Milpa Alta

Está retirado. Se hacen alrededor de dos horas en coche desde, digamos, Mixcoac , y alrededor de tres en transporte público partiendo del mismo punto. La lejanía, por otra parte, garantiza un distanciamiento de lo habitual y convierte a esta caminata en un viaje en toda regla. Para llegar hay que pasar por la barmacia “El Burro”, ubicada en algún paraje olvidado de la mano de dios en Xochimilco; subir por calles empinadas que de tan estrechas requieren a un informante en cada esquina, para que los coches no se encuentren irremediablemente a mitad de una pendiente y finalmente serpentear por una carretera oculta entre montes y sembradíos, hasta alcanzar los montes salpicados con iglesias de colores.

Bajamos del coche (close up a los tennis apoyando la suela en cámara lenta sobre el piso de tierra) en un estacionamiento de paredes barnizadas de colores, al ritmo picante-cadencioso de “Solo con verte” de la banda MS: Tengo ganas de mirarte en este momento, recordarte que eres tú la que me roba el sueño. Aprovecho para ir al baño. Las cuatro paredes están pintadas de verde caribe. Una cascada solar entra por la apertura que hay en la pared por encima de mi espalda. Pinta de oro el chorro de meados y su encuentro con el estanque quieto del mingitorio. La escena tiene algo de inmemorial. Estamos en Milpa Alta. La mañana parece no tener prisa por escaparse. El cielo amplio se aferra a un tono despiadado. Jalamos aire puro. Vuelan las palomas con el rebote de un balón del cinco.

Irrumpimos en el Mercado Benito Juárez, cargado de olores palpables: acres, vegetales, florales. Nos instalamos en un local de quesadillas sin nombre. Lo identifica un número: el 69. Nos ponen delante a la madre de todas las tortillas. La masa azul tatemada  envuelve chicharrón prensado y queso caudaloso que bañamos con una salsa verde eléctrica. Pedimos dos Boings. Uno de mango y uno de guayaba. El pasillo es tomado por el  golpeteo incesante del apisonamiento de las milanesas próximas a alojarse entre dos teleras. La fila de las tortas Teopanacalli llega hasta el local del calzado escolar, apenas iluminado. Dos puestos más allá, cuatro manos de cobre manipulan naipes entre uniformes bien doblados. Afuera se despliega, otra vez, el cielo interminable. Al fondo de la calle empinada hay una  iglesia encalada. Avanza con paso sereno un pajarero cargando alpiste, trinos y manchas de colores acomodados en torre sobre la espalda.

El Museo Regional Milpa Alta ofrece a los habitantes de la delegación cursos de lengua náhuatl, de danzón, de música regional, de bordado y huarachería.  En una sala modesta, se exhiben  fotografías marcianas de diversas especies de la flora y fauna mexicanas. Las descripciones, profundamente evocadoras, se fijan en nuestro subconsciente.

“Hormiga mielera, teocondudi o necuazcatl:  La miel que cargan es de diferentes sabores y tonalidades, según las flores de donde la extraen durante la noche. Como las hormigas son inofensivas, fácilmente se les arranca la vejiguita y se chupa la miel como golosina, o se va juntando en un jarrito vidriado, pues es un buen remedio contra la tosferina”. (Las vejiguitas de ámbar se cuelgan del techo de mi mente).

“Hongos, setas: Dicen que entre los hongos hay mujercitas y hombrecitos y que es mejor comerlos por parejas. Los más sabrosos son los que se recogen cuando está tierna la luna. Hay gran variedad de hongos que se venden en los mercados durante la temporada de lluvias, como mazorquitas o pancitas, clavitos o corralitos, patas de pajarito, cornetas, palomas, señoritas, hongos yema, enchilados, duraznillo, lengua de gato, pipilas, negritos o gachupincitos. Los teonanacatl son hongos que emborrachan, embelesan y hacen  ver visiones.” (En los suelos húmedos de mi calaca vacía se reproducen hongos por parejas, iluminados por una luna de queso fresco).

“Ajolote: del náhuatl atl: agua y xolotl: monstruo; es un anfibio de la familia de las salamandras que vive en los lagos de México. Son unos animalitos inofensivos que lamentan su captura quejándose. Fray Bernardino de Sahagún, 1565: Tienen pies y manos como lagartijas y tienen la cola como anguila y el cuerpo también; tiene muy ancha la boca y barbas en el pescuezo. Es muy bueno de comer, es comida de señores.” (Pienso en monstruos barbados, tristes por dejar de existir, nadando en aguas fangosas).

«Tecuitate o alga espirulina: Juan Bautista Pomar, 1582: Un género de comida que llaman tecuitlatl que hacen de unas lamas verdes que cría la laguna, lo cual hecho tortas y cocido, queda con un color verde oscuro que llaman los españoles queso de tierra». (Un fondo lacustre infestado de algas milenarias se asienta y forma sedimentos en mi memoria).

Salgo y me deslumbro. Lo primero que veo es una mano ajada de un millón de años meneando un atolito en vaso de unicel. Los nombres de las calles en el centro de Milpa Alta son el resultado de combinaciones entre estados de la República y puntos cardinales. Si no fuera tan reducida en extensión, sería fácil perderse. Caminamos hacia las afueras. Rolamos sin rumbo,  jaloneados por los elementos del entorno, desposeídos de voluntad propia, rendidos ante los encantos de Milpa Alta, suspendida por encima de todo y rodeada de montes y volcanes. Dependiendo de por qué calles se vaya asomando uno (calles desoladas  pintadas de colores) es posible ver al Popo o la Mujer Dormida. O al modesto y extinto (jubilado) Teuhtli (el venerable señor), un pequeño  montículo cuya presencia totémica es visible desde casi cualquier punto del barrio y que nos sirve como punto de referencia.

Las calles son asaltadas por ráfagas de un aire estimulante. Hay pastos creciendo en el punto donde se juntan las bardas y el pavimento. Al fondo de todo se extienden horizontes ilimitados. A nuestras espaldas una cumbia que intuimos triste lucha por mantenerse audible. A cada cuadra abundan los perros. Perros desdentados, famélicos, menesterosos, cuajados de ámpulas y rastas. Figuras livianas que roban cáscaras de bolsas de inmundicias. Roen tortillas duras. Crujen huesos. Lamen aceite de camión del piso. Y ante cualquier amago de presencia humana contraen las orejas y bajan la cola. Se retuercen anticipando un palo o una reprimenda y corren despavoridos hasta esconderse detrás de algo. Entonces la paz imperturbable, como de pueblo fantasma, es rasgada por las uñas de los chuchos arañando el chapopote. Luego el silencio. Y al girar: la aparición rotunda de la Mujer Dormida con lamparones de nieve en los pezones y el vientre.

Las casas (construcciones jamás terminadas y siempre en proceso) intercalan detalles de ecos grecolatinos con castillos de varillas y elementos hípicos. Rejas rematadas en garigoles cubren ventanas entreabiertas y cortinas hinchadas de aire. A cada paso que damos la sucesión de viviendas se va espaciando y va cediendo terreno al campo. Entre una y otra van apareciendo, cada vez más, nopaleras y terrenos de maleza alborotada. Intuimos la presencia de un perro por el sonido que producen sus pasos al estrellarse contra el zacate crecido. Conforme uno se acerca al campo la altura de las bardas va disminuyendo, llegando a ser, en ocasiones, un montón de piedras desmayadas sobre la banqueta. Las calles duras son sustituidas por tierra suelta que se levanta a la mínima provocación.

Llegamos a una rotonda de aspiraciones urbanas. En el centro está Luz Jiménez, modelo indígena oriunda de Milpa Alta que posó para Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, y que además fue traductora, (hablaba  náhuatl, español, francés e inglés) y contribuyó con varios estudios lingüísticos. Murió de forma abrupta: atropellada por un pinche carro. Es ella quien figura en la Fuente de los Cántaros del Parque México en la Condesa y en muchos de los murales que pimpean las paredes de los edificios oficiales. A partir de este punto el terreno se empina y comienza a replicar al DF de siempre: vulcanizadoras y camiones de cofre abierto, venta de autopartes y despachamiento de menudo. Decidimos, pues, doblar campo adentro. Nos reciben sin misericordia inmensos  remolinos de polvo y el siseo ensordecedor de fresnos y alcanfores.

Vagamos un buen rato por una nopalera sin bordes. El sembradío parece extenderse hasta los confines del mundo. Los remolinos arrecian y no dejan ver nada: nos arrebatan las gorras. Finalmente, cuando el ventarrón cede y la bruma se disipa, emerge delante de nosotros una figura que poco a poco va cobrando cuerpo. Está inmóvil. Lleva puesto un suéter morado, pantalón de vestir, tenis Adidas y sombrero. Con la mano izquierda está afianzando un cuchillo.

Buenas, vacilamos. La respuesta es un largo silencio y una mirada sin fisuras. Tremenda entrada. El entorno se aquieta hasta lo imposible y se instala en una frecuencia fulgurante de luz y sonidos. Un pájaro cruza el cielo como una pedrada. Grazna. Una culebra escribe mensajes indescifrables en el piso de tierra. El único pirul que destaca entre el mar de nopales interrumpe sus quehaceres y fija su atención vegetal sobre nosotros.

Buenas tardes, responde al fin aquél hombre cuando el polvo se disipa. Después, haciendo gala de una voz profunda, nos increpa y pide explicaciones que justifiquen nuestra presencia en esa tierra de nadie (suya). Cantinfleamos. Le preguntamos qué ruta caminable nos sugiere. Nos mira con fijeza y guarda silencio para otorgar mayor potencia a sus palabras: Todo depende.  Respuesta a un tiempo brumosa y cristalina. El sol dibuja espirales en el aire. Entonces habla lentamente. Su voz retumba en los senderos de la nopalera como en los pasillos de una cueva subterránea. Nos trasladamos a una dimensión distinta. Lo que viene a continuación es un despeñadero, un río salvaje. Evocaciones y sentencias que de tan rotundas se arremolinan en nuestras cabezas, una detrás de otra, confundiéndonos y dejándonos entrever un brillo cegador de vez en cuando: llevándonos de la inquietud a la gratitud, y de la certidumbre al miedo.

En las mañanas los pájaros chiflan, es un escándalo hermoso. Dice en algún momento. Su voz se aferra al entorno como una resina sagrada; se asienta en las espinas de los nopales y las convierte en diamantes. Se pasea por las cavidades oscuras de nuestras conciencias y las alumbra con un cerillo enervante. Desfilan ante nosotros caravanas de imágenes. Imágenes pasmosas,  categóricas, como una manada de ñus que saben lo que hacen: plagas inclementes de chahuistle, boxeadores de setenta años de edad, nopales engarrotados por la helada, niños rasurando nopales y pregonándolos en el mercado, cicatrices íntimas en antebrazos ajados, hormigas viviendo en sociedades utópicas cerca del núcleo de la Tierra, una linterna apuntando a pencas enfermas en madrugadas de luna nueva, frijoles y tortillas tremolando ante la luz de una vela. Me gustaría leer a Cópernico, suelta de repente. ¿Qué bonito nombre, ¿no? 

Desde su trinchera en el universo el profeta desespina un nopal y nos lo extiende. El ofrecimiento tiene algo de provocador y algo de ofrenda. Lo mordemos como se mordería la pantorrilla de un dios tolteca que duerme la siesta hasta el huevo de hongos. Se abren canales. Se erigen mundos enteros. Masticamos la piel babosa, dulce, inabarcable de Milpa Alta. Trituramos con las muelas al conejo lunar transfigurado en cacto. Las pencas en torno nuestro elevan su canto al espacio transparente y sin confines. El sol nos baña la cara y nos enrojece los cuellos.

Siempre es tarde, decreta esa figura tutelar que ahora sabemos lleva por nombre Gustavo o Germán o Genaro (este ser escurridizo se niega a ser encasillado por los artificios del lenguaje) y procede a entretejer con parábolas un mensaje que invita a centrarse en el presente puro y duro; el presente macizo, lo rotula. A destilarlo y zambullirse en sus aguas áureas.  Aquí no acabas ni hoy, ni mañana, ni nunca. Remata y deja abierto, refiriéndose a nuestra caminata y a la vida misma. Pela el mensaje y nos lo entrega como un fruto todavía verde. Traslado sus palabras a nuestros paseos por el DF: éstos son parte de un continuo. La segmentación del tiempo, la parcelación de su devenir enloquecido, son ardides desesperados propios del ser humano (de uno). Los rayos del sol inundan el paisaje de amebas multicolores. Lo santifican y lo envilecen. Ondula todo en torno a la nopalera. Vibran los árboles, los pájaros salvajes y los montes lejanos.  Lo único que tengo es mi tiempo y mi espacio. Nos llega flotando desde una realidad aparte… Se dislocan las percepciones. Ladra un perro y truena un cuete.

Una fuerza ignota nos escupe de vuelta a la banqueta.  Se hace preciso tomar asiento y echar un chesco.  Nos lo reventamos de cara al monumento al tlachiquero y a un negocio de  baterías patrocinado por Roshfrans.  Extracción de aguamiel y generación de amperios se amalgaman en el escenario involuntario y temporal que acoge nuestro descanso.

Seguimos con el recorrido. Nos flanquean los negocios característicos de cualquier barrio del DF: papelerías, sastrerías, pollerías, reparadoras de calzado, renta de sonidos para fiestas y garnachas en estacionamientos. Sin embargo, aquí  la atmósfera da un vuelco y se amplifica porque al final de las calles empinadas se ve el campo lleno de pliegues y parcelas (todas únicas, ninguna igual a otra), cubierto de bruma y salpicado de casas y árboles ocasionales. Además el cielo es una cúpula límpida y los volcanes ya están más cerca. En una carpintería semioscura, olorosa a tíner, remozan un Jesús de Nazaret tamaño natural. Tiene la expresión desfigurada. Vemos cómo le barnizan la face sufriente.

Reingresamos al centro. La monumental  parroquia de la Asunción de María está desmoronada por el sismo. La campana está tumbada sobre montañas de escombros. Una de las torres ya no existe. El acceso al edificio está vetado porque las cúpulas están dañadas, pero basta asomarse desde afuera para entrever ráfagas de talavera y arte virreinal, remates dorados y paredes azul cielo. En el atrio hay una boda con mariachi y sillas forradas de tela.

En la explanada de la Delegación la barriada sin playera se moja los torsos en fuentes que escupen chorros a ras de suelo. Cuatro cuadras hacia el sur está el campo. Una versión techno-agresiva de “Don’t cha” de las Pussycat Dolls inunda la calle empinada. Viene de un jardín vacío, dispuesto para una boda. Asumo que la del atrio. La rola es el soundcheck. Globos de corazón inflados con helio se estrellan contra el techo de la carpa. En cada mesa un pomo. En cada silla un moño. Volteo patrás. Al fondo está el Teuhtli, en medio la urbanización y en primer plano una nopalera. Veo las pencas rígidas con una mirada inédita. Pienso en lo recién aprendido. En sus ciclos, en la helada, en su consistencia, en las plagas. Brillan con una luz propia. Casi están diciendo algo. Alcanzamos a ver los filamentos que irradian. El aire barre la escena. Hay cúpulas de iglesias y campanarios regados por toda la demarcación.

Descendemos por una calle angosta paralela al camino por el que subimos. En Milpa Alta abundan los vochos. Los hay estacionados y en movimiento. Visitamos la mínima capilla de la Lupita. La fachada son paredes de un blanco deslumbrante subrayadas de azul. Adentro hay papel picado, cartulinas fluorescentes, paredes rosa pastel y cuadros de la guadalupana. Algo equivalente a la cruza entre un dulce tradicional y las pantuflas del papa Francisco.

Regresamos al estacionamiento. El sol deja en evidencia hasta el último detalle de todos los objetos. Ameniza el sopor la de Perdona mi Franqueza de la Arrolladora Banda el Limón. No moriré, quédate tranquila, para la muerte soy un gato, corazón, me sobran vidas. Dos canarios luchan contra el sueño a la sombra de una toalla de Toy Story.

Regresamos a la ciudad aturdidos de tanta luminiscencia, entre cuadros de José María Velasco y el Dr. Atl; desfilando entre paisajes saturados de colores, incendiados de sol. Le damos play al “Atral Weeks” de Van Morrison. And I will raise my hand up into the night time sky / And count the stars that’s shining in your eye / And just to dig it all and not to wonder / That’s just fine / And I’ll be satisfied / Not to read in between the lines.

Aquí la rola. 

“Pórfidos del cerro de los Gachupines”. José María Velasco. Fuente: wikiart.org

El atardecer revuelve el entorno. Los montes cobran vida propia. Despiertan de un sueño centenario. Se desperezan y estiran sus brazos de barro hasta alcanzar la carrocería centelleante del coche. Las imágenes del museo se agolpan contra la techumbre de mi cabeza: hormigas de ámbar, ajolotes, lagos del color del musgo, colonias de hongos. A lo lejos el paisaje disgregado y las nubes profusas. Manejando sobre la cinta de la carretera recuerdo a Kerouac:

Moverse, como algunos, solo por moverse. Respirar profundamente el aire salvaje, lírico y húmedo de Nebraska. Ir a todas partes… Mañana, palabra hermosa que  probablemente quiera decir cielo. Sentir de nuevo la llamada de nuestras vidas. Leer el paisaje… Frescos aires púrpura, laderas rojizas, pastos esmeralda en los valles, cambiantes nubes doradas. Aceptar las cosas como vengan. Dejar a un lado las falsas urgencias. Volverse loco y sondear el alma. Rezar humildes oraciones de vagabundo. Emprender un camino a cualquier parte y de cualquier modo. Encontrar la tierra mágica al final de la carretera… Nadie sabe lo que le va a pasar a nadie… ¿Qué es el cielo? ¿Qué es la tierra?

Habrá que volver a Milpa Alta, más pronto que tarde, con un libro de Copérnico bajo el brazo.

“Época curvilínea”. Dr. Atl. Fuente: inverarte.com

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