Xochimilco

Imposible escribir esta crónica si no es en clave de agradecimiento a Cristóbal y Magui que nos propinaron una caminata de knock-out para el recuerdo. Caminata que de tan profusa nos dejó viendo visiones y apenas una semana y media después vamos asimilando. Fue tanta la imaginería que tardó en asentarse.

 

La jornada empezó con sendos pulques de coco disfrazados de atolitos. Cada trago un abrazo. Expendió la Botijona que por la hora tempranera manejaba poco comensal y un costal de chicharrones rueda encima de una mesa. La fachada es una maravilla: intersección en zigzag de azulejos beige y verdes, remates en aqua y vitroblocks.

 

Sobre la Avenida José María Morelos abunda la vendimia, cada bisens con su respectiva bocina orientada hacia afuera, en concreto hacia el oído del paseante incauto. Recojo un muestreo que ya acomodado es un poema: El Baile de San Juan interpretado por la Chomba en los perfumes Fraiche. Frijolero en Elektra. Almohada en los Pollos Sagrario. Oasis de amor en las Zapaterías Avance.

En el mercado ocurre algo similar. Cada puesto sintoniza una estación de radio diferente. El ritual, sin embargo, es más íntimo. El reporte de tráfico y clima en una jarciería, los aplausos pregrabados en un local de piñatas, los mensajes del virtual presidente electo abriéndose paso entre crestas, patas y rabadillas. Afuera persiste intocada la vendimia ancestral de plantas y verduras a pie de calle.

 

En el atrio de la iglesia, tullida desde el temblor, nos arrasa la marea entre doliente y festiva de una procesión fúnebre. Chiflidos, cuetes, música de banda, aplausos. La caja del fenecido es de madera barnizada, la rodean coronas de flores enviadas por los distintos embarcaderos de la zona.

 

Pasando el molino de chiles y granos Anayeli, nos llega la voz de Cristóbal embarrada de sonidos callejeros. Va contando la historia del pacto que celebraron Zapata y Villa en esta demarcación en el remoto 1914. Lo que es hoy, el mero presente, el 2018 irrebatible, oloroso a maíz y mofle, es Emmanuel en las bocinas multicolor de Vertiche y los Freddys en una grabadora con rastros de pintura en una reparadora de calzado. Avanzamos y vamos dejando atrás la revoltura del centro. Garrafones con pulque sobre la banqueta. Machetes de flor y huitlacoche gestándose en un comal humeante. Take my breath away en la distribuidora Telcel de la colonia.

 

Caminamos barrio adentro. Baja el ruido. Casas que también son negocios. Portadas deslavadas enmarcando garashes. Rótulos plastificados que ofrecen la contratación de sonorizaciones para sus fiestas. A la izquierda, el punto final del pavimento y los embarcaderos. El agua, los lirios, las garzas, pero también las bolsas de Paketaxo de Quexo.

 

El Niñopa es omnipresente. Una estampita, un altar, un arco de flores. Es el niño dios de Xochimilco. Se le celebra duro principalmente en temporada de posadas, pero también a lo largo de todo el año, en un torbellino que incluye ropones, chinelos, tamales, banda, pólvora, tequila y pulque. Aquí hay mucha religiosidad popular, acota Cristóbal, que va intercalando las ideas con tragos de pulque endulzado con aguamiel. El día está nublado.

 

Un canal corre paralelo a la banqueta. A tramos facilita imaginarse el México acuoso de antes. El embarcadero de Caltongo emula una terminal camionera. Hay trajineras hasta donde la vista alcanza. Apretujadas forman una duela de colores primarios sobre el agua. Los ahuejotes bailan en lo alto. Caminamos y la urbanización da lugar a un terreno más bronco, con senderos de tierra y mares de tule. Al fondo vemos como entre sueños el cerro de las Minas.

¿En qué momento llegamos aquí? Hay invernaderos y caballos. Mucho árbol. Cielos blancos y la Ciénega San Gregorio: cuerpo de agua expuesto sin pudor al aire libre. Amplitud de espacios, chapoteo sutil, nubes reflejadas y todo eso. En esta suspensión de los sentidos México estaba (Carlos de Sigüenza) cuando llegaron los trabajadores de overol naranja de la Delegación a estacionarse, contemplar el agua y treparle a un toquín del Tri. El ¡Viva México! de Alex Lora a mitad de la canción nos pone sensibles a todos los presentes.

 

 

 

Salimos. ¿O entramos? En todo caso nos dirigimos, según hace constar Cristóbal, al barrio de Santa Cruz Acalpixca, el suyo: ciudad luz, capital del mundo y próximo puerto al mar. En la carreterita ondulante prima la venta de dulces cristalizados. En esta parte de la caminata es cuando la cosa empezó a disparatarse. Visiones exaltadas de una ciudad desconocida. Espejismos. Fusión de los otros siglos y el veintiuno. Imágenes desfilando frente a nosotros como chinelos-fantasma. De repente nos descubrimos ahí, de percepción alterada, sin saber qué hacer con todo lo que Xochimilco nos estaba ofrendando.

 

Sin decir agua va, pasando un túnel de floripondios y buganvilias apostado en la falda de un cerro, arrancan las escaleras para llegar a la Piedra Mapa: calendario solar y ritual, maqueta prehispánica de la región y monolito de poder. Nos quedamos fríos. La plancha da testimonio de 56 ojos de agua, un lago y ocho construcciones con escalinatas. Al fondo figuran las casas con su antena de VeTV y sus portones graffiteados. Descendemos entre colas de león.

 

Carretera. Vochos locales. Perros. Y más allá otro cerro, el de Cuahilama. Escaleras y relieve. Escaleras y relieve. Así hasta llegar a la cima, un descampado neblinoso habitado por un burro y dos locales. Subimos. De abajo nos llega el ladrerío ahogado por la vegetación. Que la serpiente de obsidiana, que el lagarto, que la mariposa, que la flor del huacal, que el relámpago reencarnado en perro, que el Quinto Sol. Caminamos con reverencia, como en pantuflas, por este santuario inesperado, mientras la urbanización avienta hacia arriba el bajo agonizante de una cumbia.

 

 

Entramos por atrás a vecindarios empinados predominantemente grises y en pugna con las manifestaciones vegetales del cerro. Pausamos afuera de unos abarrotes. La escena nos deja pasmados. La vemos como grabada a cincelazos. O descuartizada y exhibida en un cold room. Letreros metálicos de marcas de la infancia. Una ventana abierta que deja escapar a Elvis y a Brenda Lee por una cortina ondulante. Un chucho dormitando en las escalinatas del establecimiento. Nos sentamos en una barda medio derruida. Jugamos a pensar que el perro regentea el changarro. Una abeja aterriza en la mezclilla de mi muslo y baila. I’m sorry, so sorry. That I was such a fool. I didn’t know. Love could be so cruel. Se alacia las antenas, mueve la cinturita. No pasa ni un solo coche. Es irreal. Esto, la escena. Todo podría desmoronarse o estallar en cualquier momento. Tanta quietud es insostenible. Rebuzna el burro del descampado de antes y comadrean los eucaliptos. Simplemente guau.

 

Nos armamos de Boings y Ruffles. Some things are meant to be. Take my hand, take my whole life tooFor I can’t help falling in love with you. La papa-botarga de la bolsa metálica va de jeans y lente oscuro. #noteresistas. Glutamato monosódico a tope. Masticar bonches, tomar ríos, soñar con morir atragantado. Impera una sensación de cumbre conquistada, de hallarse en la periferia de todo lo demás. De flujo detenido y desenlace. Conforme reemprendemos la marcha somos conscientes de la digestión de la chatarra en el interior oscuro de nuestros organismos.

 

Hay sembradíos de maíz. Paredes de tabique. Avanzamos con pasos atemporales. Cucucurrucucú paloma de Los Panchos. Borregos. Muy allá, una ambulancia. Andamos con paso cauto sobre México y todas sus volutas movedizas y los glifos de sus varias épocas intercaladas. Tomo notas en el celular: las cúpulas de San Bernardino, un acordeón, un perro.

En una construcción color cielo nublado hay una cartulina color marcatextos: se vende cerveza mega. Caguas sin vaso. Nos despacha una señora que va agarrando forma conforme se acerca al mosquitero-puerta. Adentro muebles, tele prendida, chamacos en camiseta, etc.

 

Se empina el camino y se tupe de plantas. Atravesamos una congregación de albañiles agarrando el pedo. Los perros se ponen más ariscos entre más arriba: más lobos.

 

El sendero es milenario. Está trazado con enormes piedras, como si estuviéramos llegando a Roma. Apoyamos las suelas vulcanizadas sobre un pasado prácticamente inalterado. Dejamos atrás la última casa. Estallan las cigarras y las flores fluorescentes. Siento el cuerpo pegostioso. Voy embelesado. Hablamos de repente. En la cima las voces se liberan, se escapan hacia arriba. Descubro con sorpresa que las cigarras en realidad son el zumbido de los cables de alta tensión que nos pasan por encima. De López Velarde a la CFE del Licenciado Bartlett.

Alcanzamos una piedra elevada con tallas circulares y aires de astronomía ancestral. Es el centro ceremonial de crudas y pláticas largas y tendidas de nuestros guías xochimilcas. El portacaguamas, lo bautizamos y le damos uso de inmediato. Alrededor hay nopales y montículos que alguna vez fueron asentamiento. Es posible desglosar el siseo de las plantas al entrar en contacto con el aire. Trago luminoso de kawasaki. ¡Nos llega el rumor de la lluvia que cae sobre Milpa Alta! El viento se pone tan fuerte que dejamos de hablar y contemplamos. El fenómeno llama la atención tanto como un incendio. Pasa un pájaro pegando las alas al cuerpo como un torpedo. Después un trueno profundo, en varias capas, con ronquera de César Bono, y más pájaros buscando refugio.

 

 

 

 

De regreso vemos un edificio-cubo que destaca por encima del resto de las construcciones del suroeste de la ciudad. Por más que intentamos descifrar qué es, no lo conseguimos. Algo deberá significar esta desconexión tan profunda con lo que está allá abajo. Notamos que la mancha urbana está tan lejos que ni siquiera emite el clásico zumbido de los asentamientos humanos vistos desde la lejanía. Empieza a chispear. A la izquierda aparece una familia íntima entre la milpa viéndonos como desde una película o una foto; desde una dimensión aparte.

La casa de allá es de un gallero, rasga el silencio Cristóbal. Los perros y los burros, pienso al reflejarme en la bola sin fondo de sus ojos sobrevolados por moscas, son mensajeros de otro ritmo posible. La ciudad está flotando. Los edificios se evaporan.

 

La caminata desemboca en el cementerio rodeado de monte, como al fondo de una olla. Muertos y Alejandro Fernández desde la caseta. Flores frescas y retratos deslavados. Lodo. Acicalamiento de arbustos y plegarias. Silencio y pasos sobre caminos de grava.

 

Bajamos a la ciudad con el plan de comer una pizza que en principio nos parece disruptiva, por representar una afrenta napolitana a Itzcóatl,  Xonecuilli y Papálotl-Huacalxóchitl. Sin embargo Magui tranquiliza las aguas encrespadas observando que la pizza es una apropiación xochimilca porque lleva elote y huitlacoche. Válido, concedemos, ya de tripa hueca, e incluso celebramos. El atracón consiste en recetarse un metro cuadrado de pizza bañada con una salsa suliveyante de chiles ahumados y alguna fruta, empujada por unos cervezcos bien fríos. Sonaba Fanny de Leo Dan.

 

Pulquería El Templo de Diana. El acabose o el principio de todo.

Piso repleto de aserrín. Mesas a reventar, cola en la barra, cola en la rocola. Tiras de papel picado en el techo. Ameniza la Sonora Santanera: Dios sí perdona, el tiempo no. Esperamos un lugar parados entre comensales sentados. Deglutimos pulque: uno natural, uno de mojito, uno de mango. La tardenoche se espesa pero va fluyendo, trae buen ritmo, amaga con empantanarse para siempre pero se mantiene firme en su fuga hacia adelante. En la tele transmiten el soporífero pero sabroso Necaxa- Lobos BUAP. Alguna vez se lo leí a Villoro: qué intoxicada delicia estar en México.

 

Analizamos la moneda de 10 varos. El Calendario Azteca, el escudo nacional. Nos asignan una mesa. Brindamos. Una viejita que ya se va persigna a un chavo alcholizado (que después supimos era oriundo de Coapa), que lleva puesta una gorra fosfo con la siguiente leyenda: Armada Beach Festival. Dice amén y truena un besito en los nudillos ajados de la seño.

La peda es como sótanos: José José está en el sexto, dice alguien. El pulque natural tiene un sabor complejo, enreversado como un artículo del código fiscal, y patea con notas muy terrosas, muy marcianas, hacia el final de cada trago. El entorno se ondula, a diferencia de lo que ocurre con otras bebidas espirituosas, por ejemplo con el Bacardí, que lo eriza todo. Magui pone al Poeta de Juliantla. Escuchamos. La del pulque es una peda que ensimisma. Que centra en uno mismo. Que entibia y pone burro. Veo a mucha gente atrapada en sus adentros. El fut de la tele fluye con una naturalidad admirable. Es perfecto. El aire a tope del ventilador contribuye con la sensación de bienestar.

Dos weyes de pelo parado y arete en el pómulo ponen Cuando yo quería ser grande. La canta sentido un don de sombrero y chamarra de la CTM. Oh señor detén el tiempo, te pido / Porque tú puedes hacerlo / Porque yo en verdad no entiendo Dios mío por qué / Se nos va lo bueno. Veo absorto a una señora ya grande sirviendo pepitas con una cuchara en una bolsita de plástico. Qué parsimonia. Silencio después de la canción.

 

Nos armamos un taco de salsa para salir a la calle. Se están recogiendo los puestos y bajando las cortinas. Se barren hojas y tallos. Un chavo con la cara iluminada por el celular está mandando una voicenote en náhuatl. Suena Raymix en Milano. Caen las primeras gotas . Un pesero de interiores oscuros reproduce la intro del Padrino. El chaparrón macizo nos agarra a la altura del Waldo’s. Nos guarecemos junto a una montaña de tuppers y gorros de fiesta. Para nuestra fortuna el cajero le da play a Ya lo pasado pasado, versionada por el más grande, por el rey de reyes, por el Divo solar de Juárez. ¡Que dios nos lo tenga en su santa gloria! Pido un aplauso para el amor que a mi ha llegado. Mil gracias, señoras y señores, muchísimas gracias, por tanto amor.

¡Qué día pletórico, que no se acabe nunca!

Emocionados nos trepamos al Tren Ligero para retachar a las entrañas de la city. En Huichapan se sube en performer muy teatral a declamar a Sor Juana. La lluvia se escurre por las ventanas. Truenos como flashazos. Esto ya es de locos ¿En perseguirme, mundo, qué interesas? / ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento / poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas?

La caminata nos pasó por encima como un tráiler de doble semi-remolque.

Corte de escena: camino al borde de la inconsciencia por los desfiladeros de Tres lindas cubanas interpretada salvajemente por Rubén González, ya muy en la punta de la noche.