De Tacuba a Pantaco

Caminata de las buenas. Sin objetivos que palomear. Ni visitas forzosas a sitios icónicos. Con clima adverso. Sin detenernos cada cinco minutos a tomar notas en el celular. Solo acordamos el punto de encuentro por cuestiones prácticas. Todo lo demás, bendito dios, se dejó a la suerte. A los designios del momento. A la ciudad y sus elementos. Qué liberador desmarcarse de las finalidades. Estar en movimiento y colocarse en lugares improbables. Ir conversando con igual soltura.

Caminamos un total aproximado de seis horas, con un break de cerveza y tacos de costilla. Se arrancó en el metro Tacuba. Afuera, el comercio informal deglute banquetas y paseantes. Los toldos plastificados conservan olores y producen una acústica de interiores. El primer tramo estuvo amenizado por ATM de J. Cole. Eso más el olor salado del cuero de puerco en aceite hirviendo y otro, pronunciadísimo, de mojarra frita, bañando portadas de películas que todavía no salen en el cine. También tenis y lencería de encaje.

 

 

Luego el árbol de la noche triste que en realidad es el de la noche victoriosa. La base de un tronco muerto, como el cráneo de un elefante, reforzado con algo que parece hule espuma, ese material del que se echó mano para montar los segundos pisos del Periférico. A un costado un ritual new age con humo de copal y un grupo de turistas de sombrero y pantorrillas tatemadas. Además lo clásico: cláxons, limpiaparabrisas, camiones con nombres de quinceañeras, etc.

 

Sobre la misma histórica calzada está el colegio militar. Pasto inmaculado. (La amplitud de los espacios desconcierta al recién salido del metro). Se soltó el aguacero. Así que pasamos a retirarnos. Además, como que no traíamos ganas de profundizar. Queríamos caminar. No googlear arquitectos, ni entrevistar cabos. Desobligarnos. A consciencia dejamos de buscar en el mapa la Escuela Nacional de Maestros, de Mario Pani, para adentrarnos en las entrañas encharcadas y sin chiste de la colonia Un hogar para nosotros. Un deleite. Todo fluir por la ciudad lluviosa. Luego vino la San Salvador Xochimanco. Vías de tren. Cruces peligrosos. Mucho árbol. Y una discusión sobre las posibilidades de la selección en el Mundial de Rusia: el debate da bandazos entre la razón y la fe ciega. Vagabundos en arbustos. Casas. Cruzamos las dos cuadras que configuran la Cobre de México.

 

 

Luego vinieron el taco y el litro de cerveza. Comimos envueltos por familias del barrio que pedían flanes y parrilladas al centro. Se distendió la atmósfera. Salió el sol. El mesero volaba impasible entre las mesas con un peinado de futbolista turco. Rematamos con una orden de pastores. Les faltó el elemento carbonizado, pero ovacionamos la salsa roja. Hablamos sin freno de materias que bien podrían condensarse en títulos de canciones del primer disco de Juan Gabriel:  No tengo dinero, Me he quedado solo, En el mundo ya no hay paz. Más allá de los plásticos desplegados por la lluvia, se movía el parque borroso, salpicado de sol.

 

 

Nos hicimos a la calle más desenvueltos. Más resueltos. Con una claridad que no teníamos cuando la mojarra frita. Vinieron Clavería, la del Recreo, y la Sindicato Mexicano de Electricistas. Rosticerías y ebullición de sábado en la tarde. Un matrimonio de Chimalistac en la banqueta del Nicos. Farmacias con peluches en las vitrinas. Fondas despobladas. De repente, en el cruce de dos calles, se nos avienta un Jetta. Rechinar de llantas, motor enfurecido, reguetón. Brincamos a la banqueta. Los del derrape bajaron la ventana para espetarnos un sonoro valen verga. Se detuvo el sábado. Asalto inminente. MIEDO. Adiós al embeleso de la cerveza.

 

 

 

Al final no pasó nada. Llegamos a Pantaco de piernas temblorosas. Amplios pasillos de contenedores. Al fondo Tlanepantla. Grúas sin moverse. Tomamos una foto desde la pluma y un poli nos acusó de estar cometiendo un delito. Y federal, joven. Nos disculpamos y huimos por un tramo sin banqueta. Andamos sin hablar. Dejamos atrás una fuente abandonada. Pancartas de MORENA. Un Soriana. Un campus del Poli. Un Sanborns. Letreros de calles que dan hambre: Yuca, Guanábana, Nueces. Abarrotes abiertos, papelerías cerradas.

 

 

Cruzamos la Popotla, las dos Anáhuacs y la Verónica Anzures. El cansancio fue difuminando el entorno. Con hormigueo en los pies desfilamos por espejismos. Un salón de fiestas infantiles. Un altar de la santa muerte. Otro de la virgen. Vulcanizadoras devenidas en cantinas. Un clon de José José comercializando pambazos en el garash de su casa. Boleros y rancheras desde salas plastificadas. La campana del recolector de la basura. Emos congregados en un Oxxo. Una papa con lente oscuro…