Caminata nocturna

 

Once y media de la noche. Partimos de un bar después de varias chelas. La mente encendida. Caminamos sin rumbo creo que en dirección oriente. La ciudad está recién llovida. Lo importante es ponerse en movimiento. Al principio damos vueltas un poco rígidas por el barrio de origen, como con miedo a perdernos. Pero una vez traspuesta la frontera caminamos con paso firme, en línea recta, hacia ninguna parte.

Andamos por una calle arbolada. Después cuadras vacías. Una iglesia. Establecimientos cerrados. Un parque. Pedas en ventanas. Una habitación iluminada por los destellos de una tele. Pasamos por un restorán con detalles en metal, luces de colores, humo de cigarro, música electrónica, guarros, recepcionista escotada: el templo de los cornudos. Más adelante un edificio naranja muy golpeado por el temblor de septiembre.

Nos subimos a un puente peatonal rodeado de árboles y vegetación que en realidad es un octágono con escaleras en cada una de las esquinas. Le damos varias vueltas hasta desorientarnos. Abajo pasan los coches. Una grúa. Una ambulancia. ¿Avanzamos? Calles residenciales. Sauces, cipreses. Un letrero metálico de Marinela que me remite a mi niñez y deja de manifiesto el vínculo profundo que mantengo con este espacio (la CDMX). Vemos un hueco entre fachadas producto del terremoto y cuartos esporádicos con las luces prendidas.

No sabemos hacia donde estamos yendo. Procuramos no leer los nombres de calles. Tampoco nos asomamos al reloj ni a los mapas de los celulares. Nos pegamos unos burros del OXXO en una gasolinera y acto seguido nos entregamos, de nueva cuenta, a la inmensidad de la ciudad dormida.