Azcapotzalco

Colonias recorridas: San Francisco Tetecala, Centro de Azcapotzalco, Santa María Malinalco, Libertad, San Sebastián, Santo Tomás, Del Maestro, Los Reyes, San Marcos, Reynosa Tamaulipas.

La misma mañana, antes de emprender la travesía, me emocionó la idea de lanzarme a un lugar que no conozco. Quedamos de vernos en Camarones. Jamás he estado ahí. Soy un primerizo. El nombre evoca lo mismo que el de una ciudad ignota: San Petesburgo, Osaka, El Cairo: Camarones: misterio en estado puro. La ciudad, de tan grande, de tan desaforada, ofrece mucho de esto: lares en los que uno no se ha parado nunca.

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Al llegar a la estación nos encontramos con un entramado subterráneo de cuatro pisos interconectados por escaleras eléctricas. Todo es nuevo. Detrás de cada letrero palpita un mundo que hasta hoy nos había estado vetado. Leo Camarones con el arrebato que producen los alfabetos que nos resultan indescifrables. Camarones en cirílico: Камаронэс.

Una vez afuera hay un puesto de revistas que vende sin tapujos la“Foto Contacto”, publicación barata con fotos de mujeres en cueros: “Todas traen teléfono”, anticipa la portada. Más adelante un metalero vestido todo de negro vende cables, enchufes, ladrones y adaptadores. Del otro lado de la calle el templo de pretensiones helénicas del “Pare de Sufrir” lleva una cruz de oro colgada al pecho e inhala los vapores tóxicos de la avenida. No faltan los puestos eternos de aceite hirviendo, el aseador de calzado con su casaca de la Unión y las gelatinas de mosaico, comercializadas por un binomio abuelo-nieto.

Decidimos andar por la avenida Manuel Acuña. En la banqueta no escasea el movimiento. Después del puestito de chiles secos y los dibujos para colorear manufacturados in situ , nos sale al paso una familia olorosa a spray de pelo. Comanda la expedición una niña vestida de blanco con un cirio en la mano. En contraesquina hay un centro comercial que anuncia su existencia con un logo deslavado. Imagino en sus entrañas un comedero triste y un local humeante de comida china.

Doblamos sobre 2 de Abril y más adelante sobre Lerdo de Tejada. Nos dirigimos al este. Atravesamos  la Santa María Malinalco y la Libertad hasta desembocar en una calle de nombre desconcertante: Wake. Sorteamos jicarazos y ríos de agua enjabonada. Nos rebasa un Sentra cargado de cempasúchiles en el asiento trasero. Al final de la calle hay un módulo de la chota y un mamotreto enrejado de la Conagua. De habernos seguido de largo, nos habríamos topado con las 115 bodegas del parque industrial Pantaco. Sin embargo, viramos a la izquierda y el vagabundeo nos avienta a la San Sebastián por la tosca avenida De Las Granjas. Hay tráileres, bardas infranqueables, un altar y un disco pirata de Enrique Guzmán tirado sobre la acera. Al cabo de unas cinco cuadras vemos una sucesión de combis estacionadas en el carril de baja. Sus operadores abrillantan las carrocerías con escobas de pelos de colores, oyendo música de antro. Volvemos al oeste por la Calzada Acalotenco, pletórica de naves industriales y remolinos de polvo.

Cruzamos la mínima colonia Del Maestro, integrada por apenas dos líneas de tres cuadras, y desembocamos en la Plaza Jerusalén, también reducida y cuya existencia no es rastreable en Google. Hacemos una pausa. Enfrente de la única banca hay una resbaladilla. Un güey mamado de camiseta y gorra fosfo sale de su crib para pasear al perro. Éste último es el clásico de la ciudad: blanco y de pelo chino. Orina un matorral haciendo alarde de su chaleco caluroso de leopardo.

Por Castilla, todo derecho, llegamos al Parque Azcapotzalco. En una cancha de cemento se triangula como el Barça de Guardiola. A los pies del monumento a Tezozómoc (Señor de Azcapotzalco por más de medio siglo) nos ofrecen amaranto y palanquetas. Una banda de guerra practica con triunfalismo oficioso en la explanada de la Delegación. A un costado del quiosco una poli y un teporocho arrancan guayabas de un árbol.

Afuera del mercado se venden “salchipulpos”, un manco pregona flores y cuatro monjas cargan un santo descabezado. Adentro del inmueble chopeamos tacos de barbacoa en consomés con mucho cuerpo. Las tortillas pesan de suyo. Mientras me empujo el bocado con refresco, recuerdo algo que leí antes de emprender la travesía: De acuerdo con su glifo, y por su nombre, corresponde a Azcapotzalco ser la cuna ancestral del maíz. Fue en las tierras de esta demarcación donde Quetzalcóatl disfrazado de hormiga, robó el grano a los dioses para dárselo a los hombres. Mastico y cierro los ojos. Escalo varios niveles de consciencia.  En los mixiotes Morales están viendo el Juve-Milan. En el recibidor de los baños toda la corte celestial se aglutina en torno a cuadritos de papel de baño.

La intemperie está intratable. La canción de “Tumbas por aquí, tumbas por allá”, reproducida a todo volumen, amalgama el olor grasiento de los pollos rostizados, el cítrico de la basura y el sintético/textil de una sucursal de Capa de Ozono. En paralelo a la barda que resguarda la Parroquia de Felipe y Santiago se alinean cerca de una docena de boleros. Ahí mismo se ofrecen al paseante desprevenido paquetes de IZZI , chapulines en cubeta y artesanías de mimbre. El atrio de la iglesia, (en este instante el fondo de las selfies de una quinceañera), acogió la última batalla de la independencia. Una hormiga roja está trepando por la fachada. Cuentan los lugareños que se dirige hacia la torre del campanario y que cuando la alcance, se nos va a dejar venir el Apocalipsis. En uno de los patios hay una jacaranda que tapa el cielo.

Sobre la misma banqueta está la de Casa de la Cultura. Entramos. Hay murales y vitrales que ilustran episodios históricos del país y la demarcación. En uno de los salones está la Expo “Para allá vamos todos”, bien bonita, bien ilustrativa, sobre la muerte que nos acecha todos los días. Una cascada de buganvilias se descuelga desde las alturas. Bájense de ahí, reprende un guía a dos niños sentados al borde de una ventana en la segunda planta. Así se mataron un niño y una niña, los traumatiza. Perdonen que se los diga, dice mascando chicle. En todos los espacios de la Casa hay talleres en activo con agremiados de todas las edades (armado de piñatas, clases de guitarra, repujado). El recinto está vivo. Al fondo, entre naranjos y abejorros, el rumor de una fuente adormece a un paseante solitario que lleva puesta la playera del Atlante.

Junto al quiosco del Jardín Miguel Hidalgo, parejas ya grandes se sumergen en una sesión desmayada de danzones. Entre una rola y otra se acomodan el pelo, ajustan sus abanicos, se alisan la guayabera. Después el rito se reanuda. Se deslizan con elegancia, casi sin moverse. Los ojos serenos posados sobre tacones y zapatos de dos colores. Un don de capa y lente oscuro saca a bailar a una Catrina. Al fondo una señora de pants, visera y tenis baila sola. Se hacen presentes los clarinetes. Se fuga hacia adelante el rasgueo del güiro. Palpamos la esencia del DF. Calzado tallando el suelo, dientes con marcos de plata, pantalones de pinza planchada. Suena “Paludismo agudo”.  El conjunto da forma a una marea constante, como el oleaje de un mar que rompe en las faldas de un hotel de solera en decadencia. Durante cada pieza los danzantes abandonan este plano.

Abandonamos el Centro por la avenida Azcapotzalco. En una farmacia del doctor Simi suena la de Titanic.
Espiamos una vecindad con entrada y salida por dos calles paralelas: radios lejanos, macetas tupidas, pasillos oscuros recorridos por corrientes de aire frío. Afuera la venta de fayuca y prendas íntimas y zapatos de imitación es amenizada por “Gloria” de Laura Branigan. La marchanta de los camotes y las calabazas tiene a todo volumen un dueto de Don Ramón y la Bruja del 71. Brujas hay que también / te convierten en bache / en mango de sartén / o en correa de huarache. En baba de caracol / o en patín usado / en cronista de fútbol /o en abogado. Nos disolvemos en la neblina proveniente de un puesto de copal.

Nos adentramos sin saberlo en el barrio de San Andrés por la calle del mismo nombre. A lo lejos se distingue, ondulante, un techo de enredaderas y buganvilias. Promete. Hacia allá nos dirigimos. Alcanzamos el punto anhelado después de unas cuatro cuadras. Lo único que encontramos más allá del falso edén es un conjunto de edificios que pone punto final a la calle. Solo es posible girar barrio adentro, hacia la izquierda, en dirección a un Seat amarillo con placas del Estado que desprende peligro. Adentro hay veinte sujetos, o en todo caso eso me parece. Nos clavan la mirada, le trepan al hip-hop y aceleran en neutral; todo mientras pasamos. La explicación “estamos caminando al azar por el puro gusto de hacerlo” no suena muy convincente. Ojalá no pregunten. Apretamos el paso. La urgencia nos avienta a una calle predominantemente gris tomada por grupos de puro güey, acomodados en los bordes de las aceras.

Nos flanquean casas de un piso. La gran mayoría no están pintadas. Algunas están coronadas con cachos de botellas, otras con picos. Las menos fueron dejadas a su suerte. Todas tienen ventanas rematadas con herrería. A lo largo de toda la calle hay cubetas rellenas de cemento y ficus modestos. Arriba corren tres cables pelones. En algunas construcciones hay segundos y hasta terceros pisos en desarrollo. Castillos de varillas, muros de tabique, botellas de refresco. Queda patente que somos foráneos. Que hemos roto el orden inmaculado de las mañanas de sábado en la San Andrés. Seguimos con paso firme. Se suceden a la velocidad de la luz un billar, una sede de Alcohólicos Anónimos, una farmacia que exhibe peluches envueltos en celofán, una panificadora, el cofre abierto de un coche y una pandilla uniformada con jerseys de americano.

Pretendemos parecer orientados. Mientras rechina una tortillería un viejo enjuto nos da dos vueltas en su bicicleta. Nos fugamos hacia la izquierda. ¿En círculos?, ¿Hacia la boca del lobo? Sin saberlo, avanzamos.Un pitbull suelto custodia la entrada de las materias primas “Casa Teté”. Un niño de crocs y pijama de Minions persigue a su french-poodle. Sus movimientos detonan un estado de alerta. Agudizamos los sentidos. Finalmente, desde la Tocinería “La Vaquita”, nos es dado ver la antigua Calzada de Guadalupe a reventar de coches y claxonazos.

Regresamos al Centro por una avenida inhóspita de cemento reflejado. En Belisario esquina con Chichinantla (lugar donde se ahúman largas cañas) hay dos cafés apacibles desprovistos de comensales, una fuente apagada y un taxi aparcado. Nos llegan las notas despiadadas de “El Sonidito” desde el parque Azcapotzalco. Inhalamos el olor casi elegante de los productos El Oso emanado del cajón de un bolero. Estallan cuetes como plomazos uno detrás de otro. Un driver de pesero trepa su nave tuneada con todo y pasaje a la banqueta. Nos desviamos para ver la iglesia de San Simón. Está desierta. Es de piedra sobria. A sus pies hay un limosnero.

Encallamos como dos cachalotes  en el “Dux de Venecia”, mítico garito dedicado a la comercialización de menjurjes cuya finalidad es potenciar alegrías y solventar debacles. Lleva en las andadas, desde 1918. (No había nacido Chabelo). La cantina está sitiada por una zapatería Flexi y la rosticería King Pollo. Abrimos garganta con dos Cimarrones, cervezas poderosas, oriundas de Azcapotzalco. Provecho, provecho, nos dice un señor voluminoso con playera de los Steelers. De la calle entran las notas lánguidas de un organillero. En la tele hay un partido intrascendente de la Liga MX.

Se van hinchando los ojos y desinflando las certezas. A cada sorbo, a cada trago desaforado, se va tejiendo una red invisible de hermandad entre los comensales. Se entablan conversaciones entre desconocidos de un lado a otro de la estancia y se comparten silencios cargados de significado. De repente se apersona un vendedor de dominós. Traigo el Presidencial jefe, ese en Sanborns está en dos mil quinientos. Desde las profundidades del recinto alguien brama: no le venda un dominó, no sabe contar, llegó a la preprimaria y lo reprobaron. Risas generalizadas. El auge de la hermandad.

Después de tres cervezas y cuatro cubas escalofriantes (hay dos por uno, sin letras chicas), considero que es justo decirlo: detecté en esta zona, desde que llegué, un acento chilango puro, deslizado hacia el final de las palabras, como queriendo no acabarse nunca, entre socarrón y solidario. Hay rabo de toro, quesadillas de sesos y molito de olla, nos ofrece acomedido el mesero. Ya no tome, increpa un temulento a otro, respete a la virgen de Guadalupe; no sea grosero. En la tele están pasando una madriza de mujeres en un ring del gabacho. Me divertía más el Santo contra el vampiro que estas chingaderas, mustia un espectro. El de los Steelers, nos enteramos, lleva por nombre don M. Cuando alza las cejas se le mueve todo el cuero cabelludo. En lo más profundo del Dux un performer le enseña un cuaderno a rayas a un comensal de ojo saltón por pedo. En cada hoja hay una lista de rolas. Los envuelven los efluvios de los meados y el Pato Purific. Como que bésame Chucho. . La canta. Ah cabrón. El músico es un vato corpulento, sarcástico por hastiado. Trae un Jarritos de tamarindo atacado en bolsa del saco.

¿Le va a los Steelers? Le pregunto a don M., buscando generar empatía. Me la regalaron unos pinches güeyes que ni sé quiénes son. La afiliación que erigí en un principio se derrumba. Es un alma libre, no cree en nada, ni en sí mismo. Solo en el vaso que tiene enfrente. Como dijo el filósofo de Juárez: tú estás siempre en mi mente, grita alguien desde el otro lado de la cantina. El destinatario no está del todo claro. Voy al baño. Cuando regreso veo que don M. se está despidiendo. Lleva en la mano izquierda una bolsa de plástico cargada de pertenencias ¡Qué lleva ahí!, ¡A dónde se dirige! Nunca lo sabremos.

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4 comentarios de “Azcapotzalco

  1. Hugo Ortiz dice:

    Y eso es todo??? Aún no conoces nada de Azcapotzalco deberías ponerte en contacto conmigo o con quién quieras pero q sea nativo e hijo, nieto y bisnieto de nativos de Azcapotzalco

    • sidewalksmx dice:

      Nos encantaría recorrer Azcapotzalco (y cualquier barrio, delegación o zona), con gente oriunda del lugar. Nosotros puestísimos. Para ponernos de acuerdo escríbenos a través de nuestro Instagram, Twitter o Facebook. Por lo demás, es imposible conocer todo el DF, calle por calle, en primer lugar por sus dimensiones monstruosas y en segundo por su fisionomía cambiante: un lugar recorrido, en un año, ya es otro.¡Saludos y gracias por tu comentario!

  2. Enrique Escandon dice:

    Sin duda una gran ruta en Azcapotzalco solo queda puntualizar que la casa de cultura nunca ha sido parte del convento, fue construida como palacio municipal de Azcapotzalco, ha pasado por carcel, sede del gobierno y finalmente casa de cultura.

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