Insurgentes Mixcoac

El Capricho es un homenaje a la normalidad chilanga. Un lugar sin pretensiones. Mesas con personajes sabrosamente cotidianos, reales, provenientes de los alrededores. Bajan de coches o vienen caminando desde el metro Mixcoac.  Nos sentamos en el segundo piso. Afuera, por la ventana abierta, cada treinta segundos, pasan un aviones enfilados al Benito Juárez. También el cableado obsceno y un edificio de departamentos.

 

Los comensales, un deleite. Un caballero de piocha con una polo gris del equipo de buceo de la UNAM, otro con la yera del Cruz Azul, una niña con su vestido de comunión en una mesa con pura seño emperifollada y perfumada para echar torta. Un padre y una hija adolescente que no se hablan, abismados en el celular… Una vez que les traen sus respectivas tortas, mastican con la vista puesta en algún lugar más allá de este plano.

En las paredes, platos envueltos en plástico que exhiben los dos tamaños de teleras. Tradicional y chica. La regla aquí es tener delante una vianda del tamaño de una sandía. Brindis con aguas frescas. Familias. Labios enchilados. Pants, chanclas, gorras, lente oscuro (es domingo). Cervezas bien heladas. Mucho chesco.

Todos seguimos con la mirada a los meseros que aparecen por las escaleras. Analizamos la charola sin disimulo. Esperamos con fervor que se trate de nuestra orden. Cuando finalmente se cristaliza el deseo: alto al fuego cruzado de las conversaciones, mordidas majaderas, ojos entornados y zanahorias viajando entre albercas de escabeche y camas de queso Oaxaca.

Muchos piden sin ver la carta. Ya conocen a su consen. De años. De tiempo atrás. Una Sánchez sin cebolla. Frase que quiere decir te amo. El que la profiere lo hace seguro de sí mismo, contento con su decisión, sabedor de que está en el rincón del mundo en el que quiere estar. En la tele un Chivas Pachuca. Afuera nubes de tromba. Aire frío. En la banqueta la cola de residentes de la colonia que ya pidieron para llevar. Una tarde como cualquier otra, pero también irrepetible a su manera.

El sabor de los artefactos que se compravenden en el Capricho es de otro mundo. Tortugas envueltas en papel con el logo del establecimiento. Una chulada incluso levantarlas del plato. Sloppy and salty dice la reseña de un periódico gringo enmarcada en una la pared. Un clásico. Meseros uniformados de polo. Rajas caseras. Efluvios de pierna horneada en el ambiente. Paletas Vero con la cuenta.

La calle Empresa vacía. Cualquier sonido se magnifica. Talleres, sastrerías, pollerías; todo cerrado. Empieza a chispear. Un don se quita los lentes y los limpia con el suéter. Regurjite. Agrurita. Amanda Miguel desde La Michi. Domingo de guardar con la sudadera ya olorosa a plancha de tortería, que mañana la ciudad, como cada lunes, se dispondrá a repartir madrazos desde tempra.

 

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