San Rafael y Santa María la Ribera

A esta hora la calle Guillermo Prieto está llena de mariachis pegándose el break del refrigerio, el tabaco, la siesta, la red social o la boleada. Son escupidos por las varias puertas de “La Polar”. Cantina de abolengo de nombre evocador, logo coronado con cinco estrellas (cual equipo de futbol) y privilegiada de servirle a Ud. siempre. Este business icónico de la San Rafael lleva en las andadas desde 1934. Su buque insignia es la birria. Despacha diariamente a cerca de siete mil comensales. Cuenta con un salón de eventos denominado el “Lupillo Rivera”. Y por si fuera poco tiene su propio tequila. En las mesas del local, enmarcadas con madera, hay familias y abogados envueltos por el aura entre malévola y festiva del Bacardí Blanco, que ya caída la noche abandonan el recinto emulando al oso polar del logo que les baña la espalda con una luz azulada: con paso entumecido y expresión desencajada; tristes por tener que abandonar su guarida en pos de la chuleta. Las inclemencias de Groenlandia son replicadas por el bravísimo Circuito Interior.

Sobre la misma calle, a menos de dos cuadras, se encuentran otras dos cantinas: “Las  Barricas” y “El Golfo de León”. En la primera uno debe empujarse cuatro cervezas o licores fuertes para hacerse acreedor a una comida gratis de cuatro tiempos. En la segunda los platillos sin costo llegan a los tres tragos. Dicho todo lo anterior se extiende al lector la siguiente sugerencia: impóngase usted el propósito de realizar el triatlón del quiebre y la botana, consistente en introducirse a los tres establecimientos en una misma jornada y retacarse el organismo con todas sus promociones.

La caminata sin rumbo nos lleva a los pies de la Parroquia de San Rafa Arcángel. Tiene aires soviéticos. Irradia futurismo desfasado. Su sobriedad simétrica nos atrae hasta los escalones que anteceden la entrada. Sobre uno de los peldaños un wey baña con limón su torta de pastor con queso. En la banqueta de enfrente hay un club de bordado conformado por siete seños sentadas en sillas de Corona. Hablan del tiempo ido y entretejen chismes puramente locales mientras manufacturan rosas, angelitos y mariposas.

Es jueves por la tarde. Nos concedimos la licencia de abandonar la chamba. Las calles todavía no son invadidas por el tropel de oficinistas desquiciados o resignados al volante. Las hojas secas rascando el pavimento tienen a su cargo el único ruido constante que atraviesa la colonia. Delante del toldo naranja de la fonda “Los Abuelitos” una veintena de palomas agitan las alas, alzan el vuelo y dan forma a una mancha cambiante. De repente la atmósfera da un vuelco gracias a la profundidad y la amplitud de una inmensa bodega. Es una fábrica de varillas. Delante de los aparatos hay una pequeña oficina y delante de ésta un altar decorado con focos de colores. Al fondo de todo se aparean los ecos de la cumbia y la maquinaria.

Un tuerto comercializa una pirámide de mameys levantada sobre una carretilla y se ofrecen gorras con placas doradas de Ferrari y Louis Vuitton mientras nos acercamos a la estación San Cosme. El ambiente se eriza y pone alerta. Los cláxons y las bocinas colocadas afuera de Vazza y Flexi irradian mala vibra. Nadie parece reparar en la fachada de la Biblioteca Sor Juana. Arriesgamos el pellejo para tomarle una foto, intentando pasar por alto las mentadas de madre de un taxista a bordo de una unidad desprovista de tarjetón. Entramos a la Santa María la Ribera por Naranjo.

A finales del XIX don Porfirio solicitó que se trazara un brazo urbano que corriera del Centro Histórico al Bosque de Chapultepec. Desde luego debería remitir a Francia. Así fueron naciendo colonias como la San Rafael y la Santa María la Ribera. Las familias o comunidades con varo se fueron haciendo de terrenos dentro de estas nuevas demarcaciones y comenzaron a construir sus cantones. La tendencia europeizante de la épocaqueda patente en las fachadas que se van intercalando con las bardas que hoy en día están decoradas con graffitis: FUSE!, SAT, BUCK, THB.

Barrio adentro, es posible seccionar la Santa en dos. En las primeras plantas prima la mercadotecnia multicolor de los negocios actuales: la farmacia Guadalajara, el Billarama, los Abarrotes Don José, las pizzas Azteca. Y en esquinas contrapuestas un Seven y un Oxxo. Sin embargo, a partir del segundo piso las construcciones provenientes de distintas eras remiten a la historia y la solera de la colonia.  ¿Tendrá pomada de la Campana?, pregunta una doña en la farmacia «Mi Señor». Mientras tanto, en el local contiguo dos chavos banda se gastan la morralla que les sobra en echar a andar una maquinita de pinball.

Entre el Kiosco Morisco y el Estacionamiento Squash está la Librería Bodet. Tienen una selección muy cuidada de títulos y editoriales y mesas para ponerse al tiro con un buen cafecito. Después está el local destartalado de comida china “Mariposa Azul” y una fonda sin nombre que ofrece mojarras fritas los domingos. En la pared del fondo hay una foto del América en tiempos del Piojo López, Pavel Pardo, Germán Villa y Cuauhtémoc Blanco.

El Kiosco, antes de encallar en este espacio, estuvo en Pittsburgh, donde fue fundido; en Nueva Orleans y San Luis Misuri donde fue exhibido; y en un espacio que resultó ser provisional en la Alameda Central. Lo diseñó el ingeniero José Ramón Ibarrola. Hoy el sol incendia la ornamentación que retaca los arcos y las columnas, pintados principalmente de bermejo, azul y dorado, potenciando el efecto sobrecogedor que produce la simetría multiplicada a lo bestia. La luz que se cuela como una cascada por la cúpula central baña a una pareja que acaba de comprar un chicharrón de harina y a una abuelita envuelta en un chal que está sonriendo para la foto. Alrededor del monumento se juega fut en todas sus presentaciones: coladeritas, concursos de dominadas, gol-para.

Las vueltas que dimos al Kiosco nos desorientan. Escogemos una calle al azar, imantados por el puro nombre: Dr. Atl. Al cabo de unos metros está la Plaza Morizko, uno de esos centros comerciales eternamente vacíos, oscuros, de pisos grises de mármol, olorosos a cigarro y al menos en apariencia situados al borde de la quiebra. Los paseantes se cuentan con los dedos de una mano. Los establecimientos son de lo más variado. La gama va de las islas de aretes y pashminas a «Mundo Gamer»: una cueva inescrutable donde cuatro geeks con audífonos y sudaderas negras están absortos invadiendo feudos virtuales. También está «Mi Jacalito»: restorán indoors que anuncia su existencia con letras de unicel, «La Fórmula»: garito de chelas y alitas que sintoniza VH1 sin sonido, un consultorio dental y un gimnasio vetusto.

Nos reincorporamos al flamante 2018: encima de una tintorería una señora ya grande se asoma desde su depa hacia la calle mientras ondean los banderines triangulares que anuncian el levantamiento de algún edificio nuevo en las cercanías. Cruzamos la avenida Flores Magón (el nombre ya evoca nociones anarquistas) y alcanzamos el campamento de madera, lámina y cartones en el que viven hacinadas, desde hace más de veinte años, unas ciento veinte familias, en la más absoluta de las miserias. Están instaladas sobre las vías del tren. Es la colonia Atlampa; la franja más pobre de la Delegación Cuauhtémoc. Chabolas a 4 km en línea recta de Polanco. El aire hace temblar las techumbres. Remata la escena apocalíptica el esqueleto vacío de Banobras.

Regresamos a la Santa María por otra calle. Hay pandillas de perros curtidos de tanta calle. Un puesto de flores arroja una cumbia de mil coloraturas a la avenida techada que separa las colonias. El restorán «Tampico» está celebrando algo: hay globos enmarcando las ventanas y gente de traje y vestido despidiéndose sobre la banqueta. Que Dios te bendiga. Se me van con cuidado.

En la calle Trébol hay una mansión en declive, invadida por la maleza. Varias fachadas ostentan mascarones encima de los portones, emparentando a la colonia con Bucarest o Praga. Pasamos junto a un modesto altar montado en honor a la Santa Muerte. A modo de ofrenda le dejaron dos manzanas Royal Gala. Al final de la calle sin tránsito aparece una figura improbable. Tiene una sola pierna y se balancea hacia nosotros echando mano de dos muletas.

A continuación, sobre la Avenida Ribera de San Cosme se erige el templo con los fieles más fervorosos del DF. En la fachada se despliegan cinco lonas propagandísticas. Los adeptos se arremolinan en la puerta de acceso. La música que sale desde las entrañas del recinto invita a incorporarse al culto. La entrada cuesta veinte pesos. Es el Salón de Baile Caribe. Los carteles de alto voltaje visual (los mismos que es posible ver pegados en casi todas las bardas de la ciudad, uno encima de otro, dejando testimonio del implacable paso del tiempo) anuncian tesoros irresistibles: La Orquesta de Moda: Controversia. Sonido Súper Dengue. Grupo Los López. Grupo Sonorámico. En las tornamesas: Sonido Cachetón. Éste último es un wey con chamarra del Chelsea. Está claro: entramos.

Después de subir unas escaleras estrechas alcanzamos la cámara principal del santuario. Las palabras no alcanzan. Hay que ir y ser testigo de primera mano. Pero se hará el intento. La música no da tregua a los presentes. Apenas entrar te arrastra una avalancha de canciones, con interrupciones apenas perceptibles, pero tan significativas como la propia música. ¿A quién le gusta la cumbia? Grita el párroco en turno para provocar el éxtasis de los agremiados. ¿A quién le gusta la salsa? Alaridos. Vámonos con este tema sabroso, un numerito que en lo personal me gusta mucho. Se dejan ir las congas y las trompetas, como si se estuviera acercando un ejército ebrio de fe en sus deidades.

Un mesero vestido a la vieja usanza nos asigna una mesa redonda en una de las esquinas. Para nuestra sorpresa en el respaldo de las sillas que nos corresponden están colgados los suéteres y las chamarras de otras personas. Procedemos a sentarnos y pedimos dos Bohemias con desenfado impostado. Nos las traen con vaso micheleado. Aquí la normalidad parece no ser suficiente: hay que espolearla con chingos de limón y enemigo silencioso (sal). Ahora sí: desde la perspectiva privilegiada que nos confiere el rincón que nos fue asignado podemos apreciar las dinámicas enloquecidas del Salón. Trago desaforado de Bohemia.

El espacio está cercado por cuatro paredes. En la primera hay una pantalla gigante en la que se van intercalando el logo del Caribe con imágenes de los presentes sacudiendo la calaca. En la segunda están el guardarropa, el acceso y varios espejos que multiplican las luces cósmicas que bañan los hombros de la “familia bailadora”. En la tercera está el altar-escenario. Y en la cuarta los técnicos de sonido y la barra detrás de la cual se alcanzan a distinguir el refri de las cheves y una máquina de palomitas. Al centro de todo hay una esfera disco.

El centro del Salón está delimitado por un rectángulo de cinta amarilla. Esta frontera separa la pista del resto del recinto. Reculo: esta frontera separa la pista del resto del mundo. El núcleo de la periferia. En los brevísimos silencios que separan una canción de otra se efectúa un éxodo fugaz. El rectángulo central se vacía y se pueblan las mesas de los alrededores. Se toma jugo de piña, se secan caras con paliacates y sobretodo: se cambia de pareja. Todo en chinga. En cuestión de segundos se reanuda el llamado a la batalla. El piso ajedrezado acoge la migración que lleva a los participantes de la normalidad al trance. No es difícil leer este fenómeno como un ritual milenario. El traslado masivo de una región a otra se enturbia con cañonazos de hielo seco.

La media de edad de los presentes oscila entre los 35 y los 45. Pero hay de todo. La gran mayoría van arreglados. Ellas maquilladas. Ellos engominados. La moraleja está clara: cualquier día tiene el potencial de ser una ocasión especial. Uno de los bailadores más solicitados es un paramédico sudoroso que no sonríe. Maneja un repertorio de pasos tan vasto como la discografía de Aarón y su Grupo Ilusión. Se pasa una toalla de baño por la frente entre rola y rola.

Las señoras de cabelleras acomodadas en prismas imposibles, esperan su turno para el meneo, en torno a platos de unicel con papas bañadas en salsa Valentina. Un don de sombrero ordena un jugo de durazno. Una chava de piernas briosas cierra los ojos para entregarse al ritmo. Y en San Juan de Aragón, y el barrio bravo de Tepito, y en el Peñón de los Baños, ahí nomás parejitos. Abuelita soy tu nieto y ya estoy aquí. Vibran la pista y los suburbios. Ya no cabe un alfiler. Se talla el suelo.  Las claves y el güiro se precipitan e inauguran una tónica salvaje; casi tribal. Adquiere protagonismo un señor de polo azul y cadena de oro que se toma el pulso colocándose el dedo índice sobre la yugular sin dejar de mover las piernas.

El sonidero manda saludos y abandona la tornamesa. Saludos a Luis, el chavito desmadre. I love you Sandra, mensaje del Mauri, tu loco enamorado. Antes de que haga su aparición la banda en vivo se ensombrece la estancia y ponen la de “Camino de Guanajuato”. Las columnas y el techo adquieren formas feroces. Los del audio bajan el volumen y dejan que sean los presentes quienes entonen la línea más célebre y más desgarradora de la rola a grito pelado: ¡No vale nada la vida, la vida no vale nada! Como dijera Cruyff en una entrevista: se pone la gallina de piel. Fondo y otra ronda de Bohemias.

Se apodera del escenario una banda de diez elementos. Manejan un look urbano. Todos llevan puesta una chamarra negra de cuero y cortes de pelo de futbolista. ¿Cómo les va en esta tardecita de jueves? Se reanuda la saturnal. Los músicos se balancean en perfecta sincronización de izquierda a derecha y de vuelta. El del acordeón es por mucho el más entregado. No para de estar contento. El humo seco vuelve a inundar la estancia. Los haces de luz se materializan al atravesarlo.  La banda interpreta “Pecado” de los Ángeles Azules: Pero niña ya no llores; por favor ya no llores.

Una dama  de pelambre amarilla eléctrica, similar a la de Shocker, se deja llevar por un caballero ataviado con una chamarra de los Steelers. Vuelta, patada, paso atrás, paso adelante. Un wey con el pelo adherido a más no poder al coco con una tonelada de Xiomara busca pareja. Arranca de la mesa a una mushasha que le está echando salsa a sus charritos. Recargado contra la pared de los espejos un viejo está abismado en su chela. Tiene el bigote fino y la mirada vidriosa.  Después de un rato la música nos hipnotiza. Los caminos sugeridos por cada uno de los instrumentos se funden en un mismo precipicio pletórico de armonías. Entramos en trance. Nos lanzamos al despeñadero. Perdemos el dominio sobre nuestro cuerpo. Las piernas se nos  sacuden como poseídas. Nos fundimos con el entorno, formando un mismo cuerpo palpitante y ardoroso con la música y la familia bailadora.

En este punto es necesario recordar un dato relevante. Es jueves y son apenas las 6 PM. Sirva esto para casos de emergencia. Si usted está languideciendo algún día por la tarde, en la soledad sin fisuras de su guarida, pensando que todo está perdido y que el mundo es un lugar sombrío, recuerde que a esa misma hora, cuando todavía no se ha escondido el sol, el Salón Caribe está en plena efervesencia plantado cara a la desgracia y la rutina.

Reingresamos al DF. Un frente frío recorre la ciudad. La calle Joaquín Velázquez de León está desierta. Todo transcurre como en cámara lenta. Se despliegan ante nuestros ojos dinámicas sutiles. Se levanta la pluma de un garage, un anafre humea desde la banqueta, se apagan las luces de una veterinaria, se expide un boleto en la taquilla de un teatro. De la Parroquia la Guadalupanita sale un canto tembloroso alusivo al misterio de la transfiguración y de la Casa del Poeta un cover acústico de los Beatles. A lo lejos están las oficinas de Reforma: cubos iluminados que flotan en el aire.

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