natural formaba parte de los dominios tepanecas, bajo el nombre de Atlitic, o lugar donde abunda el agua. Posteriormente, el terruño sería regenteado, en ese orden, por el Señorío de Coyoacán, los mexicas, la corona española, el partido del sol azteca y el binomio del terror PRI-Verde. Fue durante la colonia que los frailes franciscanos y dominicos encargados de evangelizar a la banda, rebautizaron la demarcación  valiéndose de un nombre sacado del santoral. Así se les ocurrió lo de Santa María Magdalena, patrona en cuyo honor se comenzó a erigir en el siglo XVI la ermita que devendría en la actual Parroquia.

La historia detrás del apellido incrustado al nombre de la Delegación es más borrosa. Sin embargo no son pocas las fuentes apuntan a la fábrica textil de la familia Contreras, cuyos propietarios profesaban un trato justo y afable a sus trabajadores. En todo caso: figura religiosa y apellido potentado comprimen casi quinientos años de historia (y contando).

Ruta

La caminata arranca en la antigua, pero bien conservada, Estación Contreras: una casita de madera pintada de rojo y amarillo que parece sacada de un cuento de Chejov, (con la nada desdeñable excepción de que  afuera se compravenden tacos de canasta). La ruta ferroviaria que conectaba la Ciudad de México con Cuernavaca, y que pasaba por este punto, fue inaugurada hace ciento veinte años  por don Porfirio Díaz, de cara empolvada y pecho enmedallado.

Originalmente concebida para llegar hasta Acapulco, la construcción de la línea se quedó trunca a la altura del Río Balsas, principalmente por lo rejego del terreno y lo convulso de la Revolución. La ruta, sin embargo, funcionó durante un siglo (o casi) sin interrupciones. Por sus durmientes corrieron cargamentos de granos y azúcar, materia prima para la fabricación de textiles, textiles mismos y pasajeros. Por estas vías  también viajaron las ideas libertarias de la Revolución mexicana.

Las estaciones que marcaban el itinerario del tren, partiendo desde Cuernavaca, eran Alarcón, El Parque, Tres Marías, La Cima, Ajusco, Eslava, Contreras, El Olivar, Mixcoac, Tacubaya y Santa Julia (ésta última hoy es la biciescuela ubicada en el cruce entre Ferrocarril de Cuernavaca y Marina Nacional). Después el recorrido quebraba a la derecha más o menos por donde hoy está la Calzada de los Gallos y corría en línea recta hasta alcanzar Buenavista.

En el año premundialista de 1997 el ferrocarril realizó su último recorrido. Entonces se evaluó utilizar el vacío dejado para montar una red de Trolebuses que llegara hasta Cuatro Caminos, pero la urbanización, a nada de treparse y engullir las vías, complicó la ejecución del proyecto. En cambio se optó por construir la ciclopista que sobrevive hasta nuestros días. La vida contrerense  (sus ruidos, sus ritmos, su carácter) cambiaría para siempre.

La estación se convirtió en museo y los alrededores en un espacio público entre cívico y desolado. El poner monedas sobre los rieles era una práctica de diversión, informa una monografía al interior del museo. La exposición, de incuestionable valor nostálgico, está compuesta por fotografías, maquetas, una antigua caja registradora, indumentaria ferroviaria e infografías: Algunos viajeros disfrutaban de los pregones de los vendedores en una estación donde ofrecían antojitos, dulces y frutas, escuchando muchas veces a trovadores populares que convertían los viajes en verdaderas convivencias entre amigos y extraños.

Afuera, los jardines y la exhibición de algunos vestigios para disfrute de los usuarios, llevan el nombre sin pretensiones de “Parque de la Estación”. Está montado en el triángulo que se forma a partir del eventual cruce de las avenidas Álvaro Obregón y Emilio Carranza. Detrás de columpios y jardineras destaca  el mural “Viaje del siglo XX” de Ariosto Otero, que inmortaliza en sus trazos a la Máquina 501, tripulada por actores emblemáticos del cine mexicano: ahí van Resortes, Clavillazo, Tin Tan y Lilia Prado.

Leo a la sombra de un árbol, en el celular, que la Máquina 501 se popularizó gracias a un corrido escrito en honor a Jesús García Corona, mejor conocido como el Héroe de Nacozari; y que en realidad, el tren en el que se gestaron ambas, su muerte y su hazaña, era el menos melodioso número 2.  Los sucesos tuvieron lugar el 7 de noviembre de 1907, fecha en la que Jesús, maquinista de profesión, tuvo que entrar al quite y reemplazar a un compañero enfermo. La chamba consistía en comandar tres viajes entre la Mina de Pilares y el pueblo de Nacozari con cargamentos de dinamita importada desde Oakland. Lo que se supo después y en ese momento se desconocía es que los mecanismos encargados de contener las exhalaciones del fuego en el cuarto de máquinas, andaban fallando.

Tres elementos bastaron para confeccionar la desgracia: ráfagas de viento, lenguas de lumbre y materiales flamables. Fue entonces cuando entraron en juego el arbitrio y la voluntad de Jesús García, que se decantó por alejar el tren de Nacozari a marchas forzadas, aun a expensas de permanecer en sus entrañas incendiadas. La dinamita entró en escena. El maquinista ordenó a su cuadrilla arrojarse de la locomotora en movimiento. La explosión cimbró los alrededores. Volaron pedazos. El tren desapareció en su totalidad. Evaporado. La onda expansiva quebró vidrios a varias leguas. El Héroe de Nacozari expiró a los 25 años y su figura sería eternizada en el corrido famosamente interpretado por el charro Avitia.

Aquí la rola: https://www.youtube.com/watch?v=3kM8ET2sooM

Caminamos sobre la pendiente ascendente de Álvaro Obregón: adoquinada, angosta y de aires provincianos. Dejamos atrás los funerales “García” y los antojitos “El Trote Coyotero”. Desfilan ante nosotros casas de un piso, puertas metálicas a pie de calle y paredes de colores. Debajo de un muro descarapelado se asoman tabiques grises. De las cuarteaduras de otro emergen mechones de maleza despeinada. El frío aprieta. El edificio de la Delegación parece extraído de una monografía: arcos y explanada, campana para el Grito y faroles. Enfrente están el quiosco y las bancas metálicas. En este espacio patrio y administrativo, el tiempo parece haberse estancado. Al  fondo se divisa la insurrección de la naturaleza.

Nos acercamos a las cúpulas cascadas de la Parroquia de Santa María Magdalena Atlitic. A sus pies se venden elotes y gorditas dulces entre columnas de humo. Los árboles se meten hasta el atrio empedrado. El rumor de la fuente coronada con un San Miguel Arcángel adormece a los congregados. La fiesta de la patrona se celebra el 22 de julio, nos informa un señor de sombrero de paja. Juegos mecánicos, pirotecnia y arreglos florales emergen de sus encías desdentadas. También se manejan danzas tradicionales, remata. Por ser domingo las cabezas de los fieles se atiborran en el interior oscurecido del templo como en un vagón de la línea nueve.

A un costado de la Parroquia está el mural “Fuera Máscaras”, también de Ariosto Otero. En el ring el Santo está sometiendo a Batman y Blue Demon le está aplicando una llave a un güero (¿expresión de antiimperialismo gringo?). Abajo un corrillo de fieles venera a María Magdalena. Todo ante los aullidos de un público enfebrecido. Luchadores, feligreses y aficionados llevan máscaras que ocultan su identidad verdadera.

Entre el atrio y la barbacoa “El Texano” hay una escultura metálica de Lucha Reyes. Tiene algo de futurismo decadente por los acabados. El conjunto es un homenaje a los paisajes de la zona, elogiados por la actriz y cantante en “Caminito de Contreras”. Por la canción de la autoría de Severiano Briseño, desfilan verdes magueyeras, duraznos en la huerta y peras en la ladera, expuestos a los rayos de sol filtrados en una mañana fría. Quien la canta se dirige a una casa blanqueando en la montaña. Nosotros a Los Dinamos. La zona natural es antecedida por la calle Emilio Carranza, atiborrada de abarrotes a pesar de no ser muy larga y poseedora de un expendio de chelas a reventar de consumidores.

Termina la urbanización y empieza el paisaje intocado en miles de años. Andamos por un camino de pavimento. A nuestra derecha está el parque turístico “La Cañada”. Entre los troncos de los árboles alcanzamos a distinguir en un espacio abierto, salpicado de tierra y pasto, estampas típicas del día de campo chilango: lonas, tortas envueltas en servilletas, cascaritas, caballos tristes y vendimia de burbujas. Hay que andar un buen tramo, entre curvas y vistas de imponentes riscos, para llegar a la “piedrota” que nos informa un viene-viene, marca el acceso al Segundo Dinamo. Aquí abandonamos el pavimento y nos internamos al bosque. Me cuesta asimilar que estoy en la Ciudad de México. Cámara, dice y le doy la razón, alguien a nuestras espaldas.

En el muro semiderruido  que resguarda lo que queda del segundo dinamo, se alcanza a leer a partir de palabras desdibujadas, la biografía de la máquina: La planta hidroeléctrica conocida como el segundo dinamo nació al mismo tiempo que los otros tres dinamos de este rumbo, por concesión que hizo el presidente don Porfirio Díaz a un nativo de la Magdalena Contreras, el señor Ángel Sánchez, quien a su vez lo pasó a un grupo de franceses que formaron la compañía Ángel Sánchez y Cía. La referida concesión fue otorgada el 20 de enero de 1897.La fuerza motriz que este dinamo produce accionaba la fábrica textil (…) Puente de Sierra de esta misma jurisdicción y cuyo último nombre fue Toallas la Josefina S.A.

Abajo, atravesado por puentes estrechos, está el río. El agua que viene de más arriba corre con gran estruendo, estrellándose contra piedras y patas descalzas. No damos crédito. Nos sentimos revitalizados. No es ninguna novedad: para los chilangos, ser testigos de primera mano de cualquier tipo de cuerpo de agua, así sea un estanque putrefacto, es motivo de enorme regocijo. Los puestos de antojitos apenas están abriendo. Se pasan trapos y se sacuden manteles. Antes de introducirnos al bosque optamos por recargar el tanque en el “Restaurante Cabañita Magy”, apartado del resto de los changarros, y asentado en un punto privilegiado, apenas a un costado y por encima del caudal estridente del río. Nos sentamos en sillas de plástico con publicidad de Coca que parecen estar inscritas en una acuarela.

La baraja de posibilidades que ofrece este paraje idílico es vasta y hasta sonora. Encontramos géneros tan triunfantes como tlacoyos de haba, quesadillas de huitlacoche, hongos o flor de calabaza, sopes de longaniza,  truchas al gusto, caldo de queso con aguacate o cecina en presentación adobada o natural. Para regarlo todo hay desde caguamas hasta cafés de olla. Las viandas pueden ser ingeridas al interior de la cabaña o en una terraza al aire libre.

El olor a leña se me adhiere a la ropa mientras platico con doña H. El negocio es meramente familiar, me cuenta; a diferencia del resto, o la mayoría, que recibieron apoyos del gobierno. La cabañita Magy lleva en las andadas poco más de treinta años. La época de oro, aquella de comensales en turba y ventas rutilantes, pasó a mejor vida desde que el transporte público dejó de  hacer el viaje hasta acá arriba, hasta el segundo dinamo. Hace años, me informa doña H. mientras deshebra un queso Oaxaca, la gente ya se estaba asentando en las orillas del río. Construían sus casas con el drenaje apuntando al agua. La Delegación los terminó desalojando. Salgo y tomo asiento. Salseo mi quesadilla. Me estalla en la boca un amasijo prodigioso de chicharrón prensado, queso fundido, tortilla hecha a mano y salsa molcajeteada de chile de árbol.

De tanque lleno nos dirigimos al bosque. Estamos a 2764 metros sobre el nivel del mar. A nuestra izquierda quedan retazos de cabañas y el alboroto ahogado de la gente que va llegando en sus coches. Debajo de nuestros zapatos crujen ramas y hojas secas. Después de un camino estrecho, con subidas y bajadas, cercado de vegetación, alcanzamos el criadero de truchas “La Rosita”: decenas de peces revolviéndose en piletas y una chimenea en funciones. Paralelo a nuestro recorrido corre el río Magdalena. Descendemos por una pendiente y nos recostamos sobre su margen. Nos mojamos los pies y la cara. El río que nace montaña arriba, originalmente corría brioso hasta confluir con el río Mixcoac y terminar fundiéndose con el río Churubusco. Hoy, lo sabemos, la cosa cambia.

El río Magdalena, entubado casi en su totalidad, tiene una longitud de 22 kilómetros y atraviesa un total de cinco delegaciones. En concreto se arrastra por debajo de la avenida Contreras, exponiéndose por tramos mínimos al aire libre y continuando su curso anónimo por el subsuelo del Eje 10 y el de la avenida Paseo del Río en Chimalistac, atravesada todavía por antiguos puentes de piedra. El río, mermado y cargado de inmundicias asoma la cara a la ciudad a la altura del Templo de San Antonio Panzacola en Coyoacán, emanando efluvios fecales que penetran hasta el cerebelo, y continúa su recorrido hasta encontrarse con el también difunto río Mixcoac a la altura de Centro Coyoacán y los Chupacabras.

Allá por el siglo XVI, en cambio, el río en plenitud alimentaba batanes y regaba e infundía vida a las poblaciones instaladas a lo largo y ancho de sus orillas. Por si fuera poco abastecía de energía a los cuatro dinamos que hacían funcionar a las fábricas de “La Magdalena”, “La Alpina”, “Puente Sierra” y “El Águila”, dedicadas a la producción de textiles. El río generaba empleos y movimiento. Rugía, crecía con las lluvias y era asociado con la prosperidad. Corriente abajo, la fábrica “La Hormiga”, y la papelera “Loreto y Peña Pobre”, también supieron sacar partido de su afluente. El resto de la historia no contiene spoilers: el Magdalena fue rebajado a la categoría de vertedero de caca y pasó a ser sepultado en los años treinta.

Los ríos, escribió recientemente Guillermo Sheridan, se convierten en arterias o laberintos frente a poetas e intrigan a filósofos pasmados ante esa forma mojada y acostada del tiempo. De esta faceta metafísica de los ríos fue surgió el vals Sobre las olas, mundialmente conocido (y tan empalagoso como un ate de guayaba), de la autoría de Juventino Rosas. Son varias y encontradas las versiones sobre el lugar exacto en que el compositor concibió la melodía. Hay quien apunta a que fue escrita a un costado del río el Sauz, en Guanajuato. Hay quien, en cambio, sitúa el origen de composición en Santa María Cuautepec, hoy Tultitlán, Estado de México. Sin embargo, la versión de aceptación más difundida, sigue siendo la que alude al río Magdalena.

Aquí la rola: https://www.youtube.com/watch?v=8n3y6rDFd3Q

En su libro “Historia del vals mexicano Sobre las olas”, José Luis Barros Horcasitas, cita el testimonio de José Reina, contrerense y gran cuate del compositor: Juventino se pasaba grandes temporadas en Contreras, y en sus momentos de ocio daba rienda suelta a su inspiración, componiendo continuamente bailables que hacían eco en el pueblo. Así nació «Sobre las olas», a la vera de un gallinero, encima de una sucia mesa de cocina, escuchando el zumbido de las coloreadas aguas de los derrames de las fábricas.

Una cañada repleta de helechos hace que nos desviemos del camino trazado por el hombre. En este paraje la luz escasea por lo tupido de los pinos, los encinos, los cedros y los oyameles. Nos recostamos sobre una cama de acículas. El viento aúlla. El río no deja de correr. Vemos pájaros que nunca antes. El musgo arropa piedras y cortezas. Un tronco caído, henchido de insectos, se recuesta sobre el precipicio de los helechos: las raíces al aire están cubiertas de telarañas.

Procuro desconectarme de todo (la perra chamba, las perras cuentas, la perra desorientación que nunca se disipa). Quiero a toda costa detener el tumulto de pensamientos que se me agolpan entre las sienes. Descansar. No asignar significados. No articular el entorno. No pensar en qué puedo escribir a partir de lo que me rodea. Mandar al garete mis percepciones sobre las cosas. Cerrar los ojos. Huir de mis propios fantasmas (que son muchos y con antorcha en mano). Fundirme con los chiflidos del pájaro y la humedad de la tierra. Respiro. Relajo los músculos. No es yoga, es tirar la hueva desprovisto de remordimientos y sin atisbo de utilitarismo: poner un alto a la cháchara sin esgrimir razones. En mi secundaria había un orfebre de este arte que decía hacer la hueva en lugar de echarla. La holgazanería vista como un acto creador y un producto bien trabajado.

Montaña arriba los árboles centenarios ceden su lugar a un espacio sembrado de pinos jóvenes alineados, aún frágiles, pero ya altos, como de unos siete metros. Se intuye la mano del hombre en el acomodo casi simétrico de los troncos, producto de alguna reforestación organizada hace varias décadas, antes de mi nacimiento. Son tantos y tan cercanos el uno del otro que es fácil perderse en su espesura. El sitio es un laberinto en el que no cuesta imaginarse a Gandalf el Blanco deambulando con andar ligero. El aire se desliza entre los troncos. El río sigue su curso aunque no podamos verlo.

En la parte más alta del recorrido hay un descampado. Los espacios abiertos, esos que parecen no acabarse nunca, tal y como ocurre con los cuerpos de agua, provocan raptos de incredulidad y excitación al chilango curtido en materia de hacinamiento y turbas de conciudadanos: el cielo infinito, ni un alma en kilómetros a la redonda, oyameles estáticos, matorrales acostados por el aire. El sentimiento que predomina es el de libertad. Siento ganas de correr. Lo hago. Soy apenas un punto, como el que claudica este párrafo después de tanta habladuría. Detrás del primer bloque de pinos se levanta una cima rotunda, inalcanzable.

Regresamos sobre nuestros pasos siendo extrañamente otros: la cañada, el río, las truchas, el escurrimiento que usamos como referencia. Antes de alcanzar la barbarie de la civilización vemos a un pastor bien abrigado sentado en una piedra hombro con hombro con su nieto. Los saludamos. Intercambiamos palabras. Resultan ser familiares de doña H. Custodian a su rebaño: borregos indiferentes en la planicie. Abajo los algodones, los pambazos y las piñas locas o coladas, con o sin piquete. La venta de calcetines y chanclas para el chapoteo. Los spinners y los libros de colorear para el millenial hastiado de tanta naturaleza. Las micheladas para el padre de familia necesitado de evasión. La otra cara del DF. La de siempre, la explosiva, la salvaje. Por la tirolesa “El Borrego”, se desliza una veinteañera de tripa ancha. Deja a su paso un graznido y un no mames del susto. A la salida de los Dinamos hay mesas atiborradas de pulques curados, ideales para afrontar el regreso.

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