Colonia Del Valle

 

El DF está vacío. Podemos caminar sin preocupaciones por en medio de la calle. Salta a la vista la ausencia de coches. La ciudad es la de siempre y al mismo tiempo es otra. La reparadora de calzado está cerrada. Lo mismo que la recaudería y el sastre. Tenemos que subirnos a la bici para alcanzar los únicos abarrotes abiertos de la zona. Mientras pedaleamos por el eje despejado optamos por seguirnos de largo y hacer un recorrido aleatorio. El cielo sin nubes crea una ilusión de aire limpio. Lo último que recuerdo con claridad es que el carril de la bici estaba inundado de rayos de sol y polen. Los que vino después no está del todo claro.

 

 

Empezamos a pedalear por la calle Amores, donde vivió por una temporada la inconmensurable Lucia Berlin en un departamento con muchas plantas y luz natural, en la habitación contigua a la de su hermana agonizante. En un cuento habla del silbido del camotero. En otro del reloj de flores del Parque Hundido. En un tercero de carpinteros mexicanos desmontando una puerta para barnizarla en la azotea.

 

Entramos lentamente en un estado de catarsis y nos dejamos guiar por un único designio: la profusión de jacarandas. Nos introducimos por una sucesión de túneles movedizos. Muy arriba hay cúpulas incendiadas de luz. A media altura, en cambio, predominan los techos bajos. Las ramas desbordadas de flores impiden el paso del sol y generan una atmósfera de interiores. De repente uno se siente en la intimidad de la sala de un departamento. Solo falta el gato paseándose por los cojines. Hay cadáveres de flores y flores abultadas recién caídas dibujando el contorno de los coches estacionados. Abandonamos las bicicletas. Desfilamos por calles alfombradas con nombres de señores difuntos. Empresarios españoles, filántropos, cronistas.

 

 

La colonia está prácticamente desierta. Nos cruzamos con unos cuantos de vecinos. Nadie habla. Nadie está checando el celular. Todos están volteando hacia arriba. Van como hipnotizados. En algún momento intercambiamos miradas de complicidad. Nos sabemos testigos de un desgarramiento prodigioso de la normalidad. En ese sentido, el de la afrenta a los ritmos cotidianos, el surgimiento de las jacarandas es la antítesis de los terremotos. Su dimensión contraria. Su contraparte luminosa.

 

 

 

Se reproducen los racimos de flores. Filamentos, corolas, pétalos, ovarios. Brotan y ocultan la ciudad. Nos engullen. Estamos atrapados en un prisma cambiante de cálices traslúcidos y ramas retorcidas. Las nociones espaciales, de pronto, son intercambiables. Arriba y abajo. Sur y norte. Pero también voz interna y mundo externo. La Del Valle me habita: se asienta, echa raíces, germina y se me sale por las orejas.

 

 

Sin necesidad de abandonar la ciudad que acoge nuestras andanzas, nos encontramos en un lugar improbable. Estamos en el glaciar Upsala, sobrevolando las cataratas del Niágara, en el campo abierto de Montana. Recuerdo una escena que leí en alguna parte: una procesión avanza por un largo camino de tierra en la Alemania profunda. La ciudad más cercana está a un autobús y dos trenes de distancia. El sendero está flanqueado por árboles de jacarandas. Es primavera. Existe entre los caminantes el pacto tácito de que todo está permitido. El ambiente de liberación es palpable. Impera un claro distanciamiento de las ataduras cotidianas. Cuando cae el atardecer se celebra una fiesta con música en mesas interminables cubiertas con manteles blancos. Comida, bailes, ríos de cerveza. Imagino como podría verse esa celebración desde una montaña cercana ya caída la noche. Apenas un punto de luz en medio de la explanada oscura. Risas lejanas. Árboles temblorosos en torno a una fogata. Eso hace la colonia del Valle con la mente de los paseantes incautos que la recorren en esta época del año. La manipula como un cubo de Rubik. Los colores confundidos. Las caras aparentando caos. Dice Vivian Gornick que la amplitud de sentido es la redención. Alcanzamos, creo, División del Norte.
Las ramas de los árboles sembrados en banquetas opuestas se abrazan por encima de semáforos y cables. Esta cueva temporal otorga rotundidad a todo lo que ocurre debajo. Estamos delante, por ejemplo, del mejor 7Eleven del mundo. El cofre de camioneta que escogió un dude para descansar y pegarse un gallo, es el centro del universo. Un taxista se estaciona al amparo de las flores, le trepa al Fonógrafo y abre un New Mix. Da un trago. Estamos seguros de que detrás de ese sobro yacen las respuestas a todos los misterios que han atormentado a la raza humana desde la antigüedad: Dios, el origen de las galaxias y el sentido de la vida, contenidos en la lata chillante de New Mix. Mientras nos alejamos suena Nunca Jamás de los Panchos.
Mientras escribo estas notas en el celular me cae una jacaranda en la mollera. Pienso en el recorrido que hicimos en septiembre por esta misma zona, a tres días del terremoto. No logro dar con los hilos que conecten un evento y otro. Los huecos dejados por los edificios y la reproducción vegetal en forma de millones de flores.
Mientras escribo estas notas en el celular me cae una jacaranda en la mollera. Pienso en el recorrido que hicimos en septiembre por esta misma zona, a tres días del terremoto. No logro dar con los hilos que conecten un evento y otro. Los huecos dejados por los edificios y la reproducción vegetal en forma de millones de flores.

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