Santa Fe

Introducción

Quedamos de vernos en la Encuerada de Santa Fe, obra de Gonzalo Jiménez y recomendación de @plaqueta. Recurro a la entrada de Wikipedia sobre la escultura en la antigua Grecia para dar con las palabras que hagan justicia a este portento espontáneo: la regular proporción orgánica, la precisión en los contornos y los detalles, la armonía, la belleza en las formas, la finura en la ejecución. Bajo su tutela se labura con birlos. Pensamos caminar desde el antiguo pueblo de Santa Fe, hoy un cúmulo de barriadas, hasta el lustroso Parque La Mexicana.

 

 

El recorrido arrancó por colonias de nombres evocadores: Palmita, Cuernito, Cuevitas, Estrella. Después Camino a Santa Fe arriba, que eventualmente se convierte en Vasco de Quiroga. En la rotonda y los cables de alta tensión giramos. Al fondo de la caminata estuvo la Santa Fe Cuajimalpa, que arranca con el Parque.

 

 

Crónica

Pasa jadeando una procesión de camiones verde baño. Traen puestas calcomanías de Flans, la Pantera Rosa y Bugs Bunny. Emiten gases de efecto invernadero. Son mensajeros de la muerte. Vaticinan el final de los tiempos y un embotellamiento perpetuo. Rechinan frenos. Se desgañitan motores sobrecalentados. Letras fosforescentes anuncian: TACUBAYA, SANTA FE, OBSERVATORIO. Los pechos de la  encuerada apuntan hacia la Parroquia de San Francisco de Asis. Los Tacos Chuy rezuman sebo al amparo de una lona que promete erradicar el acné en cinco semanas.

Torres henchidas de luz blanca ostentan logos de corporaciones pujantes. Figuras abstractas que significan farmacéuticas y consultoras. Trazos ascéticos. Apellidos anglosajones. Emporios globales de tentáculos que cotizan en Bolsa. Flotando en el cielo nocturno, una fotocopiadora lanza destellos captados por cristales inmaculados.

 

 

Una pipa de agua va dejando a su paso remolinos de humo azuloso. Una Windstar fúnebre la rebasa. Pasa en sentido contrario un taxi tuneado. El carril con destino a la ciudad lleva cinco minutos sin moverse. La banqueta presenta desniveles considerables conectados por escalones. Nos asomamos a las calles perpendiculares a la avenida: baches, ausencia de alumbrado, lavadoras desmembradas, llantas, bolsas rotas de basura orgánica, pendientes que hacen preciso meter primera, varillas corrugadas picando el cielo, cascos vacíos de caguamas sin etiqueta.

 

 

Borboteo de fuentes. Las notas de un piano flotan desde el interior de un restorán italiano. Hay velas en las mesas y cuadros paisajistas en las paredes. El chef lombardo platica en voz baja con los comensales y después los toma del antebrazo. Hay dedos adornados con diamantes certificados, meseros acomedidos vaciando ligeras cascadas de vino en copas que facilitan la oxigenación sin dispersar los perfumes y  conversaciones en inglés con acentos depurados. Cubiertos centelleantes rebanan cortes de carne en perfecto término medio. Se entornan ojos. Se ríe. Se limpian morros con servilletas almidonadas.

Súbale, súbale. Cubetazos de agua fría al cofre abierto de un Tsuru. Tabiques en lugar de llantas. Perros famélicos merodeando en torno a fondas y abarrotes. Ráfagas de aire removiendo las guirnaldas tricolor que están ahí desde septiembre. Acaparan el primer plano un camión de basura estacionado y un técnico de Dish pidiendo tacos de canasta. Al fondo la ciudad cubierta con un edredón de metano y óxido nitroso.

Apenas despunta la cúspide de la Torre Manacar. Entramos al baño del Little Caesars para echar la firma. Extremidades cuajadas de tatuajes y cicatrices recientes manipulan rebanadas de pepperoni. Ambienta el local un hip-hop en tu idioma sobre un matón que se embriaga con Buchanan’s. Afuera la disputa entre pandillas a punta de graffitis no deja un solo resquicio de barda libre. Iniciales rematadas con crestas de fuego se confunden con pseudónimos plasmados en caligrafías curvas.

 

 

Lobbies relucientes ambientados con música lounge. Elevadores con paredes de espejo y cuatro filas de botones. Plumas de estacionamiento automatizadas que ceden ante tarjetas magnéticas. Trocas con choferes. Jardines verticales. Tacones haciendo eco. Miradas que se abisman más allá de los parabrisas que tienen delante.

Destaca la intimidad de los locales. Establecimientos familiares de luces bajas. Espacios acogedores a pie de banqueta. Comerciantes en espera de un cliente apostados detrás de mostradores. Dan vueltas los pollos rostizados. Se aplian salsas y guacamoles. Corre incansable la banda de la tortillería. Se remedan zapatos. Se barnizan panes. Se vierte anticongelante. Se fuma. Se dormita. Se borda un apellido en un suéter: Espejel. Se  plancha entre vapores. Se sintoniza una canción de Lupita D’Alesiso.

Los edificios son torres impenetrables. Transmiten frialdad y lejanía. Son tótems mudos que bañan los pies en albercas techadas. Devoran coches con fauces antecedidas por camellones de palmeras. Una seño con delantal rosa pastel pasea a un Gigante de los Pirineos. Se desdoblan persianas eléctricas. En la intimidad de un Jetta se desanuda una corbata de caracoles marinos y se sintoniza Amor 95.3. Suena la de Mudanzas, también de  Lupita D’Alessio.

 

 

El mercado está cerrando. Andamos por pasillos enjabonados, entre refris vacíos y piñatas sin marchante. La conversación de un carnicero y un pollero rebota en los techos de lámina. Están hablando de futbol mexicano. En específico de la época del clembuterol. Empieza a hacerse de noche. Un letrero de neón emite un zumbido constante. Dos letras no prenden. La gente se adentra y desaparece por las calles estrechas.

 

 

Marcas multinacionales. Centros comerciales recogiendo legiones de trabajadores puestos en libertad. Filas kilométricas afuera de restaurantes. Celulares y semáforos iluminando caras. Hamburguesas para llevar pasando de una ventanilla al interior de un coche. Un millón de cláxons.

Un perro escupiendo retazos de tortilla. El Pollo Feliz y los Mariscos el Galeón. Se ingieren chelas en vasos escarchados. Se comercian balatas, frenos, alarmas, convertidores catalíticos, baterías, radios. Enfrente del Panteón hay un changarro de Tarot. En contraesquina de la casa de empeño está el Waldo’s.

 

 

El Parque La Mexicana está recién desempacado. Las superficies pulidas. Amplios espacios sembrados de pasto saludable. Un skatepark sin tachaduras vigilado por un poli somnoliento. Un Starbucks con jazz, un lago con fuente, un anfiteatro. Los residentes de los alrededores pasan haciendo jogging con chamarras fosfo. Perros cepillados pasean por un túneles futuristas.

 

 

La carretera entre Santa Fes recoge dos éxodos: el de los oficinistas en coche y el de los albañiles y las trabajadoras domésticas caminando por las banquetas. Avanzamos entre unos y otros. Vemos una barranca con distintos tonos de verde. Después los condominios blancos. Los terrenos inundados de maleza en espera de ser desarrollados. Torbellinos de polvo. Policías de tránsito. Y al fondo el mar de la ciudad, mínimo y monumental. Mudo. Abandonado. Reforma, el World Trade Center, el Aeropuerto.

 

 

En 1532 Vasco de Quiroga soñó con instaurar una comunidad basada en los preceptos del cristianismo primitivo y la Utopía de Tomás Moro por estos rumbos. Tradujo los ideales dictados por ambas fuentes en sus célebres Reglas y Ordenanzas, para dar vida a una comunidad asentada al poniente de la ciudad, por encima de Tacubaya, con una vista privilegiada del Valle.

Los indígenas que la poblaron trabajaban en jornadas de seis horas “para combatir los efectos nocivos de la ociosidad”. Iban vestidos todos de blanco y con los pies descalzados, al modo de los Apóstoles. Ellos se dedicaban a la agricultura, la herrería, la albañilería y la carpintería. Ellas trabajaban textiles con dedos prodigiosos. Los frutos que se recogían de la tierra eran distribuidos “de manera que nadie sufriera necesidad”.

 

 

Hospital – Pueblo de Santa Fe.

Algunos registros del siglo XVIII señalan que el Hospital (entendido como institución de beneficencia) se encontraba en ruinas. Las disputas internas y las leyes de regularización impuestas por el Virreinato contribuyeron con su disolución y desmoronamiento. Entonces, algunos indígenas se asentaron en torno a las construcciones vacías y se dispusieron a vivir de la agricultura y el pastoreo. Tiempo después, durante el Porfiriato, la zona acogió las casas de fin de semana de las familias pudientes de Tacubaya.

En la Revolución, a raíz de los enfrentamientos armados ocurridos en Cuajimalpa, el pueblo se fue vaciando, y para 1920 no quedaba más que un caserío semiabandonado y mucha tierra desprovista de propietarios. Veinte años después las lomas situadas un poco más al norte comenzaron a ser explotadas para la extracción de materiales de construcción. Con el paso del tiempo el hoyo devino en vertedero de basura y más tarde en distrito comercial y barrio acomodado.

En las décadas de los 60s y 70s  familias enteras se fueron instalando en los terrenos que alguna vez acogieron la comunidad utópica de Vasco de Quiroga. Era la periferia de la ciudad. Se pavimentaron calles y se fueron improvisando soluciones para tener acceso a los servicios de agua, luz y alcantarillado. Nacieron otras generaciones y fueron surgiendo las unidades habitacionales, las farmacias, los salones de fiestas, los gimnasios de box, las parroquias, las recauderías.

 

 

Acabamos exhaustos, sin saber qué sacar en limpio. Esta caminata nos sumió en el desasosiego. Asumimos que es el daño colateral que conlleva trasladarse entre las distintas capas del tiempo y a través de las realidades diametralmente opuestas que conformaron el recorrido. La Ciudad de México es muchas cosas. No de a grapa quedamos tocados.