Axotla, Viveros, Coyoacán, La Concepción

Emergemos del metro Viveros. La luz del día nos deslumbra. Vemos a un mendicante hincado sobre el respiradero de la estación. Barba bíblica. La playera hecha jirones. Los pies descalzos. Intenta sacar las monedas atoradas más allá de las rendijas. Se vale de un mecanismo de manufactura propia: un lápiz, hilo plastificado, un clip. Se carcajea cuando consigue sacar dos pesos. Está chimuelo. El zumbido del metro le revuelve el pelo.

A un costado pasa el caudal de un río espumado. Huele a riata. En lugar de garzas blancas bolsas del Superama. Para atravesar la avenida hay que superar un cerco de camiones verde baño. Colonia adentro se impone el silencio. Más allá los techos fantasmales de un tianguis oloroso a elotes y carnitas. Las calles estrechas están adornadas con papel picado. La fiesta del santo patrono, nos informa una marchanta, fue hace más de un mes.

 

De repente estamos en Chiapas o en Oaxaca. Nos sale al paso una iglesia de paredes encaladas y detalles azul profundo. Un don de sombrero y bastón camina en círculos por el atrio. Es sábado. No deja de pasar gente de pants y párpados hinchados con la compra del tianguis. Martillazos rítmicos anuncian una obra cercana. Va para allá un albañil que camina por debajo de una cascada de buganvilias con un Sprite de tres litros y una torre de vasos desechables. El barrio es Axotla. Saco de la mochila los Cuatro Cuartetos de T.S. Eliot.

 

En los Viveros la atmósfera se purifica y se distiende. Es el bosque Šumava. Nos echamos a descansar en un claro. Hay pájaros que no vemos. Emiten dos tipos de trinos: están los constantes y los espaciados. Una morra está tocando el violín entre los árboles. Allá varios chilangos se contorsionan vestidos de kung-fu. Una vez alcanzada cierta postura se inmovilizan. Solo les tiembla la pierna de apoyo. Mueven los dedos de las manos como hojas al aire. Nosotros carecemos felizmente de objetivo. Nos descalzamos. Sentimos el frescor. De lejos nos llega el piqueteo de una perforadora. Las cortezas de los eucaliptos emulan lenguas de fuego. Escondemos el cel en el pasto crecido y le damos play a un disco grabado hace treinta y cinco años en otro continente.

Después de caminar por largas calles residenciales con techos de jacarandas, llegamos al centro de Coyoacán. Gente consumiendo crepaletas y chicharrones, shows de payasos multitudinarios, risotadas, mentadas de madre, tráfico en las banquetas, turibuses, figuritas de alambre, Frutsis congelados, colas de dos horas en la Coyoacana, churros rellenos, música electrónica, una trompeta, turistas tatemados, bebés despiertos y dormidos, marquesitas, brake dance, gente de camisa, gente con yera de fut. La masificación del paseo plácido por el parque anula lo de plácido y lo de paseo. Globos metálicos, coches que no avanzan, chavos banda, viejitas, parejas del mismo y distinto sexos, el tuerto, el de polo y gel, el de la mona y los talones endurecidos, la de shorts y selfie stick.

 

 

Nos vaciamos cascadas áureas de cerveza en el cogote al amparo de la cabeza de un coyote disecado y pedimos un alambre triple equis embadurnado de queso fundido. Después desfilamos como dos espectros por las calles provinciales de la Concepción. El sol intensifica los colores de las paredes. Granate, ocre, azul maya, blanco navajo. Identificamos al pájaro que canta en las tardes interminables de Morelos. Arrastramos las suelas. Caminamos detrás de nuestras sombras alargadas. El aire peina las hiedras del callejón del Toro. La cerveza intensifica el letargo y potencia el distanciamiento de la realidad palpable.

 

 

 

El descuido del parque Frida Kahlo nos reconforta. Una pareja se atasca en el fondo de una fuente seca. Los sobrevuela una parvada de flores ensombrecidas. Habitan el parque grupos esporádicos que platican casi en secreto, escondidos detrás de columnas o matorrales. Un cuervo aterriza en un montón de hojas secas. Grazna y escruta el entorno. Las calles aledañas detentan un carácter retraído. Ventanas enrejadas, inmensos hules tapando el sol, portones de madera cerrados bajo llave.

El soponcio hace preciso meterse al organismo al menos un par de cubas. Nos introducimosa una casa antigua devenida en restorán. Primero un largo pasillo cubierto de vegetación. Después un patio. Ameniza la velada un marimbero oriundo de la del Valle. El piso es de barro. En la mesa más grande hay un caballero con voz de José José que tiene a todos sus acompañantes en el piso de la risa. Un chiste detrás de otro, como una ametralladora. No sabe parar. No decepciona. Se aclara la garganta y se pone de pie antes de emprender una anécdota de largo aliento. Nosotros nos entonamos. De repente todo se vuelve relevante. La marimba, la jacaranda, cualquier tema de conversación. Una seño arreglada que ya va de salida se mete una menta en la boca. Abro el libro al azar.

Oh tinieblas tinieblas tinieblas

Todos caen en tinieblas,

Los espacios vacantes entre los astros;

El vacío en el vacío…

 

 

El marimbero se despide y nos desea mucha salud y bendiciones. El comediante rompe una copa y baña de vino a su abue, que se despierta. El mesero nos dice que ya están cerrando la cocina, que si queremos algo. Es entonces cuando nos damos cuenta de que dejamos el celular en los Viveros. Si no es que ya se quedó sin pila o lo levantaron, debe estar reproduciendo una playlist sin destinatarios. Qué libertad tan pura y dura la que confiere no traer el aparato en la bolsa. Crujen los hielos al entrar en contacto con el ron. Brindamos una vez más. Y otra. Entregamos las armas y abro el libro nuevamente.

Giran en remolino las alturas:
Lumbre perpetua que arde sin consuelo
Antes que cubra a este planeta el hielo.